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miércoles, 8 de agosto de 2018

AMLO, Zizek y el pensamiento como resistencia III

AMLO, Zizek y el pensamiento como resistencia III

Por Luis Ramírez Trejo (Homo vespa)



    
                                             Fotografìa Solalinde: Formato Siete                                                         Foto Sub Moisés: Homo vespa           

Si deseas leer la segunda parte de este ensayo da click aquí.
 

Pensar las no respuestas
Detenerse, no votar y pensar: extraño consejo. ¿Pensar nos permite salir de este infierno? Posiblemente no, o al menos no de manera inmediata. Pensar puede incluso dejar una sensación de ansiedad, porque no garantiza encontrar soluciones urgentes; más bien demanda dar espacio a la crítica radical en toda su profundidad. Ello implica, casi siempre, develar problemas hasta entonces inadvertidos.
Sin embargo, pensar ayuda a entender que ante la incertidumbre que nos presenta la realidad, es bueno saber que las soluciones pueden venir en forma de no respuestas. Por ejemplo, independientemente de si se votó o no, hoy tendría que afirmarse radicalmente que las elecciones de 2018, al menos en las condiciones en que se efectuaron, no son una solución ni siquiera parcial: no son un avance democrático en sentido alguno. No hay, por desgracia, nada que celebrar. ¿En serio alguien quiere celebrar la democracia de un proceso electoral en que se perpetraron 1203 agresiones contra políticos, incluyendo 152 asesinatos, entre ellos 48 a pre-candidatos y candidatos?[1]

Pensar también ayuda a evitar simplificaciones ofensivas. Por ejemplo, independientemente de las críticas fundadas que se pueden hacer a la propuesta de López Obrador, no hay razón que justifique la burla o la mofa hacia sus partidarios, con motes como pejezombies, chairos, analfabetas, huevones, mugrosos, vendidos, nacos, mononeurales, etc. En los casos más saludables, el insulto sin ingenio delata el resentimiento del que es tundido con demasiada frecuencia a macanazos (por ejemplo, los que suelen ser reprimidos cantan con gusto: ¡esos son, esos son los que chingan la nación!); por desgracia, no es el caso, en el insulto a los morenistas priva casi siempre una forma de clasismo o el berrinche del niño pendenciero que prefiere escupir su verdad incontrovertible para que no se note que sólo sabe de balbuceos. En los casos extremos, el desdén y el escarnio se vuelve crimen o amenaza flagrante, como en el caso denunciado recientemente por el caricaturista Helguera.

Es aún más inviable el desdén hacia los que decidieron (amloístas o no) votar por López Obrador. Las razones para votar por AMLO fueron en 2018 tremendamente variadas como siempre pasa en las elecciones mexicanas: van desde la compra del voto por parte de MORENA, como en el caso documentado de Chiapas[2], hasta el más crítico y consciente sufragio posible; pasando por las muchas formas del accidente de la desinformación y del genuino deseo de cambio social. Un rompecabezas de razones equiparable al del universo de los que se abstuvieron de votar, anularon su voto, o no cesan de criticar la propuesta amloísta. Los universos de los votantes y los no votantes nunca han sido homogéneos. Reducir fenómenos así de complejos a un insulto es un descuido del pensamiento, acaso una muestra flagrante de estupidez: dicho sea, con todo respeto.

Mucho más importante es el hecho de que nadie puede proclamar una superioridad infalible. No hay en toda la experiencia humana algo que de recetas en política: ni la filosofía ni la sociología ni la antropología han podido determinar de antemano, y de manera absoluta, cuál es la mejor decisión en una coyuntura (ni tampoco fuera de ella). Nadie tiene ni tendrá un mágico Palantir [3] que garantice clarividencia de pitonisa. La política verdadera no es una ecuación algebraica en la que se pueden obtener los valores verdaderos aplicando la fórmula conveniente; sino un tipo de conocimiento que crea su propia verdad cada vez que se desarrolla en medio de la incertidumbre[4]. Todo lo que puede hacerse desde un interés sincero es correr riesgos, observar con pasión, pensar con empeño, y corregir nuestras apuestas.

Pensar permite, por otro lado, no saltar a la legión de los ofendidos con la presteza del que nació con la piel inexistente. Tan pobre pensamiento habita en el que insulta sin elegancia ni reflexión, como en el que se ofende mucho más por su inseguridad que por alguna lejana alusión. Esto es importante recordarlo a la hora de considerar que nada de lo anterior excluye cuestionar sin reservas lo que se da por sentado, incluso si ese cuestionamiento se desarrolla en términos de sátira o farsa: provocaciones que bien ejecutadas son vías del pensamiento tan legítimas como muchas otras. Por ejemplo, varios amloístas reclamaron, a voz en cuello, que se ofendía al pueblo mexicano o al menos a los 30 millones de votantes de AMLO en un comunicado en que los zapatistas rechazan la democracia electoral usando una parodia relacionada con el fútbol[5]. El escrito es poco brillante y mucho menos sustancioso que muchos otros publicados por los zapatistas de mensaje prácticamente idéntico. Si alguien de veras está interesado en entender el porqué los zapatistas desconfían de los partidos políticos y la clase política en general, es recomendable que lea al menos la primera parte de la serie L@s zapatistas y la Otra: los peatones de la historia[6].

En el caso del texto de la discordia, es poco menos que lamentable que con tanta facilidad se asuma que la parodia de un sistema político forzosamente ofende a los votantes de un candidato, cuando en dicho texto no se hace una sola mención a los 30 millones que votaron por él. A pesar de la desubicación de muchos amloístas, no es seguro que los votantes de AMLO constituyan el pueblo mexicano ni como categoría política ni de ninguna otra forma. Quienes así lo interpretan ponen a todos los votantes de AMLO en el mismo costal de sus defensores a ultranza y de paso incluyen al resto del pueblo de este país. En efecto, los ofendidos cometen el mismo error de pensamiento de bulto que los que suelen insultarlos.


Chantaje vs política verdadera
En realidad, la reacción exacerbada de los que se declararon ofendidos con dicho comunicado tiene que ver, más bien, con el chantaje que analizamos previamente (ver primera parte del ensayo). Eso explica, por ejemplo, las acciones de activistas como el padre Alejandro Solalinde y Omar García Velásquez, para tratar de obligar al EZLN a colaborar con el gobierno obradorista bajo el argumento de la imperiosa necesidad de una unidad nacional alrededor de un “presidente amigo”.
 
“El movimiento zapatista es parte de nuestros logros en nuestra lucha social, pero ya no tiene sentido aislarse con la idea de todo o nada. 30 millones no se equivocan. Busquemos juntos la transformación nacional.”.
Alejandro Solalinde en Twitter el 9 de julio de 2018.

Sin embargo, ¿el ejercicio de la autonomía en territorios zapatistas no es más bien un logro fundamentalmente de ellos mismos? ¿No es al menos mezquino, cuando no impertinente, arrogarnos algo de esa conquista? Y sobre todo, en rigor, ¿por qué 30 millones de mexicanos no habrían podido equivocarse al votar por AMLO? ¿Porque son muchos millones? ¿Eso quiere decir que los más de 19 millones que eligieron a Peña Nieto tampoco pudieron equivocarse? ¿Y los casi 63 millones de votantes que eligieron a Donald Trump estuvieron en lo correcto? ¿Qué hay de los más de 17 millones de votos que votaron por los nazis en 1933?

No: pensar la política y la democracia en términos meramente cuantitativos no solo es falaz sino insostenible. Nadie sabe a ciencia cierta si los mexicanos que votaron por AMLO se equivocaron o no, pero ello no se sabrá por el mero conteo de votos. El número de votos determina quien gana, no si es correcto que gane. Si agregamos que Solalinde ha sugerido que el problema es que los “líderes y asesores” del EZLN pudieran estar “administrando el zapatismo”[7], es evidente que estamos ante un intento de descalificación de un movimiento a partir de la premisa de que sus integrantes son simples títeres de la necedad de sus líderes y de gente externa al movimiento. No es difícil elucubrar una forma de racismo en el corazón de esta premisa.


Independientemente de lo que decidan o contesten los zapatistas, que nunca han necesitado ni defensores ni voceros externos, es evidente que tienen todo el derecho de considerar que el proyecto amloísta no corresponde a sus afectos y expectativas políticas. No son los únicos. ¿Todos los que no coincidimos, desde la izquierda, con el entusiasmo amloísta no somos más que “aislacionistas”? ¿No es esa descalificación una forma de deslegitimar al interlocutor por anticipado?

La descalificación a priori es con frecuencia uno de los primeros pasos de la coerción política. Una de sus formas más perniciosas es cuando se envuelve en una supuesta apertura democrática que, en realidad, es una imposición: si hablan con nosotros son demócratas; si no, están en contra del pueblo mexicano y son simples sectarios. Se trata de una actitud no muy distinta a la velada amenaza del priismo de antaño: “el que se mueve no sale en la foto”. ¿Por qué intentar obligar a los zapatistas a estar en una foto que no desean?

Lejos de un diálogo honesto, el objetivo es plegar a los zapatistas al campo de una posición única que detenta el poder y la hegemonía.

Por otro lado, es evidente que no hay razón para suponer una sabiduría inapelable en las mayorías. Así que sus decisiones son plenamente susceptibles de escrutinio. ¿Se equivocaron 30 millones de mexicanos al votar por AMLO?

Intentaré, sin ánimo de decretar juicios inapelables, dar una respuesta. Antes, vale la pena recordar que Zizek recomendaba abstenerse por coraje ante las falsas elecciones como las de México de 2018. Eso, evidentemente, ahora es irrelevante: con boleta o sin ella, habiendo votado o no, nulificando o diversificando el voto; ninguna opción tiene la más mínima oportunidad de tener un efecto si no hay un movimiento popular que cree política verdadera para beneficio de todos.

Una vez establecido lo anterior, algo podemos avanzar, aunque sea a través de no respuestas. No, no se equivocaron los que votaron por AMLO: al menos no todos ellos. Se equivocaron los que imaginaron a AMLO como un nuevo redentor de la pureza y la bondad. Se equivocaron los que creen que eligieron una propuesta alternativa significativamente distinta a la de los gobiernos depredadores que hemos vivido. También se equivocaron los que piensan que el triunfo de AMLO, en sí mismo, significa un “despertar” del pueblo mexicano: es falso que la totalidad de los 30 millones que votaron por AMLO “despertaron” y se involucrarán, después de las elecciones, en modificar la injusticia del país; veremos cuántos realmente lo hacen. Se equivocaron los que defendieron y defienden que hay que evitar la crítica y darle un voto de confianza a una propuesta que no lo merece. Se equivocaron los que fueron a depositar un papel en una urna creyendo que con eso cumplían su deber ciudadano y que, después de las elecciones, regresaron a los menesteres de su vida diaria para volver a pensar en política dentro de seis años.

No se equivocaron aquellos que votaron por AMLO con base en cualquier especie de esperanza negativa: a sabiendas de que habrían de decepcionarse casi inmediatamente. Con la consciencia de que no es en el gobierno de AMLO; sino en la lucha colectiva en donde existe la posibilidad de generar una verdadera política de izquierda. Ésos que votaron a pesar de saber que estaban eligiendo una nueva forma de neoliberalismo peligrosamente priista y sin ninguna garantía ni mecanismo de auto- corrección. Aquellos que, en medio de una esperanza mínima, pensaron el voto como lo que debe ser: un detalle despreciable e insignificante de la acción política. Tampoco se equivocaron aquellos que, habiendo defendido la esperanza, rechazarán tajantemente las imposiciones de un gobierno que no corresponda a su confianza. Todos ellos votaron mucho menos para que ganara AMLO, y mucho más para que perdieran Meade y Anaya. Se alegran de que el PRIANISMO haya perdido; no saben si festejar que AMLO haya ganado. Toman la trompeta y las serpentinas con más inseguridad y timidez que gozo. En resumen, no se equivocaron todos aquellos que después de la embriaguez de una fiesta, por fortuna de pronta extinción, estén dispuestos a interpelar, objetar, supervisar y si es necesario defenestrar un gobierno cuya legitimidad sólo debería descansar en la justicia de sus acciones y no en el simulacro de respaldo de millones de votos.

Ellos y todos los que prefieren concentrar su acción política en los movimientos sociales saben que, lejos del solapamiento y el triunfalismo, lo que necesitamos es seguir apoyando cada una de las resistencias locales que tengamos a la mano con el cuidado de no limitarnos a sus demandas específicas. La verdadera política no se concentra ni se circunscribe a demandas particulares por legítimas que éstas sean ni del grupo del que provengan: pueblos indígenas, mujeres, campesinos, empleados de confianza, maestros, médicos, etc. La verdadera política siempre es generosa y convoca a una justicia para todos. Como dice la Cuarta Declaración de la Selva Lacandona:
“El mundo que queremos es uno donde quepan muchos mundos. La Patria que construimos es una donde quepan todos los pueblos y sus lenguas, que todos los pasos la caminen, que todos la rían, que la amanezcan todos.”[8]

Al margen del tinglado precario de las elecciones, la verdadera política se desenvuelve en resistencias que operan en lo que Jaques Ranciѐre defiende como el corazón de lo que sí es política: los esfuerzos colectivos para desestabilizar el orden injusto, jerárquico y abusivo de la realidad.

Hoy en día, México es un desierto y un camposanto: un país en ruinas para volver a citar al escritor Jorge Volpi. Si queremos salvarlo, necesitamos no sólo una resistencia; sino una multiplicidad de ellas que provengan de todos los sectores de la sociedad. No sólo de los conocidos nichos de rebeldía como las organizaciones obreras y estudiantiles, el EZLN, las comunidades indígenas, el CIG o Marichuy. Necesitamos de resistencias auténticas que puedan operar práctica, e incluso pragmáticamente, desde cualquier trinchera que se habite: las organizaciones de damnificados, los estudiantes explotados del posgrado en las universidades, los vecinos organizados contra las inmobiliarias o la delincuencia, etc. Resistencias que puedan incluso florecer desde dentro del propio gobierno de AMLO.

Un par de ejemplos quizá inesperados: a menos de una semana del triunfo, Olga Sánchez Cordero, la futura Secretaria de Gobernación, anunció que impulsará una propuesta de despenalización de la mariguana y la amapola. Dicha iniciativa puede ser parte de una estrategia que ataque el corazón del capitalismo criminal y asesino que florece en la obsoleta política prohibicionista que aún ejerce México. Otro ejemplo es el de Elena Álvarez-Buylla, eminente científica y conocida opositora de la industria de los transgénicos, futura titular del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT) que postula, en su Plan de Reestructuración:

"Evaluar con rigor científico los costos sociales y ambientales en México del régimen neoliberal"[9].

Es seguro que estas y otras iniciativas inéditas en México navegarán a contracorriente de un gobierno amloísta y una sociedad atrapados en el conservadurismo de la derecha empresarial y el capitalismo. Por lo tanto, dichas iniciativas deben ser impulsadas desde todos los enclaves sociales posibles. Lo anterior no quiere decir que debemos colaborar con el gobierno. Todo lo contrario. El pensamiento radical, ese que rechaza la injusticia por principio, es la primera garantía de la distancia necesaria con la realidad jerárquica del Estado: eso hace posible la resistencia. Ante la desigualdad, lo que no se opone como conflicto no es política ni resistencia, sino cooptación. Eso es lo que personajes como Alejandro Solalinde, Omar García Velásquez y Nestora Salgado, para nombrar a los más conspicuos, no entienden. El EZLN y todo el que quiera trabajar por la justicia tiene que luchar por habitar esa distancia, por pensar en la resistencia: esto es con todos y sólo con los que piensan en todos. No hay nada que debatir con la élite política y empresarial, pero si con todos los que, amloístas o no, estén dispuestos a proseguir la lucha por la justicia. Esa es la única forma de crear todas las resistencias que se necesitan para obligar al gobierno de AMLO no a cumplir lo que prometió, pues lo que prometió no es más que un neoliberalismo moralizante; sino a forzarlo (y forzarnos) a inventar un verdadero viraje de izquierda que deje de beneficiar a los privilegiados de siempre para beneficiar a las mayorías.
Tendremos que obligar a Andrés Manuel López Obrador; es posible que, aunque no lo confiese, él nos lo agradezca.


[2] Hernández Navarro, L. El rompecabezas electoral. La Jornada. 10/07/2018. Consultado el 11/07/2018.
[4] En la versión propuesta por el filósofo Alain Badiou, las políticas verdaderas generan sus propias verdades, estrategias y símbolos conforme se desarrollan a favor de la justicia; no establecen ni verdades ni métodos de manera predeterminada. Un texto introductorio del autor de este ensayo sobre este tipo de pensamiento se encuentra en: La política de lo posible, Alain Badiou y el fraude a la democracia. Homo vespa 02/09/2012. Consultado el 11/07/2018.
[6] 6           L@s zapatistas y la Otra: los peatones de la historia. Introducción y Primera Parte: los Caminos a la Sexta. Enlace Zapatista 17/09/2006. Consultado el 11/07/2018.
[7] Rosagel, Shaila. Solalinde: Asesores que parecen “administrar al zapatismo” no dejan el acercamiento con AMLO. Sinembargo. Consultado el 11 de julio de 2018.
[8] CUARTA DECLARACIÓN DE LA SELVA LACANDONA. Enlace zapatista. 01/01/1996. Consultado el 11 de julio de 2018.
[9] El documento completo se puede obtener aquí.

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jueves, 2 de agosto de 2018

AMLO, Zizek y el pensamiento como resistencia II

AMLO, Zizek y el pensamiento como resistencia II

Por Luis Ramírez Trejo (Homo vespa)


Si deseas leer la primera parte de este ensayo da click aquí.

Diatriba contra las almas bellas

Los defensores de la izquierda electoral argumentan que todo intento de transformar la realidad de manera pacífica sólo es posible apoderándose del gobierno mediante las urnas. En una sociedad tan desigual y heterogénea, esto sólo se logra haciendo negociaciones con grupos que no comparten los ideales defendidos, pero que pueden apoyar una iniciativa de izquierda por el beneficio que obtendrían de ella. Negarse a esa realidad, argumentan, es una forma de ingenuidad; acaso una muestra de purismo: el fin justifica los medios. El espíritu realista y pragmático aconseja: no debemos exagerar nuestros escrúpulos a riesgo de que nos mantengamos plenos de pureza, pero sin ninguna posibilidad de transformación social.
 
Es innegable que hay una lógica coherente en este razonamiento. Siempre ha sido muy confortable mantenerse en el castillo de los conceptos, ese mundo cartesiano de ideas claras y distintas en el que uno puede devanar la revolución ideal. Zizek suele acusar, con justicia, a amplios sectores de la izquierda radical a la que pertenece —instalados en la comodidad del activismo, los gabinetes universitarios, las oficinas editoriales y los bares revolucionarios— de no participar en ninguna forma de política que no cumpla con las condiciones históricas para una transformación revolucionaria. En México, muchos de los grupos que por años han criticado y desdeñado con arrogancia al amloísmo o a cualquier otra perspectiva de transformación por vía electoral corresponden a esta descripción. Algunos, en medio de un bostezo, aún esperan que las contradicciones inherentes del capitalismo terminen por colapsarlo.
 
Por desgracia, los conceptos y deseos inmaculados que residen en las almas bellas no han causado hasta el momento ninguna revolución ni transformación de la realidad. Esperar hasta que haya condiciones históricas propicias se parece demasiado a esperar el advenimiento de la redención por el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La teología es una forma de conocimiento tan respetable como cualquir otra, pero no parece especialmente adecuada cuando se vive en un país inmerso en la masacre.
 
Por lo tanto, es inútil encerrarse en alguna fortaleza idealista de la arrogancia revolucionaria. A pesar de las limpísimas creencias de las almas bellas, el pensamiento político no es un conjunto de conceptos transparentes e inmutables que encajan en la mente como piezas de lego. En la política, los conceptos se desbordan por la práctica y ésta es siempre transformada por conceptos que nunca son fijos. En todo caso, si se ha de hablar de “pensamiento político”, debe ser en el entendido que ello apela de manera obligatoria a ideas, pasiones, emociones y prácticas que se mezclan como remolinos impacientes en la lucha por la justicia.
 
En ese sentido, la abstracción de una pureza revolucionaria no es ninguna opción. Los humanos nunca hemos sido puros y no es deseable que lo pretendamos: ni lo fueron el Ché Guevara, Rosa de Luxemburgo, Emiliano Zapata o Nelson Mandela ni lo son los zapatistas, el CIG o Marichuy.
 
No obstante, la acusación es casi siempre falsa. Las objeciones radicales a la política de López Obrador no se han anclado ni necesitan anclarse en ningún purismo. El problema es otro: la negligencia al pensar la relación entre los medios y los fines.

 En todos los proyectos políticos se toman decisiones prácticas, pero es tremendamente peligroso permitir que el mero pragmatismo se imponga a los principios que le dan vida a los ideales de justicia que se pretenden. Una política auténtica, que es la que aquí nos interesa, no es pura; sino que hace un esfuerzo permanente porque medios y fines sean consonantes entre ellos en la búsqueda indeclinable de la justicia. Ese es, posiblemente, el único sello distinguible de una política de izquierda.


AMLO: la no izquierda
Sin embargo, lo que hizo la candidatura pragmática de AMLO fue desaparecer el esfuerzo de consonancia entre medios y fines en importantes ámbitos de su práctica política. Para explicarlo con uno de los ejemplos más obvios se puede apelar a las palabras del entonces candidato para justificar la inclusión de cualquier sátrapa en el proyecto de MORENA, con tal de que se aportaran votos o influencia para ganar la presidencia a como diera lugar:

 “Todo el que está en el PRI, pero se arrepiente de todo lo que hizo mal y decide pasarse a Morena, puede ser perdonado. Al momento que se sale del PRI se limpió”[1].
 
Es decir: con el fin de ganar, no es importante ponderar los medios de quienes se unen a nosotros. Cualquier cuestionamiento sobre la pertinencia de esos medios es descartado por irrelevante. El beatífico perdón de AMLO es parte de una forma de política pragmática generalizada cuyos resultados devinieron en cerrazón de pensamiento, clausura de indagación, abandono de la crítica.

En este escenario, no quedan claros los costos de un pragmatismo tan extremo: ¿no será que medios como a los que ha acudido MORENA evitan alcanzar cualquier fin que valga la pena? ¿Es en verdad la única opción que tenemos?
 
Zizek ofrece una alternativa más razonable en el contexto de las elecciones en Colombia de este año, en las que participó el ex-guerrillero Gustavo Petro, candidato por una coalición de izquierdas[2]. El esloveno argumenta que aunque nuestra realidad demanda cambios radicales, eso no excluye que se puedan conseguir de diversas formas. Propone, de manera clara, combinar un pragmatismo (incluso electoral) de uso inmediato con perspectivas irrenunciables de justicia y emancipación a largo plazo. No obstante, Zizek explica que para que sea posible una transformación real por vía electoral, se necesita una iniciativa de izquierda que realmente lo sea. El filósofo ha gastado muchísimos pixeles en criticar, por ejemplo, la corrupción de la social-democracia europea; pero defiende discretamente la política de Evo Morales en Bolivia o Lula da Silva en Brasil.
 
Por desgracia, incluso desde este pragmatismo zizekiano, MORENA parece bastante lejana a las corrientes del valioso y fresco populismo izquierdista [3] que irrumpieron primero en Suramérica y que luego conocieron un auge dudoso en Europa. La propuesta política del Proyecto de Nación 2018-2024 de AMLO y MORENA es una forma de capitalismo plenamente funcional con el neoliberalismo en boga [4]. No hace ni siquiera el intento de enmascarar su vocación capitalista: una propuesta mucho más pobre, sucia y deslavada que los proyectos populistas que se mencionaron antes y que, a estas alturas, ya han sido duramente imprecados desde la izquierda en los países en que se han desarrollado. En términos de práctica política, MORENA es un partido con una valiosa base popular, pero en el cual las decisiones más importantes se toman en la cúpula pragmática que extiende su influencia con las prácticas priistas en que AMLO y su camarilla tan bien se entrenaron por décadas.
 
Un partido atrapalo-todo siempre dispuesto a cooptar, al más puro estilo priista, a todo el que esté dispuesto a ello; desde cuadros de derecho hasta luchadores sociales, por ejemplo, Germán Martínez Cázares, Gabriela Cuevas, Tatiana Clouthier, Nestora Salgado, El Mijis, Alejandro Solalinde u Omar García Velázquez, por nosmbrar algunos de los más visibles. Después de tres intentos y más de doce años de campaña, López Obrador concluyó que fuera del pragmatism rampante no hay otra forma de llegar al poder. Seguramente, el tabasqueño no se equivocó.

Ante esta claudicación, el ciudadano de izquierda, morenista o no, se pregunta en su fuero interno, sin querer escucharse a sí mismo demasiado, ¿de qué sirve denunciar por décadas a la “mafia en el poder” si para llegar al poder se termina por usar la misma indumentaria de esa mafia: la negociación inconfesable en lo obscurito, el clientelismo, la ambigüedad política, el entreguismo a los capitalistas, el aplauso a las televisoras, etc.? ¿En este ejercicio de travestismo no se termina siendo igual a lo que se intenta combatir?

 La conclusión posible y nada cómoda para un izquierdista es que, en rigor, lo que AMLO encabeza —más que a las políticas progresistas de Lula, Evo Morales, Podemos o Syriza— se parece muchísimo a la corrupción de esa social-democracia neoliberal que Zizek rechaza. Si no hay una izquierda, aún pragmática pero auténtica, las elecciones se dan entre distitnos tipos de derecho difícilmente distinguibles unos de otros. ¿Qué se hace ante una falsa elección a la que se accede solo por falta de alternativas reales, hartazgo o desesperación? En el caso del neoliberalismo de Macron y el neofascismo de Le Pen, opciones mucho más distinguibles unas de otras que las del caso mexicano, Zizek concluye:
 
“Hemos alcanzado así el punto más bajo de nuestras vidas políticas: una pseudo- elección si es que alguna vez hubo una.”

 “En la situación desesperada en que nos encontramos, enfrentados a una falsa elección, deberíamos reunir el coraje y simplemente abstenernos de votar. Abstenerse y empezar a pensar.” [5]



1. AMLO abre las puertas de MORENA a priistas arrepentidos. SDPnoticias 02/02/2016. Consultado el 11/07/2018.
2 Zizek. Las elecciones en Colombia. 2018. Entrevista en Youtube. Consultado el 11/07/2018.
3 Es importante hacer notar de que a pesar de que el término “populismo” ha sido pobremente discutido en México, hay una corriente de pensamiento que halla en él la posibilidad de un cambio real de izquierda. Una inspiración, en algunos casos declarada, son los trabajos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe. Por ejemplo:
Laclau, E. La Razón Populista. Argentina: Fondo de Cultura Económica. 2005.
4 El Proyecto de Nación 2018-2024 en su versión íntegra se puede obtener en este enlace. Un análisis crítico fue publicado por Alejandro de Coss en la Revista Cuadrivio el 31/05/2018: AMLO o la contradictoria continuidad del capitalismo. Consultado el 11/07/2018.
5 Zizek, S. El Chantaje liberal. Página12. 06/05/2017. Consultado el 11/07/2018.

Lee la tercera parte: AMLO, Zizek y el pensamiento como resistencia III

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miércoles, 1 de agosto de 2018

Juan Ramón el marrullero y el 68


Juan Ramón el marrullero y el 68

Por Homo vespa
Francisco Barnés de Castro fue un químico que llegó a la rectoría de la UNAM con aún menos habilidades políticas que méritos académicos. No es extraño: las virtudes que más premia la burocracia universitaria especialmente a esos niveles son saber cuando alinearse, saber cuando no hacer olas, y saber cuando defender los intereses del gobierno que te pone en el puesto. Sin embargo, Barnés no logró imponer las cuotas en la UNAM como se lo requería el gobierno en 1999. Las torpezas de porro bravucón ya no servían de nada con el conflicto estudiantil atascado en noviembre de ese año. Barnés era un elefante epiléptico en cristalería y se necesitaba un caballero. Juan Ramón de la Fuente fue el cambio ideal antes de los penales. Sonriente, afable y comprensivo, Juan Ramón promovió, con habilidad insuperable, un plebiscito dirigido a la comunidad universitaria, que después utilizaría su jefe Ernesto Zedillo Ponce de León para legitimar la entrada de la Policía Federal Preventiva (PFP) a Ciudad Universitaria con el fin de romper la huelga.

Es cierto, para entonces la huelga llevaba más de nueve meses y el Consejo General de Huelga (CGH) estaba más que fragmentado. Yo pertenecía a un sector estudiantil de «moderados» que siempre rechazó al perredismo de ese entonces. Ser «moderado», para los que apoyamos hasta el final el movimiento estudiantil, nunca significó estar en contra de la huelga ni dejarse cooptar por la izquierda institucional que tanto se había alimentado de la organización estudiantil previa, el llamado «CU histórico». Ahí estaban, ya desde entonces, los Fernando Belaunzarán, los Oscar Moreno, los Adolfo Lluvere para dar clases de como pudrirse en las cloacas de la política partidaria.

Aunque en medio de la fragmentación y decadencia del CGH muchas voces ya no fueran escuchadas, nadie se atrevería a desear la represión ni siquiera en voz baja. Cuando, después del plebiscito, la PFP entró a CU en febrero del año 2000, centenas de compañeros fueron encarcelados bajo cargos que iban desde el despojo hasta el motín y el terrorismo. Los que escaparon o no estábamos, por suerte, durante la represión en CU organizamos, en los días subsiguientes, marchas tristísimas, mítines desolados, boteos de desespero; pedimos durante meses que nuestros compañeros salieran de la cárcel.

Vi, en esas movilizaciones, a multitud de compañeros que no rechazaron el plebiscito, pero que nunca aceptarían que la PFP entrara a reprimir al movimiento estudiantil. No había nadie que no caminara contrariado, lloroso, lleno de ira y desatino. La verdad no histórica, que es la que siempre tiene tintes de verdad, es que Juan Ramón de la Fuente usó ese plebiscito como el que usa una piñata bien pintada para esconder una granada.

Con un par de golpes maestros, el refinado rector de la UNAM le enseñó a toda mi generación como se conduce un político «eficiente».

Hoy Juan Ramón de la Fuente da pláticas sobre el movimiento estudiantil de 1968; supongo que quienes lo invitan deben pensar que es necesario renovar el realismo mágico. Por su parte, Andrés Manuel López Obrador postula a Juan Ramón como embajador ante la ONU y propone «una consulta» sobre un aeropuerto que ya lleva miles de millones avanzado y que ha sido rechazado, desde hace años, por el pueblo de Atenco y el resto de las comunidades aledañas.

¿Consultas y plebiscitos?: los hombres envejecen; sus marrullerías no.




Ex-paristas de la UNAM protestan contra Juan Ramón de la Fuente en conferencia sobre el movimiento estudiantil de 1968

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