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miércoles, 17 de octubre de 2018

Cusicanqui y Federici: feminismo imprescindible

Cusicanqui y Federici: feminismo imprescindible

Recuento insospechado de daños del Zócalo al Metrobús 
Dos Silvias, una Cusicanqui y otra Federici, ofrecieron una plática el pasado domingo 14 de octubre en el Zócalo de la Ciudad de México. Dijo, ante un nutrido auditorio, la Cusicanqui: 

[Necesitamos valorar] “La propuesta más altamente filosófica de la lucha de las mujeres. Es decir que lo de las mujeres no es una cosa de mujeres; ni vamos a hablar, con Silvia Federici, de cosas de mujeres; sino que vamos a hablar de cosas del mundo, de cosas del planeta" (...) [en el que es necesario establecer] “alianzas entre mujeres, pueblos indígenas, y pobladores urbanos empobrecidos, sobre todo el mundo juvenil urbano que es el que está siendo convertido en desechable”.  

Dale click a la foto para ver la plática completa.
Son esas redes de alianza, que no se circunscriben a las mujeres, en las que la pensadora boliviana ve alguna luz de esperanza ante el monstruo imparable que nos amenaza a todos. 

Federici agregó en su simpático español de angloparlante: [Así es], “No somos (sic) aquí para hablar solamente de la vida de las mujeres o de que la lucha de las mujeres es una lucha para elevar las condiciones de las mujeres. Tan importante que esto es.” (...) “Cuando hemos empezado a mirar pasado-presente (...) desde una perspectiva que llamo feminista, vimos que cambiaba toda la mirada, cambiaba la concepción de qué es el capitalismo”. 

Rita Segato, citada en esa charla, de manera quizá más enfática, insiste desde hace tiempo en que el feminismo no es una cuestión de mujeres contra hombres. También insiste, de una forma mucho más profunda que una mera provocación, que los hombres no somos monstruos depredadores y crueles; sino sobre todo “las primeras víctimas del patriarcado”. Lo afirma incluso en los casos de violadores confesos y sentenciados. Yo le creo, sobre todo porque cuando lo dice no lo hace con el ánimo de decretar una competencia por el “primer premio de las víctimas del patriarcado”. Nadie debería querer ganar ese concurso. 

Me retiro del Zócalo. Escucho en mis sienes a Cusicanqui y a Federici, recuerdo los textos de Segato, y me siento fiel a mi primera militancia: la de hombre feminista.  

Me pregunto qué tan cerca están de ellas las decenas o centenas de chicas que he visto perseguir a hombres con los gritos de “verga violadora a la licuadora” o denunciarlos por acoso en las paredes de Ciudad Universitaria, por ejemplo. Casi nunca supe por qué se perseguía a esos hombres y no a otros: la batahola nunca permitió entender demasiado. Sé, porque me hice cargo de preguntar a mis amigas, que al menos en algunos casos ellas y otras no sabían si los gritos tenían justificación o no. Eso no impidió que, como muchas, igual persiguieran, igual gritaran, igual denunciaran: “Yo te creo hermana”. Y a veces nadie supo quién era; en dónde estaba la hermana a la que había que creer.  

No me malentiendan: ninguna mujer debe ser molestada en la calle; ni humillada en el trabajo ni presionada sexualmente en la escuela, el antro o las oficinas. ¡Ni madres hombres: no hay excusa que valga!  

Ninguna mujer debe ser violada o asesinada mientras está consciente o inconsciente, borracha o sobria, drogada o lúcida, casada o soltera, lujuriosa o recatada, violenta o pacífica. Ninguna mujer debe ser violada o asesinada: punto. ¡Ni madres Estado: no hay excusa que valga! Como no la hay para justificar la impunidad en el 99% de los crímenes hacia hombres y mujeres de este país. 

Además, estoy consciente de que la estructura de justicia estatal y la sociedad, en sí misma, están acomodadas de forma tal que la primera juzgada en una denuncia jurídica casi siempre es la mujer que denuncia. No necesita llegar a los tribunales. Los políticos, la policía, el ministerio público, los funcionarios, la familia, las amigas y las redes sociales finiquitan el juicio con la misma presteza con que se juzgaba a las brujas hace siglos. Una red de complicidad protege a los agresores con prácticas que van desde el sutil silencio hasta la más cínica corrupción jurídica o la descalificación de las denunciantes de las mujeres por putas o por busconas. 

Pero quiero en estas líneas ir más allá porque ante todo no se puede consentir que se prohíba el pensamiento por incómodo que sea. ¿Por qué muchas feministas reclaman algo de lo que en muchos casos no tienen elementos para juzgar? Repito la pregunta a la luz de lo que recién escuché: ¿qué tan cerca estarán esas chicas persecutoras de ese feminismo que escuché en el Zócalo? Rita Segato diría, al menos, que aún en el caso de que los hombres en cuestión resultaran responsables de lo que se les incrimina, el castigo de un feminismo punitivo no da soluciones. Yo agrego que, en el mejor de los casos, da salida a la rabia contra la opresión patriarcal. No es poca cosa. Ahora, ello no garantiza que la propia forma de esa rabia no sea, en sí misma, patriarcal. “El violador es sobre todo un aleccionador moralista”, sentencia la antropóloga argentina. Yo sospecho que mis amigas nunca quisieron alcanzar a esos hombres que perseguían, que denunciaban, que acusaban, que linchaban en las redes con la misma presteza con la que ellas mismas han sido juzgadas. ¿Qué harían si los alcanzaran? ¿Los patearían? ¿Los arrastrarían? ¿Los encarcelarían? ¿Los violarían o los acosarían siguiendo el dictamen del “ojo por ojo”? La verdad es que no creo que hicieran nada de eso. Lo que persiguen esas feministas es más bien aleccionar a una sociedad indiferente ante el sufrimiento de las mujeres. Quieren dar un escarmiento, poner un ejemplo, moralizarnos a todos. Si a algo se parecen aquellas persecuciones, y buena parte de las expresiones feministas de hoy en día, es a actos aleccionadores y moralistas. Sin embargo, ¿en qué momento un acto aleccionador es un reclamo ético legítimo y en qué momento es una mera reproducción resentida de la violencia patriarcal? ¿Qué tan efectivo es un acto moralizador si no ataca radicalmente las razones del crimen? Después de todo, Segato señala al carácter aleccionador del violador como la seña por excelencia del patriarcado [1]. 
  
Camino por avenida Madero frente a Bellas Artes. Me pregunto: ¿qué tan cerca estará de Segato, Federici o Cusicanqui aquella chica que el 8 de marzo de 2017, justo en un templete aquí frente al Hemiciclo a Juárez, nos corrió a todos los hombres que apoyábamos la marcha de conmemoración del día de la mujer porque “los hombres no pueden ser aliados”? Desde el templete, nos recetó una retahíla de mentadas, ofensas y agresiones en mi opinión bastante patriarcales. No encuentro de qué forma ser un “hijo de la chingada” puede no ser patriarcal. Habría que preguntarle a un patriarca por excelencia: Octavio Paz. Todo hay que decirlo: la arenga de esa chica se dio entre muchas que la abucheaban y otras que la aplaudían.  
  
Tomo el Metrobús; respeto la división del espacio exclusivo para mujeres. Nunca he estado de acuerdo con estas divisiones. Me parece que la convivencia respetuosa entre hombres y mujeres no se promueve poniéndolos en distintos cajones. Sé, sin embargo, que ninguna mujer merece bajar del autobús ni de ningún lado con los pechos manoseados, con la espalda escarceada, con la cintura sobada, con la vulva estrujada, con las nalgas restregadas por penes erectos. ¿Por qué demonios cualquiera debería soportar ese tráfico no deseado de su cuerpo? Si la división evita en alguna medida ese abuso, vale la pena ―sólo en ese sentido pragmático― esa división. 

No obstante, pienso en Cusicanqui y Federici y rechazo con ellas el feminismo que sólo se concentra en crear leyes de protección a las mujeres como las normas del Metrobús o las leyes pro-aborto. Para mí el resultado de dicho feminismo es previsible: con frecuencia termina en una política que no cuestiona la opresión; sino que confunde paliativos con soluciones parciales y ensaya, con el tiempo, el arte tan excelsamente perfeccionado en México de dar atole con el dedo. De nuevo, no me malentiendan: el acceso al aborto debe ser un derecho garantizado, sin reparo alguno, para cualquier mujer que lo desee. Un derecho tan relevante como la atención médica que debe ser garantizado, sin reparo alguno, para cualquiera cuya condición clínica lo demande. El que en México ni en uno ni en otro caso estén garantizados esos derechos señala la urgencia de postularlos permanentemente; de luchar por ellos. 
  
Dije que el feminismo fue mi primera militancia. Es cierto. Aunque nací en un hogar iletrado, pero marxista; fue el abuso de género el que me convocó a la política apenas salí de la niñez. Sin embargo, aunque muy importante sea, no me volví feminista sólo porque tuve una madre oprimida (como todas las madres de mi entorno) ni porque por años haya rechazado con dolor a esa madre por dejarse humillar. Asimismo, no me volví feminista porque tenga hermanas a las que algún imbécil les haya arrojado semen mientras se masturbaba en el transporte público. Tampoco me volví feminista solamente porque con el tiempo acumulé amigas, ex-novias o amantes que han sido abusadas o violadas por conocidos. Ni siquiera soy feminista porque tuve ―ya no tengo― a mi amiga E. que fue maniatada, violada y asesinada en Ecatepec con una crueldad carnicera, de esas que producen titulares en el espectáculo terrorífico de los medios.  

Aunque todo ello bastara, no me volví feminista sólo por eso.  

Soy feminista, en buena medida, porque el puto [2]  patriarcado a mí también me jodió y me sigue jodiendo. Fue el puto patriarcado el que me obligó a defenderme, con herramientas que nunca dominé, en un barrio en que te rompían la madre como parte de tu entrenamiento cotidiano. Gané pocas peleas; en un par de ellas, me venció mi prima. Yo tuve suerte: a algunos de mis amigos de la infancia dicho entrenamiento los condujo a ser asesinados en la juventud.  

Fue también el puto patriarcado el que me obligó a pelear con mi mejor amigo a los 8 años bajo la mirada complaciente de nuestros padres que se veían todas las semanas para discutir a gritos de futbol, de política, de la vida diaria. Lo hacían de tal forma que ―aunque nunca se dieran cuenta― discutían todo el tiempo sobre quien tenía el pene más largo y más gordo. Aquella tarde, como eran un par de pendejos aburridos, en lugar de discutir decidieron medirse el pene poniendo a pelear a sus hijos. Nos compraron guantes de box y nos obligaron a golpearnos en el patio de la casa. Después de la excitación inicial y unos veinte minutos de reyerta, mi amigo y yo acabamos llorando en aquel patio. Es la única pelea que hemos tenido en más de 30 años de conocernos y también la perdí. 

Soy feminista porque fue el puto patriarcado el que ya adulto me mandó al hospital con traumatismo cráneo-encefálico y la nariz rota en cinco pedazos por oponerme a la opresión de un macho alfa, ese sí de a de veras, no como otros... Acabé “poliputeado”, bromeó un amigo de toda la vida. Soy feminista porque en buena medida es por el puto patriarcado por el que no pocas veces se me ha dedicado sobre todo desdén y discriminación por no querer fundar una familia, tener una esposa y una amante, comprar una casa grande y una casa chica, pagar un coche para ser un hombre de verdad, un iPhone de última generación e invitar las putas para cerrar tratos con mis socios los fines de semana. Para el puto patriarcado soy casi un parásito: un loser descartable. 

Soy feminista porque a pesar de que desde muy joven soy un experto en las palabras, por el puto patriarcado no he podido contar esto con la extensión, detalle y vigor que se merece. Hace años que le doy vueltas a un proyecto llamado “Tribulaciones de un feminista insumiso”. Es un fracaso: cada vez que lo intento cavo un pozo de llanto; avanzo un párrafo cada medio año. Hay prosas que cuestan tanto que es algo menos doloroso escribirlas sin palabras. 

El feminismo no sólo llegó como mi primera militancia: se quedó para inscribir otras con él. No entiendo ninguna lucha de emancipación sin ser feminista. No entiendo ningún feminismo sin ser una lucha de emancipación en todas sus dimensiones. Según yo, es simple: no sólo hay que abrazar la complejidad, hay que ser las palabras de la complejidad misma. Quien dice género, debe decir clase, debe decir raza, debe decir ecología, debe decir anticapitalismo: debe estar alerta para nombrar a la crueldad sin fragmentarla. Ello no tiene nada que ver con el lenguaje inclusivo: ese maquillaje de la corrección política que no toma en serio ni al lenguaje ni al pensamiento ni a la política. Se engañan quienes creen que hay palabras culpables; lo que hay son significados crueles que nunca son sólo palabras. En todo caso, quien dice sólo género; sin decir clase, sin decir raza, sin decir anticapitalismo, no persigue la liberación. Más bien acaba casi siempre en un narcisismo victimista: una política de identidad por “ser esencialmente mujer”. Y como dice Cusicanqui, hay que rechazar todas las políticas de identidad basadas en la “esencia de la mujer”. Agrego que al menos habría que preguntarse, como lo haría Alain Badiou, uno de mis autores antiesencialistas de cabecera: ¿qué es una mujer? Y, sobre todo: ¿de qué género es?  

Soy feminista. Me bajo del Metrobús después de dos estaciones y recuerdo todas las veces en que mujeres feministas me han dicho que tener pene entre las piernas y ser feminista es imposible. No me importa. Soy feminista. Debe tener algo de solidaridad; pero no soy buena onda, ni una víctima, ni una perita en dulce; como no lo es ningún hombre ni ninguna mujer. El árbol de las frutas azucaradas hace mucho tiempo que se secó, si es que alguna vez existió. Por el puto patriarcado he dañado a mujeres y, por el puto patriarcado, algunas mujeres me han dañado a mí. Por el puto patriarcado me he cebado con sevicia sobre otros hombres y otros hombres han abusado de mí por el puto patriarcado. 

No soy un aliado: soy feminista y no es una concesión hacia nadie. No soy homosexual; no soy impotente; no soy amanerado; no soy un fracasado; no soy un mediocre: soy feminista. Es una lucha de sobrevivencia con todos los que quieren luchar con todas y con todas las que quieren luchar con todos. Estoy en la lucha, aún sin esperanza, como dice Cusicanqui. Soy feminista: quizá sin talento, quizá a lo pendejo. Soy feminista. Yo, como todas, a nadie necesito pedirle permiso.

[1] Además de los escritos de Rita Segato, nunca está de más recomendar la siguiente entrevista que ilustra su feminismo enriquecido por un largo trabajo con violadores: Rita Segato explica qué pasa por la cabeza de un violador (https://www.youtube.com/watch?v=GwK0Mw9EITA

[2] Aunque este no es el lugar para explicarlo a detalle, defiendo que ni puto ni ninguna otra palabra es ofensiva o discriminatoria en sí misma. En todo este escrito, la palabra puto no es usada como un insulto homofóbico. El lenguaje inclusivo, en mi opinión, es altamente susceptible de caer en un pensamiento simplista en que no se valora el contexto de significado de las palabras; sino que se asume que dicho significado se reduce a priori a la historia de las crueldades humanas. Una forma mucho más divertida de explicar porque decir puto sol o puto coche no es homofóbico, se puede encontrar en el magistral artículo: Todos somos putos de Mauricio Cabrera: (http://juanfutbol.com/articulo/maca/todos-somos-putos).

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lunes, 8 de octubre de 2018

Brasil: otra vez el péndulo

Brasil: otra vez el péndulo
Lo más seguro es que el próximo presidente de Brasil sea Jair Bolsonaro, un ex militar de derecha que lo mismo está a favor de la tortura o las privatizaciones que en contra de las luchas por la igualdad de homosexuales, mujeres y negros. Aunque aún falta la segunda vuelta, parece difícil que pierda un candidato que en la primera votación del domingo 7 de octubre acaparó más del 46% de los votos. Este escenario vuelve a poner sobre la mesa una de las discusiones más relevantes para la izquierda en todo el mundo: ¿es aún posible transformar la realidad hacia una mayor igualdad desde la izquierda electoral?  

Desde hace décadas, se ha señalado que la izquierda que se concentra en tomar el poder a través de las elecciones suele hacerlo con acuerdos, políticamente muy costosos, con sectores reaccionarios. Además, los partidos de izquierda sacrifican sin muchos escrúpulos toda noción de ética que no les sea de utilidad inmediata: para sacar adelante sus programas recurren a las mismas estructuras y prácticas corruptas que sus opositores. Finalmente, en caso de que dicha izquierda logre implementar algunas medidas de apoyo a la población, normalmente no afectan un ápice las estructuras de dominación políticas y económicas que rigen las sociedades. 

A menudo, esta estrategia pragmática golpea con un devastador reflujo. Al repetir las mismas prácticas de negociación que denuncian, los partidos de izquierda acumulan con rapidez montañas de corrupción que sus votantes atestiguan con decepción y creciente enojo. Una crítica sociológica mucho más profunda reside en el hecho de que la izquierda electoral no suele hacer nada para cambiar la cultura consumista y de indiferencia política, pues su organización responde de manera casi exclusiva a los tiempos electorales. 

El primer resultado del pragmatismo de izquierda es el hartazgo de la población que observa las mismas muestras de insensibilidad, corrupción y decadencia que rechazan de los gobiernos de derecha. Por otro lado, los empresarios que apoyan a partidos de izquierda suelen retirar su apoyo si vislumbran otras opciones que les permitan mayores ganancias. En términos sociológicos es especialmente lamentable que aquellos pobres que alcanzan mejores niveles de consumo, decidan votar después por opciones de derecha que les garanticen seguridad y respeto a los precarios logros económicos que obtuvieron gracias a los programas implementados por los gobiernos de izquierda.  

Las nuevas clases medias se tornan, como casi siempre son, sectores reaccionarios que se dejan llevar por discursos que dicen luchar contra la corrupción de la clase política y defiendela decencia, la propiedad, la estabilidad, y los escasos privilegios que los sectores, antes desfavorecidos, consiguieron en los últimos 20 minutos. Por ejemplo, es posible que los gobiernos de izquierda en Brasil desde Lula catapultaran a unos 30 millones de brasileños fuera de la pobreza; no pocos de esos millones hoy están votando por un candidato de derecha que les promete estabilidad y luchar contra la corrupción con la mano dura del general autoritario.  

Cosas similares se han visto en Argentina, España, Alemania, Chile, EEUU o Francia, por nombrar algunos. 
 
Los gobiernos de esta forma van de la izquierda moderada a la ultra derecha en un movimiento pendular en que ambos polos se diferencian cada vez menos.  

No es difícil ver la importancia que la elección de Brasil tiene para México: aunque sea terrible decirlo, después de AMLO, lo más probable es que gane en México alguna opción electoral de inconfundible derecha que haga eco de lo más detestable de nuestro clasismo, racismo y misoginia.  Ya existen rasgos de ese tipo en el PRI, el PAN y por supuesto MORENA. Recordemos que ahora mismo el conservador PES (Partido de Encuentro Social) ya está en el poder gracias a una alianza con Andrés Manuel López Obrador.  

El péndulo se mueve de nuevo. 








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