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miércoles, 25 de diciembre de 2019

Miércoles de Navidad con Borges


Miércoles de Navidad con Borges

 
La idea de que la historia se repite cíclicamente siempre le pareció a Borges una idea errónea. En una plática con María Esthér Vázquez en 1976, Borges recordó que su padre contaba que David Hume, aquel empirista sobrio y escocés, analizó las condiciones de posibilidad de dicha doctrina: 
 
a) que el universo estuviera compuesto por un conjunto finito de elementos determinados –digamos, átomos.

b) que el tiempo no conociera término ni fin alguno.

c) que, como la causalidad dicta, cada momento de la historia dependiera del instante previo.

De cumplirse estos requisitos, basta con que se repitiera un arreglo de los elementos en un instante para causar una cascada de repeticiones en que la historia no sería más que su propio remedo.
 
Que Borges creyera falsa esta idea no impidió que la explotara en muchos textos.

En “Las ruinas circulares”, Borges cuenta la historia de un mago forastero que dedica su vida a soñar un estudiante que “mereciera participar del Universo”. Como Borges con sus cuentos, el mago no escatima esfuerzos. Sueña por completo a su discípulo: desde las esquinas fisiológicas del intestino hasta los innumerables cabellos que se agitan en la cabeza del joven. Sueña sus manos y sus poros, sus hombros y su sonrisa, su codo y sus costillas. En esta escultura de gestos, pieles y uñas, el sueño cobra vida y le reserva al escultor el terror de descubrir su propia vanidad, de descubrir su propia repetición.

Es un bello cuento para leer en Navidad con Borges.

 Las ruinas circulares


Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido… En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido… En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.


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lunes, 16 de diciembre de 2019

El Tren sin mayas


El Tren sin mayas
 

Mapa: Geocomunes
Desde que Andrés Manuel López Obrador anunció la construcción del Tren Maya, el gobierno no ha dudado en imponer este proyecto a costa de lo que sea. A estas alturas hemos atestiguado como decenas de ecólogos, comunidades indígenas, antropólogos, ambientalistas, sociólogos, intelectuales, activistas y científicos de diversa índole se han pronunciado en contra de un proyecto ideado para promover el desarrollo económico de la región a pesar de los innegables riesgos ecológicos, arqueológicos y sociales (ver, por ejemplo, Tren Maya como nueva infraestructura de articulación de los capitales agroindustriales y turísticos inmobiliarios en la península).

Sin embargo, López Obrador desde el inicio de su gestión ha desacreditado a cualquiera que ponga en cuestión sus planes de desarrollo económico. Ya en octubre de 2018, el presidente declaraba: “Les guste o no a nuestros adversarios, a los fifís, a la prensa fifí, vamos a construir el Tren Maya. Me canso ganso”.

El domingo 15 de diciembre de 2019, se efectuó “la consulta participativa” sobre el “Proyecto de Desarrollo Tren Maya” en Yucatán, Chiapas, Tabasco, Campeche y Quintana Roo. La consulta se hizo sin tener los estudios necesarios para evaluar el proyecto en términos de impacto ambiental, cultural, económico y social.

Por supuesto, para el gobierno el proyecto resultó apoyado por las comunidades locales a pesar de la baja participación durante la consulta y los sesgos denunciados, entre otros, por la revista Proceso en su número de esta semana (ver “La democrática imposición del Tren Maya). Queda claro que la simulación estuvo maquinada desde el principio. Como en otras ocasiones, se montó una pantomima de consulta para una decisión ya tomada: una simulación que no respeta las prescripciones internacionales establecidas por el convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo.

Este falso proceso que viola el derecho de las comunidades indígenas a una consulta previa, libre e INFORMADA ahora será usado para imponer un proyecto que, junto con el corredor transístmico, fragmentará muchas comunidades indígenas y no indígenas, destruirá amplias zonas ecológicas y arqueológicas, y buscará convertir una región económicamente rezagada en una fuente de riqueza para los capitales estadounidenses, los grandes inversionistas del turismo, y la industria energética.

Es cierto. Hay que admitirlo: también habrá, con algo de suerte, multitudes mayas con trabajos precarios: meseros, camareras, jardineros, maquiladores, obreros, viene vienes, etc. Todos los trabajos sin dignos; pero no es digno que se promueva el desarrollo de la desigualdad por parte de un gobierno que llegó al poder con lemas del tipo: “Primero los pobres”. Migajas es lo que la inmensa mayoría de los mayas tendrán del Tren sin mayas. ¡Desarrollo! Le llaman.

¡Bienvenido el “desarrollo” como imposición colonial y racista en el México de López Obrador.

Otras lecturas útiles sobre el tema:

"Tren Maya: la consulta y el despojo" por Carlos Fazio publicado en La Jornada.
El tren maya o el último clavo colonialpor Alfredo Narváez publicado en Nexos.
Piden expertos de la UNAM posponer Tren Mayapor Alejandro Castro publicado en Luces del siglo.


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lunes, 25 de noviembre de 2019

Ayotzinapa y AMLO: camino de impunidad

Ayotzinapa y AMLO: camino de impunidad

Foto: Alfredo López Casanova
Andrés Manuel López Obrador dijo el fin de semana que “en el caso de Arnulfo y de los jóvenes de Ayotzinapa no se puede hablar de crimen de Estado, porque ahora el representante del Estado mexicano, comandante supremo de las Fuerzas Armadas, el presidente de la República, el que les habla, no va a permitir ninguna injusticia, no va a permitir ningún Estado autoritario”.

La declaración del presidente es insostenible y levanta sospechas sobre su compromiso con la justicia. Si elementos del Estado, el ejército y la policía, participaron en un crimen como el de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, se trata de un crimen de Estado, diga lo que diga AMLO. ¿Acaso el que tengamos otro presidente cambia el hecho de que esos representantes del Estado hayan participado en la tragedia de Ayotzinapa y similares? Es irrelevante si el titular del ejecutivo es otro: el crimen está hecho. De otra forma, tendríamos que afirmar que ni la represión de 1968 ni la de 1971, para tomar dos ejemplos, son crímenes de Estado. AMLO, como es su costumbre, pretende con su mera entrada decretar la purificación de todo lo aborrecible, ahora incluso de los crímenes históricos del Estado mexicano.

Ahora bien, ¿por qué AMLO postula una falacia de tal calibre? Suponiendo que el tiempo que se tarda en su elocuencia lo ocupa para pensar detenidamente lo que dice, una hipótesis probable es que trata de quitar el peso simbólico que la caracterización de crimen de Estado implica. Sobre todo, cuando es su gobierno el que ahora está obligado a procurar justicia a los afectados.

De ser ese el caso, se trata de un movimiento retórico para allanar la impunidad que, durante el presente gobierno, se otorgará a crímenes de Estado del pasado. Si esta dura interpretación es un error o una exageración, se verá pronto. Ojalá estas líneas se equivoquen; de ser así, quedan muchas preguntas que deben contestarse lo antes posible. ¿Cuándo sabremos de la realización de indagaciones exhaustivas en las instalaciones militares y en los mandos del ejército que presuntamente participaron en la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa? Suena difícil que un gobierno que tanta confianza le ha dado al ejército en términos de la militarización de la seguridad pública con la implementación de la guardia nacional se comprometa seriamente a poner a la institución castrense en el ojo de una investigación que los señale como responsables de un crimen así. ¿Cuándo conoceremos los expedientes debidamente conformados sobre los policías presuntamente involucrados en esta tragedia? Expedientes que no se caigan en los juzgados por no haber respetado el debido proceso, como ha sucedido en buena parte de las investigaciones gubernamentales en este y otros casos. 
 
Mientras no sepamos las respuestas a estas y otras preguntas igual de apremiantes, este gobierno, como el anterior, sigue hablando el lenguaje de la impunidad: ese que promete justicia con condenas hechas sólo de discursos mientras trabaja torpe y lentamente para que la justicia nunca llegue.

Señor presidente, no se engañe y no nos engañe, mientras no se castigue a los culpables el Estado sigue siendo responsable: es y fue el Estado. 

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jueves, 21 de noviembre de 2019

De fútbol y otras rebeldías


De fútbol y otras rebeldías

Por aquellos que abrieron sus ojos y los quisieron cegar”
consigna del Deportes Concepción de Chile

El pasado 19 de noviembre, los jugadores de la selección nacional de fútbol de Chile decidieron no acudir al partido amistoso que tenían programado contra el seleccionado de Perú. Los jugadores chilenos y el equipo técnico tomaron la decisión de cancelar el partido en solidaridad con las protestas que se llevan a cabo desde hace más de 25 días en contra del gobierno de Sebastián Piñera. Esta medida se suma a otras muestras de apoyo, por parte de deportistas, que han tenido lugar en los últimos días. Equipos completos de fútbol como el Deportes Concepción, practicantes de nivel internacional de jiu jitsu, bádminton o clavadismo han acudido a sus eventos portando mantas con mensajes en contra del gobierno y han hecho pública su solidaridad en redes sociales y medios de comunicación.
Varios deportistas han acudido a sus compromisos tapándose un ojo con la mano en explícita referencia a la represión policíaca que ha dejado tuertas a unas 200 personas, a consecuencia de disparos con balines por parte de la policía.
 
Hay que agradecer cuando el fútbol o cualquier otro deporte, profesión o disciplina se sale de la burbuja en que varios de sus jugadores, comentaristas, seguidores o practicantes creen vivir. Nada está sustraído a la injusticia cuando esta toca las puertas de la casa: es decir, todos los días. La belleza del deporte siempre es doble cuando está acompañado de consciencia social.

En este enlace compartimos un excelente artículo de Ezequiel Fernández Moores que hace un recuento ponderado de estas expresiones: La razón de protestar .
Abajo se puede ver algunas fotos de estas demostraciones y el fragmento de una breve discusión en que los comentaristas de un programa deportivo se enfrascan en una discusión sobre la pertinencia de estas protestas. Nos quedamos con lo dicho por Flavio  Maestri: "Los chilenos están pidiendo lo justo. Que a ti te parezca raro, es tu problema ".
Deportes Concepción del León de Collao
Iván León y Cristian Araya del seleccionado chileno de bádminton


Rogers Rogerio en el torneo de jiu jitsu
Argentina Open 2019


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viernes, 15 de noviembre de 2019

Feliz BUEN FIN

Feliz BUEN FIN

Por Luis RT (Homo vespa)

Hay muchas formas de tener un «Buen fin» además del sexo intenso y variado lleno del enloquecedor cosquilleo de los orgasmos: los pícnics, los partidos de fut, los tacos de cecina, las chelas con los amigos, las risas de los niños, los libros, el rock, el baile, las películas inolvidables entre otros. Los buenos fines acechan agazapados en medio del misterio brumoso que las cosas comparten. 
 Lo que es seguro es que no hay «Buen fin» que se respete que implique salir a comprar entre multitudes zombis que sueltan carcajadas en medio de los aparadores; zombis que desesperan hastiados en el tráfico de estacionamientos ya de por sí monstruosos; que desperdician sus horas en filas interminables para recibir un paquetito de entusiasmo cuya caducidad está determinada por el código de barras.

En Homo vespa les deseamos que tengan un BUEN FIN de veras. Pase por su ticket.

 


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jueves, 7 de noviembre de 2019

Efemérides: Albert Camus

Efemérides: Albert Camus 

Por Luis RT (Homo vespa) 
El 7 de noviembre de 1913 nació, en Argelia, el francés Albert Camus. De origen humilde, tuberculoso desde joven, portero fracasado, miembro de la resistencia antialemana e invariablemente pobre hasta que ganó el premio Nobel de literatura en1957, Albert Camus es uno de los espíritus más libertarios que ha tenido el mundo contemporáneo. En un tiempo en el que el comunismo significaba la lucha mundial en contra del imperialismo estadounidense, Camus fue un revolucionario objetor de la revolución. Se atrevió, cuando casi nadie lo hacía, a denunciar los campos de concentración soviéticos, a rechazar el comunismo real, y a cuestionar radicalmente el asesinato de inocentes como forma de lucha, aún en el caso de causas justas. Su lado era el de la vida sin reservas, defendió a contrapelo de la izquierda mundial.

La historia sonreía con ironía porque Camus nació exactamente en la misma fecha en que inició la revolución bolchevique en el calendario juliano (7 de noviembre de 1917). 

En ese mar de tensiones, Camus admitía al recibir el premio Nobel que no podía “nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos.”. Para conmemorar el nacimiento de Camus, en el siguiente párrafo ofrecemos un comentario sobre esas dudas que unían a Camus con la humanidad entera. Se trata de una breve reflexión, acaso una insignificancia, sobre el amor a partir de una nota de “La peste”, quizá el libro más famoso del escritor francés.



Sobre el amor partir de una pista de Albert Camus


La tragedia del amor no es el desamor, sino el lugar común en dos versiones: o bien hombres y mujeres se devoran rápidamente en ese fetiche relampagueante y delicioso que es el coito, o bien se empeñan en esculpir una larga costumbre --un aburrimiento consensuado-- en el matrimonio. En este mundo polarizado de simplificaciones monolíticas escasean los vaivenes fluidos y vivaces que se resistan a toda definición. Por fortuna, el blanco y el negro son dos certidumbres de la luz que se despedazan sin remedio: siempre es posible que el amor se levante por sorpresa en medio del coito y que el matrimonio olvide su contrato bajo la indómita marea del amor.





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