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lunes, 1 de junio de 2020

Crónicas fugaces de tiempos de pandemia

La mariposa

Toda la paz de la Naturaleza sin gente
Viene a sentarse a mi lado.
Pero yo quedo triste como una puesta de sol
Para nuestra imaginación,
Cuando enfría el fondo del llano
Y se siente la noche entrada
Como una mariposa por la ventana.”

 El guardador de rebaños. Alberto Careiro.

La cuarentena en general no me cae mal. Vivo casi de la misma forma que antes de la emergencia sanitaria. Soy huraño y un poco misántropo, así que el distanciamiento social ya lo practicaba desde hace unos diez años. Trabajo en casa. Escribo, leo, publico, a veces enseño y siempre estoy acompañado: mis plantas me cuidan mientras les quito las cochinillas blancas que caminan en los enveses de las hojas. En mi confinamiento parcial, acaso extrañe un poco las bibliotecas, la cerveza, y el sexo eventual y consensuado de los solitarios. Aquellos que se conocen poco, se encuentran en un bar, en una cama generosa y olvidadiza. Amor eficiente, respetuoso, democrático; casi burgués e inofensivo.

Por otro lado, cuando estoy convencido de algo soy obsesivo. Desde antes que el gobierno declarara la contingencia sanitaria establecí protocolos que incluían ropa y calzado exclusivos para el exterior; uso de tapabocas, guantes y gel anti-bacterial cada vez que estoy obligado a salir; lavado corporal y desinfección en la entrada de la casa aún si sólo voy a la tienda. Con el tiempo, agregué el uso de la careta. Quitarme el sudor o rascarme la ceja en el metro se ha vuelto un ritual que ha horrorizado a más de uno: me quito los guantes, me pongo alcohol en las manos, desplazo la careta, me rasco la ceja o la mejilla, limpio el área con abundante alcohol, cierro los ojos para no terminar semiciego. Al final, desinfecto la careta y los guantes antes de ponérmelos de nuevo.

Casi siempre he sido pobre; pero casi nunca miserable. Eso es un obstáculo para llevar una cuarentena absoluta. Por ejemplo, en estos tiempos tengo el privilegio y la necesidad de salir por trabajo al menos un par de veces por semana y viajar entre 4 y 5 horas de ida y vuelta a la Ciudad de México. Nunca hablo con la gente y me mantengo tan alejado como me lo permiten los quince centímetros de insana distancia de la combi o el metro. Antier salí del trasporte público para huir a la esquina más despejada y bañarme en alcohol mientras un niño me miraba sorprendido. Seguro creía que estaba a punto de convertirme en una antorcha humana. ¡Llamas a mí! Le dije con un guiño. Un chiste que el pequeño, por supuesto, no entendió.

A pesar de las dificultades, me gusta pensar que en mis condiciones he encontrado una forma razonable de enfrentar el mundo, la realidad en la que vivo. Mis manías racionalistas parecen darle sentido a un mundo en que los gobiernos anuncian el fin de las cuarentenas y las personas sueñan con salir a apretujarse en un centro comercial mientras cientos de tianguistas y ancianos se mueren por montones en los hospitales.

Son las 2 a.m. En mi insomnio de todos los días aún leo en la computadora. Repaso datos, artículos, acaso haga una nota. La noche, como quería Alberto Careiro (alias Fernando Pessoa) entra por la ventana como una mariposa. Por desgracia, en este caso, la mariposa entra sólo para morir acribillada.  El aleteo de la noche se esfuma por el estruendo de unos quince balazos que se escuchan desde la parte trasera de la colonia. Son dos ráfagas cortas y algunos disparos aislados. Se oyen cerca. Me agacho por instinto, apago la luz del escritorio sin levantarme y subo a mi recamara casi a gatas. Otra ráfaga grita más cerca de mi casa. Debe haber refriega en la calle de atrás. Sucede cada 2 o 3 semanas en mi barrio. Alcanzo mi cama y me meto en ella. Me imagino a mis vecinos con el insomnio o el sueño  interrumpidos. Metidos hasta las narices en las sábanas, con las luces apagadas y pensando si cerraron bien la puerta del balcón. Después de unos veinte minutos, la noche se come el tímido ulular de una patrulla solitaria. El silencio --algo maltratado-- vuelve a hablar en la madrugada.

Bajo a apagar la computadora, algunas luces siguen prendidas. Tenso, regreso a la cama. Camino frente al lavabo. Me detengo dudoso. No lo puedo evitar: me lavo las manos, la cara, me pongo alcohol en el cuello. Necesito creer que el agua y el jabón sirven para algo.

Un último balazo se aloja en la fachada de mi casa. Frenético me vacío la botella de alcohol en la cabeza. Al menos el virus no me tomará desprevenido.




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viernes, 27 de marzo de 2020

Coronavirus: Yuri y la doble debilidad de México


Coronavirus: Yuri y la doble debilidad de México
Siiiiii, para enamorarme ahoooora,
volveraaa a míiiii
la maldita primaveeeraaa”

La maldita primavera. Yuri, ahí por el pleistoceno.

La advertencia
En una conferencia de prensa, el sábado 28 de marzo de 2020, el subsecretario de salud Hugo López Gatell Ramírez lanzó una advertencia. Lo repitió tres veces como si regañara a un grupo de escolares:

¡Quédate en casa!¡Quédate en casa!¡Quédate en casa!

Con la pandemia de coronavirus COVID-19 a punto de entrar a la tercera fase en México, para el subsecretario la única oportunidad que tenemos para reducir la velocidad de contagio es disminuir ahora drásticamente el contacto social. Esto no evita la epidemia, sino que permite dosificarla para que el sistema de salud mexicano pueda atender a los enfermos que se produzcan. En palabras del subsecretario:

Quédate en casa. Porque si lo haces tú y lo hacemos todos es la única manera de reducir la transmisión de este virus.” “No es posible evitar la epidemia aquí ni en ninguna parte del mundo. La vamos a tener en la Fase 2 que ya estamos viviendo y en la Fase 3 que se avecina; es la más difícil”.

[Evitar ahora al máximo el contacto social] “no significa, como lo hemos dicho desde el principio, que se va a evitar que sigan aumentando los casos. Seguirán aumentando los casos y va a haber casos graves y muertes. Lo que se puede lograr es que se retarde la velocidad de contagio y, entonces, cuando lleguemos a la fase de máxima transmisión, los hospitales tengan suficientes camas para poder atender a los necesitados”.

En México el monstruo se anunció por semanas, avanzó discretamente, y ahora se revela con una violencia por determinar. La pandemia del coronavirus COVID-19 posiblemente sea la crisis mundial más relevante de las últimas décadas. Las siguientes semanas serán las que registren el mayor número de infectados en nuestro país. Ante este escenario, ¡no hay pretexto que valga! Debemos seguir lo mejor posible las indicaciones del subsecretario López Gatell de distancia social: lávese las manos, salude con la mirada, no estornude como si quisiera bendecir al público, no se vaya de farra, cuide a los ancianos, si puede quédese en casa y lea un libro. ¡Hágale caso al subsecretario López Gatell!: no espere a que la Guardia Nacional lo eduque a nalgadas.

¡Hágale caso al subsecretario López Gatell! A menos que usted sea uno de los más de 30 millones de mexicanos que trabajan en la economía informal, o de los más de 4.3 millones que están apenas sub-empleados, o de los 2 millones de mexicanos desempleados sin remedio, o incluso parte de los incontables millones a los que sus empresas los despiden si no acuden a laborar. En México, alrededor del 70% de la población económicamente activa no cuenta ni con prestaciones ni con seguro social ni puede elegir “home office”. No tiene alternativa más que salir a la calle a buscarse la vida.

Si usted es uno más de esa multitud, temo decirle que lo más probable es que usted no tenga opción de hacerle caso al subsecretario López Gatell. ¡Ni modo! Salga usted a la calle sin pánico, sin psicosis; pero con precaución. Justo como sale todos los días para no morir en México: un país experto en matar mexicanos. No estará solo; como ya se dijo, millones lo acompañaremos desde la precariedad y la informalidad. Y sí: quizá anden por ahí algunos infectados por el coronavirus: ¡qué remedio! Nadie nos pagará, si no trabajamos fuera de casa; si es que tenemos casa. Y por favor: no confunda con ricos privilegiados a los asalariados que están confinados en sus hogares. Deje la denuncia de los “privilegios de clase” para los dueños de los medios de producción o los funcionarios enriquecidos de las altas capas del gobierno. Marx se lo agradecerá. Entre explotados es bastante ridículo envidiarnos el tamaño de los mendrugos que nos metemos a la boca.

El virus no es un fantasma
En medio de un avalancha de falsas noticias y teorías de la conspiración que intentan minimizar o incluso negar la existencia de la pandemia, hay que darle el espacio que se merece al pensamiento científico y riguroso. Los virus existen: son agregados de ácidos nucleicos, proteínas y grasas que se replican dentro de las células. Los virus y otras entidades similares con nombres tan extraños como plásmidos, transposones o priones han acompañado la evolución de la vida desde el inicio. Con los instrumentos y el entrenamiento adecuados usted puede aislar, modificar, contar y fotografiar los virus. El COVID-19 no es más que un virus de reciente aparición de una familia de coranovirus que a veces infectan organismo de distintas especies. En el ser humano, este virus puede causar una infección respiratoria más mortal que otros virus con los que hemos coexistido desde siempre. Nadie gana suponiendo que los muertos son una especie de obra de teatro que crearon los gobiernos para llevar a cabo extraños y maquiavélicos designios. Ahí están los científicos, los testimonios y por desgracia los ataúdes y los muertos que son pruebas inobjetables de la emergencia.

Sin embargo, hasta ahora, según las estadísticas mundiales de casos confirmados, un 95% de los infectados verificados por COVID-19 desarrolla a lo más síntomas de una gripe ligera, fiebre y tos seca (si quiere ver las estadísticas en tiempo real de la Organización Mundial de la Salud, OMS, de clic aquí). En el anuncio inicial del 3 de marzo de 2020, el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, director de la OMS, estimó que entre 3 y 4 personas mueren por cada 100 infectados de coronavirus (tasa de mortalidad= 3.4%). Un estudio reciente llevado a cabo en el epicentro de la pandemia, Wuhan China, señala una tasa de mortalidad de 1.4% una vez que personas desarrollan síntomas (Kim y otros en próxima publicación). No obstante, los científicos admiten que todas estas estimaciones están hechas sobre casos confirmados; es decir, se divide el número de muertos entre el total de infectados siempre y cuando todos hayan sido diagnosticados con una prueba de laboratorio para encontrar rastros genéticos del virus. ¿Qué tan precisas son estas estimaciones? Quizá no tanto. La verdad es que nadie sabe, con exactitud, la magnitud de la tasa de mortalidad porque no es posible saber el número total de infectados: una cantidad enorme y desconocida de ellos no presenta síntomas o los presenta tan leves que ni siquiera acude a intentar diagnosticarse. Incluso algunos expertos opinan que la tasa de mortalidad podría ser de menos del 1%.

¿Esto hace menos grave la emergencia? No. Es importante pensar en el medio de las crisis de forma relativa para poder dimensionar la emergencia. Las gripas estacionales matan cada año a alrededor del 0.1%: una muerte por cada mil infectados. El virus SARS tiene una tasa de mortalidad de 9.6% casi 10 de cada 100 infectados y el MERS de un terrorífico 34%. El coronavirus COVID-19 es mucho menos mortal que el SARS o el MERS; pero es, al menos, unas 10 veces más mortífero que las gripas estacionales. También es relevante precisar que la inmensa mayoría de los muertos por COVID-19 son personas de más de 64 años o personas con problemas de salud previos a la infección. El coronavirus tiene una tasa de mortalidad incierta aunque modesta; pero es muy contagioso. En casi todos los países ha seguido una dinámica exponencial estudiada en las epidemias. El número de contagiados que al principio es muy pequeño se incrementa rápidamente con el tiempo (fig 1). Idealmente, conforme avanza la enfermedad se agregan cada vez menos infectados hasta que se producen muy pocos casos nuevos y la curva de infección deja de ser exponencial para estabilizarse. 


 

Fig 1. Curva de infección del COVID-19

¿Y cómo es la amenaza del COVID-19 en relación a otros agentes de la muerte en México? Según los datos del registro civil, tan sólo en 2018, más de 720,000 mexicanos murieron por enfermedades cardiovasculares, diabetes, padecimientos del hígado, cáncer y por supuesto balaceras en las esquinas. Frente a estos números, a menos que se contagiara de manera descontrolada toda la población mexicana (cosa que no ha pasado en ningún país del mundo), el coronavirus difícilmente podría competir como el flagelo más dañino en el país. Así que no: ni en México ni en el mundo la pandemia del coronavirus es el apocalipsis zombi ni el fin del mundo. Por cierto, un amplio comité de científicos concluyó que el papel higiénico no tiene ninguna acción efectiva contra el virus aún cuando se use para tapar con cuidado todos los orificios corporales que poseemos.

¿Una amenaza para pobres?

¿Entonces si en México muere más gente a balazos, por venta de refrescos, o por no cuidar el nivel de los triglicéridos, por qué tanta alharaca?
Principalmente, por dos problemas. El primero es que el sistema de salud de México NO tendría capacidad de respuesta ante un incremento súbito y descontrolado de la cantidad de infectados. Según los científicos, entre el 5 y el 10 % de los infectados necesitarían atención hospitalaria y muchos de ellos alcanzarían un estado crítico. En México, la incidencia de diabetes, problemas cardiovasculares y obesidad empeoran el pronóstico, pues hace más susceptibles a las personas ante la infección y sus complicaciones. Nosotros ya teníamos esas epidemias y no hemos hecho, ni de lejos, lo suficiente para controlarlas: puede que ahora tengamos que pagar esa factura.

A eso hay que sumarle la pobreza y saturación del sistema de salud pública que, en tiempos recientes, pasó por recortes de presupuesto por la llamada “austeridad republicana”. Además, el sector salud ha sido protagonista de una incierta reestructuración con el llamado INSABI y de problemas de desabasto de medicamentos. El gobierno dice que dichos problemas han sido culpa de la corrupción de las farmacéuticas y puede que tenga razón; pero cierto es que el sistema de salud mexicano nunca ha sido excelente y justo ahora no está en su mejor momento. Por otro lado, tiene sus fuertes y uno de los más importantes es la vigilancia epidemiológica que acumula la experiencia contra la epidemia H1N1 en 2009. Sin embargo, parece que la pandemia del COVID-19 agarra al sistema de salud volando bajo y bastante confundido.

Un aspecto que nunca es cómodo pensar es que aunque aún no hay datos en ningún lado para saber si hay una correlación entre estatus socio-económico del enfermo y mortalidad, lo más probable es que, como en todas las catástrofes y eventualidades, los más pobres sean los más afectados. En este caso, esto tiene una explicación simple: como ya se mencionó, un porcentaje pequeño de los contagiados llegará a un estado crítico y en esa condición sí que es vital una buena atención para que las enfermedades asociadas o las infecciones nosocomiales (las que prevalecen en los hospitales) no maten al enfermo. La vida, como siempre, dependerá del grado de atención que reciba. Así que si el enfermo en estado crítico no es anciano ni tiene la salud deteriorada por alguna condición previa y además es rico, sería raro que no se recuperara. Los medicamentos necesarios y puntuales, el aislamiento escrupuloso, y el monitoreo continuo, facilitarían un pronto restablecimiento.
Los pobres, dado que siempre vamos a parar a una clínica del IMSS o de salubridad, con todos los problemas de operación y precariedad que las caracterizan, tendremos más probabilidades de morir aunque tengamos menos de 64 años. Las infecciones hospitalarias, la falta de recursos y el desgaste del personal médico en un escenario rebasado harán lo que no puede hacer el coronavirus.

Como diría mi abuela, hasta entre los muertos por coronavirus hay clases: aunque los pobres siempre pongan la mayor cuota de los fallecidos.
Pero el horizonte de un sistema de salud insuficiente no es el único problema. A nivel mundial, el costo de esta pandemia se concentra, en buena parte, en el hecho de que al romperse las cadenas de producción de un mundo globalizado, a la economía mundial no sólo le da fiebre y tos seca; sino que verdaderamente cae en una recesión parecida a una peligrosa neumonía. Lo peor es que ese colapso es más fuerte conforme se limita el contacto social para contener el avance del virus. Así que si usted se pregunta por qué el gobierno mexicano ha retrasado lo más posible imponer medidas más agresivas que limiten la interacción social, la respuesta es simple: esas medidas afectan a la economía en una forma que promueve la pobreza que también mata, aunque quizá lo haga de forma más lenta.

Abundemos en ese argumento. En México, la economía ya estaba estancada o en contracción desde antes de la pandemia debido a la caída de los precios del petróleo y a la dudosa dirección política del gobierno de Andrés Manuel López Obrador: la inversión pública y privada han estado en franco descenso; no se ha registrado crecimiento económico (menos del 0%) en lo que va del sexenio, y el desempleo --que venía descendiendo desde 2015 según los datos del INEGI del propio gobierno-- no ha dejado de aumentar en 2018 y 2019. Uno no tiene que ser un fanático de la economía ni un prianista para saber que hasta el momento es falso pensar que la mayor parte de los mexicanos están mejor, en términos económicos, con la 4T que con los gobiernos corruptos del pasado. De Guatemala a Guatepior, dicen en mi pueblo. Sin saber cuál es cual, digo yo.
En ese escenario ya dañado, el gobierno ha estado atrapado en la tensión de postergar lo más posible el perjuicio a una economía ya empobrecida y tratar de contener el avance del virus. Para honrar a la verdad, estos problemas son más o menos los mismos en todo el mundo. A contrapelo de muchos países del mundo (por ejemplo, Rusia, Argentina o Taiwan) que endurecieron sus medidas de manera más temprana, el gobierno apostó a una estrategia razonable pero riesgosa: vigilar con la mayor precisión posible el avance de la pandemia para retrasar la implementación de medidas que dañaran a la economía. Todo ellos, sin poner en un riesgo sanitario mayor a la población. El gobierno decidió jugar con la osadía de un maestro internacional: ojalá no acabe desfondado antes de que termine la partida.

El charlatán

Por desgracia ahora es claro que el principal lastre del gobierno de Andrés Manuel López Obrador, es el propio presidente. Como es su costumbre, AMLO ha concentrado en él la atención mediática con un claro despliegue de incongruencia. Al mismo tiempo que el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Hugo López-Gatell Ramírez recomendaba medidas de sana distancia, el presidente se empeñaba en viajar, abrazar y besar a todos los mexicanos que necesitaran la bendición del patriarca. Al mismo tiempo que se exponía un plan de contención acaso cauto, viable y para nada extremo; el presidente sacaba unas estampitas religiosas en plena mañanera. Ese episodio del 18 de marzo merece mayor análisis. Es mentira que AMLO haya usado esas estampitas como un sortilegio contra el virus durante una pregunta sobre el cierre parcial de la frontera con EEUU. Sus acciones y palabras fueron sacadas del contexto en que se dieron (si tiene alguna duda, puede revisar el video en este enlace entre los minutos 1:47:00 y el 1:49:36).

Sin embargo, es absolutamente cierto que el performance de las estampitas gubernamentales causa desconfianza en la comunicación oficial y polarización en la sociedad. Quizá por eso, el presidente ha empezado a desaparecer de las conferencias de prensa sobre el COVID-19. Por otro lado, la reticencia del presidente para cancelar actos públicos y seguir repartiendo besos y abrazos formó parte de una práctica política contraria a la seriedad de la emergencia. En ese sentido, el articulista Jesús Silva Herzog Márquez no se equivoca al calificar duramente al presidente como el "charlatán de las estampitas". Las redes sociales, por su parte, se concentraron en retratar a AMLO como un anciano supersticioso que confía en amuletos para hacer frente a una epidemia. Como ya se dijo, uno puede defender que todo esto se trata de una distorsión malintencionada de lo dicho y hecho por López Obrador en aquella mañanera. Tan malintencionada y deshonesta como el reciente anuncio de AMLO de que la baja del precio de la gasolina es efecto de una decisión de su gobierno y no un producto de la guerra comercial entre Arabia Saudita y Rusia. Parece que quienes se empeñan en tergiversar lo que dice el presidente son iguales a la miseria del propio presidente. Ambos no tienen ningún reparo para mentir con descaro.



La estrategia
A pesar de todo lo anterior, es injusto descalificar las acciones de un gobierno debido a las pifias de su principal líder. Después de todo ningún país tiene una fórmula ni un manual infalible a seguir en las crisis: por eso son crisis. Dejando atrás las incongurencias y ridiculeces del presidente, el gobierno mexicano, adoptó una política que al mismo tiempo que implementó medidas para adelantar el avance de la enfermedad intenta no arruinar más, por el momento, la economía. Se trata de una política cauta y adecuada ante los ojos de los expertos de la OMS. Al menos, esa es la opinión de Jean Marc Gabastou y Cristian Morales Fuhrimann, responsables de la OMS-Organización Panamericana de la Salud (OPS).

Como resultado de esa política, desde finales de febrero y casi todo marzo, el gobierno mexicano postergó medidas más extremas bajo el argumento de que los enfermos provenían casi en su totalidad de gente que llegaba de otros países. Las estadísticas que mostraron casi todos los días parecen darles la razón. Lo importante era saber el momento en que los contagios provenían de fuera a contagios comunitarios: aquellos que se dan entre integrantes de la propia población sin que sea posible rastrear un contacto directo con alguien que venga de fuera.

En el momento en que el incremento de los casos comunitarios se dispararon a finales de marzo, las medidas se endurecieron a partir de la conferencia del 28 de marzo de López Gatell. El lunes 30 de marzo el gobierno declaró al país en emergencia sanitaria y la suspensión de actividades no esenciales en los sectores público, privado y social hasta el 30 de abril. Al filo de la fase 3 de la epidemia, con más de mil casos ya comprobados y 28 muertos, la estrategia gubernamental enfrenta su prueba de fuego.
El Doctor Alberto Díaz-Cayeros1 de la Universidad de Stanford apunta, que la estrategia mexicana sólo tiene sentido si las autoridades acertaron en pensar que los casos que se reportaron hasta ya avanzado marzo fueron casi exclusivamente de contagios externos y no contagios comunitarios. Para que eso fuera cierto se debía cumplir el primer supuesto de esta estrategia: que México contaba con un sistema de vigilancia capaz de un monitoreo eficaz y oportuno de los casos que han ido surgiendo. Suponía, en efecto, que las estadísticas que se recolectaron y reportaron con tanta aplicación por López Gatell y su equipo son veraces y que el sistema de salud ha sido capaz de reportar los nuevos casos de manera eficiente.

Sin embargo, las burocracias de profesionales del sector salud no necesariamente son siempre eficientes y meticulosas; tampoco es seguro que cuenten con las condiciones y los canales adecuados para transmitir la información pertinente a los centros de decisión lo más rápido posible. Díaz-Cayeros agrega que además siempre hay problemas para que las personas reporten rápidamente al sistema a familiares y conocidos cuando se sospeche un brote. Eso hace más dificil rastrear la red de la infección.

¿Tendrá éxito la estrategia del gobierno mexicano? Justo con el incremento de contagios comunitarios a los que se refirió el subsecretario López Gatell el 28 y el 30 de marzo, la estrategia mostrará si fue correcta o no. El veredicto dependerá de si el gobierno fue capaz de seguir con fidelidad la evolución de la epidemia o si tuvieron lugar muchos brotes comunitarios sin que el radar del sector salud los haya podido registrar con oportunidad. En el segundo caso la curva de contagio se disparará de manera descontrolada, en buena parte, gracias a que el gobierno postergó medidas que pudo aplicar de manera más temprana. México estaría siguiendo los pasos de España o Italia. Por el bien de todos los mexicanos, ojalá las autoridades no se hayan equivocado.
El pensamiento crítico: primer round

Más allá de la evidencia empírica aún por conocer sobre la efectividad de la estrategia mexicana, podríamos preguntarnos si el gobierno mexicano tenía una salida muy distinta a la que ha desplegado. En mi opinión, su margen de maniobra era reducido: una alternativa con expectativas radicalmente mejores me parece imposible dado que, el régimen de López Obrador nada ha hecho para impulsar una reforma fiscal más justa que permita mejorar los hospitales, atender con rigor la educación, impulsar la investigación y la divulgación científicas, y consolidar programas de contención ante los desastres.

En el contexto de un gobierno popular, pero operativamente débil y bastante pobre; México no tiene la posibilidad de tomar medidas de contención más fuertes (como Rusia o China) o de detección masiva de los infectados (como Corea del Sur), porque con dichas medidas la economía mexicana se iría en picada casi de inmediato. Eso por no mencionar la pobrísima cultura científica de la población que sigue descreyendo tanto de la emergencia de la pandemia como de la mera existencia del virus. Bajo el esquema de trabajar con lo que se tiene es razonable que se apostaran las fichas a un estrategia que retrasó medidas más radicales como las que se implementaron incluso en Argentina, Colombia o el Salvador.

No obstante, la crisis del coronavirus ha venido a intensificar o al menos a exhibir problemas estructurales que no deberíamos pasar por alto. Es imperativo preguntarse si la doble debilidad de México --la desigualdad de la sociedad mexicana y un gobierno comandado por un presidente incapaz de seguir las recomendaciones de su propio gobierno-- era inevitable. Quizá así sea. Después de todo, no es sorprendente que alguien parecido a un vendedor de homilías o de discursos de autoayuda diera esperanza a un país ávido de algo en que creer. De todas formas, no había de donde escoger en una historia de regímenes panistas y priistas que saquearon a voluntad al gobierno y la sociedad mexicana. Como se sabe, en la democracia electoral no gana el bueno; sino el menos malo aunque también sea muy malo.

Pese a ello, es importante pensar más allá de lo que el tablero de “es lo que hay” nos ofrece. Un primer paso quizá sea precisar la crítica: como ya se dijo, lo que sucede ahora en México es de esperarse porque el gobierno en lugar de aplicar impuestos progresivos, para que los ricos paguen mayores tasas, ha optado por promover programas sociales –sin duda necesarios-- pero con tintes cínicamente clientelares. ¡Es el patriarca! ¡El benefactor! ¡El iluminado y su partido omnipotente el que te da esta beca, este apoyo, aquél minitrabajo! Dicho sea de paso, el gobierno suele hacer esa caravana de generosidad demagógica en franco contubernio con los Alfonso Romo, los Carlos Slim, los dueños de las mineras o de las televisoras. La mafia del poder empresarial hace mucho que se sienta cómodamente a cenar con su inquieto presidente subordinado. ¿No me cree? ¿Por qué se imagina que una de las primeras acciones del presidente, apenas iniciada su gestión, fue aceptar la colaboración de un consejo empresarial de indudable influencia? ¿En serio cree que el presidente pasó charola a los empresarios, nomás de a gratis, para cubrir su ocurrencia de la rifa del avión presidencial? ¿Recuerda usted como el presidente abrió las puertas del país a la Nestlé el año pasado? ¿Lo recuerda promoviendo el Teletón? Es perfectamente documentable que el gobierno amloísta se ha dedicado, en buena medida, a beneficiar exactamente a aquellos que siempre han sido beneficiados de la desigualdad en que vivimos.

Así pues, el gobierno de AMLO prefirió y sigue prefiriendo apostar al petróleo (hoy en jaque debido a la ya mencionada pulverización del precio internacional), postergar las demandas sociales, y beneficiar al gran capital con megaproyectos como los infames Tren Maya y el corredor transístmico.

Si piensa que todo eso no es relevante en este momento de crisis, le pido que recuerde el discurso de López Gatell del 28 de marzo resumido en la primera sección de este ensayo:

¡Quédate en casa! ¡Quédate en casa! ¡Quédate en casa!”

¿Quien nos va a pagar a los cerca de 40 millones de mexicanos que no tenemos salarios durante esta pandemia, si no salimos a trabajar? ¿Cómo se van a alimentar las decenas de millones que dependen de esos 40 millones de trabajadores? ¿Van a repartir despensa, comida, agua o servicios para que la gente pueda soportar el aislamiento lo mejor posible? ¿Se van a condonar los pagos de luz, agua, impuestos, deudas por créditos para la mayoría de la población? ¿Se establecerá un sistema de ingreso universal para que todo mundo cuente con recursos para paliar los efectos de esta epidemia? Para financiar todo lo anterior, ¿se impondrá un impuesto especial a los más ricos del país que, dicho sea de paso, forman parte de los más ricos del mundo?

Si nada de eso va a pasar es porque la desigualdad en México sigue siendo monstruosa: un pequeñísimo porcentaje de mexicanos acapara la inmensa mayoría de la riqueza que producimos y eso no ha cambiado con la 4T. En ese contexto, el llamado de López Gatell no es más que una forma de transferir a los ciudadanos la responsabilidad de lo que pase en esta pandemia. Una forma de decirles: si hay muertos es tu culpa, no la nuestra. En ese caso, López Gatell, con toda su técnica elocuencia, no es más que el irrelevante vocero de una estrategia para que el gobierno evada sus responsabilidades. Como él, ha habido muchos.

En ese tenor, las muertes que tendremos que lamentar en los próximos meses exigen, como pasa siempre en las catástrofes, preguntanos si el monstruo vino a tocar la puerta o ya estaba adentro fermentándose para saltar en el momento apropiado. Parte de la respuesta a esa pregunta debe estar en el hecho de que los políticos del PRI, el PAN, el PRD y demás partidos, que no se han pasado a las filas del presidente y MORENA, han gastado innumerables pixeles en criticar al gobierno de AMLO con la desfachatez y el cinismo de quien simula que no tiene nada que ver con que se dejara destapado el pozo y se empujara al niño para que se ahoge. La misma pregunta con otra forma salta del tintero ya que a preguntar estamos: ¿quién es el monstruo? ¿El coronavirus o nuestra clase política y la desigualdad en la que no hemos dejado de vivir ni por un segundo?

Yuri: canto en la pandemia

Es bien conocido que cuando al mundo le da gripa a México le da pulmonía. A México sepa Dios que le vaya a dar cuando al resto del mundo le da coronavirus... En este panorama, parece que en lo único que podemos guardar algún tipo de esperanza es en que no se hayan equivocado las autoridades de la secretaría de salud y, sobre todo, en los esfuerzos de médicos, enfermeras y demás profesionales de la salud que, a pesar de las deficiencias con las que trabajan, intentan contener los estragos de esta pandemia. ¡Apláudales, si los ve! Los mexicanos, por otro lado lado, ya han enfrentado con solidaridad otras epidemias, terremotos y catástrofes. En esa capacidad de auto-organización hay un potencial que no infrecuentemente nos ha sacado a flote. De manera inmediata, hay otra fuente de optimismo: ojalá el calor primaveral, a veces desértico, de buena parte de nuestro país ayude, como cada año, a esterilizar el medio ambiente y disminuir las afecciones respiratorias. Cante conmigo: “No importa si, para enamorarme ahora/ volverá a mi…. la maldita primavera...”
En cualquier caso, el coronavirus dejará una lección bien clara si aprendemos a leerla: la forma en que un gobierno neoliberal (que se dice progresista) es incapaz de evitar que en las crisis se cobre la factura más alta a los más necesitados. ¡Claro! Siempre podemos repetir el eterno pretexto de que todo es culpa de los gobiernos previos. Lo mismo solían decir los panistas y los priistas; lo mismo han dicho siempre todos los gobiernos. Es el pretexto de siempre; el consuelo de nadie. Si nos aferramos a esas escusas, en la misma ausencia de pensamiento crítico podemos enfrentar esta pandemia con un escapulario, un dólar, un trébol de 12 hojas y un cascabel de serpiente. Si esa es su elección, le recomiendo que, mientras pasa el vendaval, ponga a todo volumen a Yuri cantando y consiga su colección de ¡Detente enemigo que Jesús está conmigo!

Lávese después las manos; si tiene agua, también los oídos.

Referencias

Hyerim Kim, Jung-Man Lee, Jiwon Lee et al. Effect of neck extension on the advancement of tracheal tubes from the nasal cavity to the oropharynx in nasotracheal intubation: a randomized controlled trial, 12 September 2019, PREPRINT (Version 4) Disponible en Research Square [+https://doi.org/10.21203/rs.2.10802/v4+].



1Posiblemente el mejor texto que se ha publicado hasta el momento analizando la estrategia del gobierno fue escrito por Alberto Díaz-Cayero el Director del Centro para Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Stanford: The balancing Act in Mexico’s COVID-19 response.


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