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lunes, 23 de julio de 2018

AMLO, Zizek y el pensamiento como resistencia I


AMLO, Zizek y el pensamiento como resistencia I

Por Luis Ramirez Trejo (Homo vespa)


México: la no democracia

En un texto previo1 a las elecciones, señalé que el escritor Jorge Volpi acertaba al describir las propuestas políticas de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), José Antonio Meade Kuribreña y Ricardo Anaya Cortés como propuestas conservadoras. Sugerí ahí que dicho conservadurismo era mucho más profundo que el que reflejaba una posición más bien reticente y mezquina por parte de los candidatos con respecto a tópicos como el aborto, el matrimonio igualitario, o la legalización de la mariguana. Los tres candidatos fueron conservadores en el sentido de que sus propuestas siempre implicaron preservar la explotación económica y la exclusión política de la mayor parte de la población.

No es, por supuesto, peccata minuta; pero tampoco es una dolencia infrecuente. La mayor parte de los partidos en las democracias de occidente conciben la explotación como un resultado, quizá doloroso pero inevitable, del desarrollo capitalista que impera en el actual mundo del libre mercado. El neoliberalismo es el líder en estas corrientes de pensamiento que en los países pobres como el nuestro sólo se traducen en desigualdad y explotación. Muchos pensadores han apuntado que la democracia electoral es la contraparte política de esa obsesión por la economía que siempre da prioridad a las demandas del mercado. La economía se vuelve el juego cuyas reglas inviolables nadie se atreve a perturbar; el fondo que ningún partido político cuestiona más allá del discurso panfletario; el tótem ante el cual se sacrifica cualquier política verdadera2 en que una comunidad se organiza para desafiar alguna injusticia: una marcha de maestros, una huelga sindical, un paro estudiantil, una comunidad indígena en rebelión, una organización vecinal de damnificados, un país luchando contra una invasión extranjera.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek es uno de los más férreos críticos del capitalismo y la democracia electoral. Para él, este tipo de democracia ―con sus partidos políticos, sus procedimientos, sus votaciones y sus árbitros― es una de las negaciones de la política y la democracia en sí mismas. Más bien se trata de lo que Zizek, siguiendo al brillante filósofo francés Jacques Rancière, denomina la para-política:

“el intento de despolitizar la política (llevándola a la lógica policiaca3): se acepta el conflicto político
pero se reformula como una competición entre partidos y/o actores autorizados que, dentro del espacio de la representatividad, aspiran a ocupar (temporalmente) el poder ejecutivo4.

Después de la revolución mexicana del siglo pasado y, quizá, el periodo cardenista de medio siglo, México como país no ha sido democrático, ni antes ni después de las elecciones de 2018. Actualmente, es un régimen de cuerpo maloliente gobernado no sólo por la para-política; sino afectado de otra negación de la política que Zizek llama la ultrapolítica:

“el intento de despolitizar el conflicto extremándolo mediante la militarización directa de la política, es decir, reformulando la política como una guerra entre "nosotros" y "ellos"”5

Desde el inicio de la guerra contra el narcotráfico, México vive la militarización directa de los conflictos sociales en una estrategia de seguridad que ha cobrado la vida de alrededor de 250 mil mexicanos y que, de manera muy simplista, se suele describir en términos del crimen organizado vs el Estado.

En todo caso, lo que aquí se quiere enfatizar es que lo que ha sucedido en los meses de campañas electorales y las elecciones de julio de 2018 forma parte de algo que no es política ni es democracia: no es la lucha de una comunidad por la justicia. Los procesos electorales en México son poco más que mecanismos publicitarios de para-política en un capitalismo mafioso y criminal compuesto de intereses de partidos políticos, poderosas empresas capitalistas y crimen organizado —todo mezclado hasta lo indistinguible— que compiten para explotar la vida de personas, pueblos y ecosistemas.

El chantaje

Ante la desolación que sufre el país desde hace décadas, la mayoría de la población en México optó por darle una oportunidad a Andrés Manuel López Obrador. Para buena parte de los que han luchado por un gobierno de izquierda, las elecciones de 2018 fueron una oportunidad que no se podía desaprovechar. Un sector creciente de la población alertaba, desde la candidatura de AMLO en 2006, sobre la necesidad apremiante de un cambio. En las elecciones de 2018, se apuró a todo mundo a tomar postura; en especial ante la posibilidad de un nuevo fraude del PRIAN similar a los de 2006 y 2012. El mensaje en las tres elecciones (2006, 2012 y 2018) fue claro: ante la amenaza de otro gobierno del PRIAN, todos debíamos apoyar a AMLO para que estableciera las bases de una transformación necesaria. Finalmente, el primero de julio de 2018, la desesperación del país, el tesón del morenista, y la torpeza de sus contendientes, le dieron la victoria a AMLO con un margen tan amplio que cualquier intento de fraude resultó inútil.

Hay, sin embargo, en esta victoria señales alarmantes. Buena parte del amloísmo desplegó, desde hace más de una década, una campaña propensa a la indiferencia, la ofensa o el franco linchamiento hacia cualquier crítica, por empática que ésta fuera. Esa actitud se consolidó paulatinamente en forma de un chantaje: si alguien no declaraba su simpatía o votaba por AMLO, entonces inmediatamente se convertía en un cómplice del PRIAN, una comparsa del sistema, un parásito en medio de la corrupción que carcome a México. En el mejor de los casos, se terminaba siendo un ingenuo o un tonto útil cuando no un villano infiltrado de la “mafia del poder”. La difamación abundó y en justicia se le puede reprochar a López Obrador que no hizo ni ha hecho nada para detenerla. Miles de activistas, movimientos sociales, intelectuales, académicos, líderes sindicales, artistas y demás ciudadanos interesados en otras formas de hacer política sufrieron, por años, este acoso en distintos momentos: desde los zapatistas hasta Carmen Aristegui; desde Javier Sicilia hasta los padres de los 43 de Ayotzinapa; desde las comunidades purépechas como Cherán hasta la aspirante a candidata por parte del Consejo Indígena de Gobierno (CIG), María de Jesús Patricio Martínez alias Marichuy.

Como nos cuenta Zizek, algo similar sucedió con motivo de la segunda vuelta de la elección francesa de 2017 entre Mariene Le Pen y Emmanuelle Macron6. La mayor parte de la izquierda llamó a favorecer el neoliberalismo de Macron contra el neofacismo de Le Pen. Los alarmados izquierdistas gritaban a voz en cuello: ¿en serio hay alguna forma de no votar contra la barbarie anti-inmigrante filofascista de Le Pen? Su paralelo mexicano es obvio: ¿en serio hay alguna forma de no votar contra la corrupción asesina del PRIAN?

En México, el resultado del chantaje en las elecciones de julio de 2018 fue algo similar a la “cargada” priista (pero a nivel nacional) en favor de la opción que, aunque en muchos casos nunca convenció, se le consideró “la menos mala”, “el mejor enemigo”, “la única posibilidad”. Aunque incómodo y pendenciero, el chantaje sería irrelevante, si no delatara un síndrome mucho más peligroso. Zizek argumenta que el problema de estas reacciones es que ante la urgencia de la situación, el chantaje erradica, para todo propósito, el pensamiento. Ya nadie pregunta cuál es la naturaleza de la fuerza política que se erige como única alternativa ante algo que consideramos inaceptable como el neo-fascismo de Le Pen o la corrupción incesante del PRIAN. A partir de la instalación del chantaje, pocos se preguntan en serio si “lo menos malo” puede ser en algún sentido bueno o qué condiciones son necesarias para que lo sea. Los pocos que se atreven a indagar públicamente son callados en la batahola del griterío o la censura del insulto cibernético: deciden, en la mayor parte de los casos, mascullar sus dudas en la intimidad de grupúsculos condenados al ostracismo.

Con seguridad, el chantaje en México operó y sigue operando para excluir cualquier forma de resistencia política que no se sume al proyecto de AMLO. Eso, por ejemplo, fue uno de los factores para que no se consiguieran las firmas necesarias que Marichuy necesitaba para llegar como candidata a las elecciones de 2018. Sin duda, las condiciones que estableció el INE para recaudar firmas a través de celulares accesibles sólo para sectores privilegiados económicamente y la propia desorganización de las redes de apoyo del CIG explican, en buena parte, que no se hayan recaudado dichas firmas. Sin embargo, es innegable que la posición de AMLO y la dirigencia de MORENA hacia esa y otras expresiones políticas sólo puede calificarse de mezquina, excluyente y desdeñosa.

Desde el anuncio de dicha iniciativa política en octubre de 2016, López Obrador espetó que se trataba de una maniobra “para hacerle el juego al gobierno” con el fin de “que no haya una transformación y cambio de régimen”. “El pueblo nos está apoyando en Chiapas y en todo el país. La única esperanza es Morena, aunque no le guste a muchos”7

Como escribí en esas fechas:

“Cualquiera que proponga una política distinta a MORENA es inmediatamente arrojado al desfiladero de los cómplices de la “mafia en el poder” por no apoyar la lucha correcta, es decir la que AMLO encabeza. Si la CNTE, los huicholes, los electricistas, la comunidad de Cherán, o los boy scouts se atreven a proponer alguna política o candidatura distinta a la de MORENA, serán inmediatamente acusados, con el CNI y el EZLN, de dividir el voto de izquierda y colaborar, por estupidez o perversión, con la tiranía8

Finalmente, el chantaje también evitó rechazar de tajo medidas que incomodarían a cualquier izquierdista: alianzas indeseables como la que se hizo con el conservador Partido Encuentro Social; concesiones vergonzosas como la promesa de no perseguir a funcionarios corruptos de gobiernos pasados; propuestas explícitas de explotación neoliberal como la promoción de la minería canadiense9; y un muy largo y doloroso etcétera.

Después de la victoria de AMLO, una marea de felicidad y optimismo inundó el país. El dato más relevante de los resultados electorales es que el PRI, partido en el gobierno, enfrenta una debacle con el nivel de votación más bajo de su historia10. La coalición encabezada por PAN-PRD quedó a 18 millones de votos de MORENA11 y el último, al parecer, perdió felizmente su registro en 10 estados 12. Se trata de una reacción comprensible después de la calamidad del gobierno de Enrique Peña Nieto y los más de treinta años de neoliberalismo que hemos sufrido. Como se ha dicho antes, el triunfo de AMLO se explica fundamentalmente por la desesperación de la población. No obstante, en la euforia de la victoria de Pirro, aquel general de la antigüedad que ganaba batallas a costa de la masacre de su propio ejército, el pensamiento se sacrificó en la primera línea.

Es por eso que es importante, justo ahora, en medio del entusiasmo efervescente del triunfo, cuestionar qué tipo de izquierda es la que representa AMLO. Ésa que arrasó en las urnas no por sus virtudes, sino por sus habilidades maquiavélicas. ¿Debemos pasar por alto que esta izquierda propone congraciarse con los capitales más poderosos de este país? ¿Acaso debemos olvidar que es justo esta izquierda la que ha incluido en sus filas a decenas de políticos corruptos que no encontraron espacio para sus ambiciones en los partidos de los que provienen? ¿Podemos estar seguros que no van a reproducir esa corrupción y ambición que han ejercido en otros lados? ¿En serio, AMLO los purificará con su mero ejemplo? ¿Debemos hacernos de la vista gorda con una izquierda que impulsa el desarrollo con iniciativas extractivistas como la minería canadiense, la intensificación de la explotación petrolera, o la explotación eólica del Istmo de Tehuantepec? ¿Debemos olvidar que es justo esta izquierda la que piensa que no es necesario subir impuestos, ni siquiera a los más ricos de México, para luchar contra la desigualdad? ¿No es eso seguir protegiendo los intereses de los que más tienen en uno de los países más desiguales del mundo? ¿Debemos olvidar que es justo esta izquierda la que ha planteado una estrategia de seguridad, con una Guardia Nacional, que implica mantener la militarización de amplias regiones del país? ¿No debió AMLO detallar un plan para desmilitarizar México, descriminalizar las drogas, y perseguir el dinero sucio en bancos, empresas y partidos políticos?

En concreto, ¿no deberíamos preguntarnos, después de décadas de lucha, si esta izquierda es aún izquierda? Sobre todo, cuando durante la campaña, la hoy designada encargada de asuntos políticos internos Tatiana Clouthier y Alfonso Romo, futuro coordinador del gabinete, han insistido explícitamente en que el proyecto de AMLO es un proyecto de “centro” aliado sin reservas de la inversión capitalista. Las declaraciones de Romo, coordinador del Proyecto de Nación impulsado por AMLO no dejan lugar a dudas:

“Tenemos que dar toda la certeza. Se necesita mucha inversión. Tenemos que darle todos los elementos para que los empresarios mexicanos se queden y los extranjeros vengan a México”13

El centro (el centro radical ironizaría Zizek14) en todo el mundo ha significado capitalismo explotador sin ambages y no hay un sólo ejemplo que exponga lo contrario.

Asimismo, es absolutamente necesario denunciar la complicidad de la estructura cupular que apoya a AMLO con la misma mafia del poder que el próximo presidente lleva años denunciando. Una estructura que está conformada por cuadros que han pertenecido a la clase responsable de la actual crisis. En su crítica citada a Macron, miembro de la clase neoliberal que produjo la crisis en Europa, Zizek lo plantea:
¿Se puede curar la enfermedad con lo mismo que la causa?
En México podemos preguntar:
¿Se puede remediar la desigualdad y la explotación con gente que ha sido miembro de la misma clase político-capitalista que ha causado la crisis que vivimos: Esteban Moctezuma, Germán Martínez Cazares, Gabriela Cuevas, Miguel Barbosa, Manuel Mondragón y Kalb, Ricardo Salinas Pliego, Alfonso Romo o la misma Tatiana Clouthier, entre cientos más?

Para cualquiera que quiera revisar la historia reciente de la infamia política en México, el clamor de justicia social por parte de la cúpula política de AMLO es un gesto que sabe más a hipocresía que a “honestidad valiente” o al futuro en que “Juntos haremos historia”.




1.Ramírez Trejo, L. Elecciones en México: carambola en el infierno. Homo vespa 15/07/2018. Revisado 11/07/2018.

2 En este punto, me adhiero a lo que se conoce en la literatura especializada como “política de lo imposible” que considera a la política como una rompimiento colectivo que cambia radicalmente las relaciones de una sociedad. No tiene lugar en la democracia electoral o representativa.
3 En el sentido en que lo usa Jacques Rancière, “policiaco” se refiere a las jerarquías establecidas de desigualdad en la sociedad . Para Rancière, como para otros neomarxistas, la política sólo se puede entender en el marco del conflicto que desestabiliza esas jerarquías. Esa desestabilización es lo que con frecuencia llamamos “la lucha por la justicia”. El principal texto en que se analiza esta forma de entender la política es :Rancière, J. El desacuerdo. Política y filosofía. Buenos Aires. Nueva Visión. 1996.
4 Zizek, S. En defensa de la intolerancia. Madrid. Sequitur. 2008. p. 28.
5 Idem p.29
6 Zizek, S. El Chantaje liberal. Página12. 06/05/2017. Consultado el 11/07/2018.
7 Montoya. J.R. Descarta López Obrador que candidata del EZLN divida el voto de la oposición. LaJornada. 16/10/2016. . Consultado el 11/07/2018.9.
8 Ramírez Trejo, L . CNI y EZLN: apuntes para esclarecer la claridad . Homo vespa. 20/10/2016. Consultado el 11/07/2018.
9 Rueda, Rivelino.El decálogo de López Obrador para enfrentar amenazas de Trump. El Financiero 20/01/2017. Consultado el 11/07/2018.
10 Melgar, I. Derrotas 2018 (La debacle del PRI y sus hazañas). Excelsior. 05/07/2018. Consultado el 11/07/2018.
12 Se eclipsa el PRD; pierde registro en 10 entidades (+infografía). 24 Horas. 10/07/2018. Consultado el 11/07/2018.
14 Zizek,S. En defensa...op cit. p. 32.


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martes, 17 de julio de 2018

Desmiente el EZLN contacto alguno con AMLO


EJÉRCITO ZAPATISTA DE LIBERACIÓN NACIONAL.

MÉXICO.

AL PUEBLO DE MÉXICO:
A LOS PUEBLOS Y GOBIERNOS DEL MUNDO:
A LOS MEDIOS LIBRES, ALTERNATIVOS, AUTÓNOMOS O COMO SE LLAMEN:
A LA SEXTA NACIONAL E INTERNACIONAL:
AL CONGRESO NACIONAL INDÍGENA Y AL CONCEJO INDÍGENA DE GOBIERNO:
A LA PRENSA NACIONAL E INTERNACIONAL:
17 DE JULIO DEL 2018.
DESDE EL DÍA DE AYER Y EN EL TRANSCURSO DEL DÍA DE HOY, EN MEDIOS DE COMUNICACIÓN CORRE LA VERSIÓN, SUSTENTADA EN DECLARACIONES DEL SEÑOR ALEJANDRO SOLALINDE (QUIEN SE OSTENTA COMO PRESBÍTERO, SACERDOTE, CURA O COMO SE DIGA, CRISTIANO, CATÓLICO, APOSTÓLICO Y ROMANO), DE UN SUPUESTO ACERCAMIENTO ENTRE EL EZLN Y EL SEÑOR ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR Y QUE “YA ACEPTÓ EL EZLN TENER EL PRIMER DIÁLOGO” (palabras textuales del señor Solalinde).

SOBRE ESTA MENTIRA, EL EZLN DECLARA:
PRIMERO: EL CCRI-CG DEL EZLN, DIRECCIÓN POLÍTICA, ORGANIZATIVA Y MILITAR DEL EZLN, NO HA ACEPTADO NINGÚN PRIMER DIÁLOGO CON NADIE.  COMO ES SABIDO POR QUIENES TIENEN EL MÍNIMO CONOCIMIENTO SOBRE EL EZLN Y SUS MODOS, UN ASUNTO ASÍ SERÍA COMUNICADO PÚBLICAMENTE CON ANTELACIÓN.

SEGUNDO: EL EZLN NO HA RECIBIDO DEL SEÑOR SOLALINDE NADA MÁS QUE MENTIRAS, INSULTOS, CALUMNIAS Y COMENTARIOS RACISTAS Y MACHISTAS, AL SUPONER ÉL QUE, COMO SE SOSTENÍA EN LA ÉPOCA DEL SALINISMO Y EL ZEDILLISMO, SOMOS UNOS POBRES INDÍGENAS IGNORANTES QUE SOMOS MANIPULADOS POR, USANDO SUS MISMAS PALABRAS, “CAXLANES QUE ADMINISTRAN EL ZAPATISMO”, Y QUE ESO EVITA QUE BAJEMOS LA VISTA Y NOS POSTREMOS ANTE QUIEN EL SEÑOR SOLALINDE CONSIDERA EL NUEVO SALVADOR.

TERCERO: ENTENDEMOS EL AFAN DE PROTAGONISMO DEL SEÑOR SOLALINDE Y SU ACTITUD DE EXIGIR SOMETIMIENTO, PERO SE EQUIVOCA CON EL ZAPATISMO DEL EZLN.  NO SÓLO EN ESO SE EQUIVOCA.  NO SABEMOS MUCHO DE ESO, PERO PARECE QUE UNO DE LOS MANDAMIENTOS DE LA IGLESIA A QUIEN DICE SERVIR EL SEÑOR SOLALINDE, REZA: “NO LEVANTARÁS FALSOS TESTIMONIOS CONTRA TU PRÓJIMO NI MENTIRÁS”.

CUARTO: COMO DEBERÍA SABER CUALQUIERA QUE CONOZCA LAS LEYES MEXICANAS, EL SEÑOR ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR NO ES EL PRESIDENTE DE MÉXICO, NI SIQUIERA ES EL PRESIDENTE ELECTO.  PARA SER “PRESIDENTE ELECTO”, ES NECESARIA LA DECLARACIÓN AL RESPECTO POR PARTE DEL TRIBUNAL ELECTORAL DEL PODER JUDICIAL DE LA FEDERACIÓN; Y DE AHÍ SIGUE QUE LA CÁMARA DE DIPUTADOS EMITA UN BANDO EN EL DIARIO OFICIAL DE LA FEDERACIÓN DONDE LE COMUNICA A LA POBLACIÓN QUE YA HAY UN PRESIDENTE ELECTO.  Y, SEGÚN LAS MISMAS LEYES, NO ES PRESIDENTE EN FUNCIONES HASTA QUE TOME PROTESTA EL DÍA 1 DE DICIEMBRE DEL 2018.  POR CIERTO, DE ACUERDO A LA ÚLTIMA REFORMA ELECTORAL, NO GOBERNARÁ 6 AÑOS, SINO DOS MESES MENOS.  CLARO, A MENOS QUE SE REFORME LA CONSTITUCIÓN Y SE PERMITA LA REELECCIÓN.

QUINTO: SI LOS DEL EQUIPO DEL SEÑOR ANDRÉS MANUEL LÓPEZ OBRADOR SE COMPORTAN COMO SI YA FUERAN GOBIERNO, PORQUE ASÍ SE LOS HAN HECHO CREER LOS GRANDES EMPRESARIOS (vía Youtube, lo que es una garantía de seriedad), LA ADMINISTRACIÓN DEL SEÑOR TRUMP (vía su visita faraónica), Y LOS GRANDES MEDIOS DE COMUNICACIÓN, SE ENTIENDE; PERO TAL VEZ NO ES CONVENIENTE ESO DE ADELANTAR YA SU DISPOSICIÓN DE VIOLAR LAS LEYES BAJO EL AMPARO DE UN SUPUESTO “CARRO COMPLETO” (QUE ES LO QUE HIZO EL PRI DURANTE SU LARGO REINADO).

SEXTO: EL EZLN TIENE YA LA AMARGA EXPERIENCIA DE ACEPTAR EL CONTACTO CON UN SEÑOR QUE DESPUÉS SERÍA DECLARADO PRESIDENTE ELECTO.  NOS REFERIMOS AL SEÑOR ERNESTO ZEDILLO PONCE DE LEÓN, QUIEN APROVECHÓ ESOS CONTACTOS INICIALES PARA PLANEAR EL ANIQUILAMIENTO DE LA DIRIGENCIA ZAPATISTA DE ENTONCES.  QUIEN OPERÓ ESA TRAICIÓN, EL SEÑOR ESTEBAN MOCTEZUMA BARRAGÁN, ES AHORA UNO DE LOS PROPUESTOS PARA FORMAR PARTE DEL GOBIERNO QUE SUPUESTAMENTE HABRÁ DE TOMAR POSESIÓN EL 1 DE DICIEMBRE DEL 2018, NO ANTES.  IGNORAMOS SI AHORA EL SEÑOR SOLALINDE PRETENDE RELEVAR AL SEÑOR MOCTEZUMA BARRAGÁN EN LAS FUNCIONES QUE TUVO CON ZEDILLO.

SÉPTIMO: NO ES DE NUESTRA INCUMBENCIA, PERO MAL HACEN, QUIENES SE AUTODENOMINAN “EL CAMBIO VERDADERO”, AL ARRANCAR CON MENTIRAS, CALUMNIAS Y AMENAZAS.  YA LO HICIERON CON LO DEL PAPA, AHORA CON EL EZLN.  ESTÁN REPITIENDO LOS “USOS Y COSTUMBRES” DE QUIENES DICEN HABER QUITADO DEL GOBIERNO.

OCTAVO: COMO HA SIDO PÚBLICO, DESDE HACE AL MENOS 16 AÑOS, DESPUÉS DE LA CONTRARREFORMA INDÍGENA, EL EZLN NO HA DIALOGADO CON LOS GOBIERNOS FEDERALES.  NI CON FOX DESPUÉS DE 2001, NI CON CALDERÓN, NI CON PEÑA NIETO.  A NUESTRA DISPOSICIÓN DE DIÁLOGO SE HA RESPONDIDO SIEMPRE CON LA MENTIRA, LA CALUMNIA Y LA TRAICIÓN.  SI HACEN FAVOR, PRÉSTENLE AL SEÑOR SOLALINDE RECORTES DE PRENSA Y LIBROS QUE DETALLAN ESTO, PORQUE ESTÁ HACIENDO LO MISMO.
NOVENO Y ÚLTIMO: SI SOMOS “SECTARIOS”, “MARGINALES” Y “RADICALES”; SI ESTAMOS “AISLADOS” Y “SOLOS”; SI NO ESTAMOS “DE MODA”; SI NO REPRESENTAMOS NADA NI A NADIE; ENTONCES ¿POR QUÉ NO NOS DEJAN EN PAZ Y SIGUEN CELEBRANDO SU “TRIUNFO”? ¿POR QUÉ NO MEJOR SE PREPARAN BIEN, Y SIN MENTIRAS, PARA LOS 5 AÑOS Y 10 MESES QUE ESTARÁN EN EL GOBIERNO FEDERAL? Y ORGANÍCENSE, PORQUE HASTA PARA PELEAR POR EL HUESO Y RECIBIR FELICITACIONES DEL DINERO ES MEJOR ESTAR ORGANIZAD@S.

¿NOSOTRAS, NOSOTROS, NOSOTROAS, ZAPATISTAS?  PUES SEGUIREMOS EN LO QUE ESTAMOS DESDE HACE YA CASI 25 AÑOS:
RESISTENCIA Y REBELDÍA!

PORQUE LA LIBERTAD NO SE RECIBE NI COMO LIMOSNA, NI COMO FAVOR HUMANO O DIVINO; SE CONQUISTA LUCHANDO.
ES TODO.
Desde las montañas del Sureste Mexicano.
Por el Comité Clandestino Revolucionario Indígena-Comandancia General del
Ejército Zapatista de Liberación Nacional.
Subcomandante Insurgente Moisés.
(100% mexicano, 100% originario de la lengua tzeltal (o “indígena tzeltal” para el señor Solalinde), y 100% zapatista).
México, Julio del 2018.


sábado, 14 de julio de 2018

¿Por qué intentar obligar a los zapatistas a estar en una foto que no desean?


¿Por qué intentar obligar a los zapatistas a estar en una foto que no desean?


A propósito de las declaraciones del padre Alejandro Solalinde y del activista Omar García Velásquez con respecto al triunfo de AMLO y la oposición zapatista, les comparto un fragmento del ensayo en proceso: “Sin pensamiento no hay esperanza” por Homo vespa.

“Es el chantaje el que explica las acciones, después de la victoria de López Obrador, de activistas como el padre Alejandro Solalinde y Omar García Velásquez, para tratar de obligar al EZLN a colaborar con el gobierno obradorista bajo el argumento de la imperiosa necesidad de una unidad nacional alrededor de un “presidente amigo”1.

“El movimiento zapatista es parte de nuestros logros en nuestra lucha social, pero ya no tiene sentido aislarse con la idea de todo o nada. 30 millones no se equivocan. Busquemos juntos la transformación nacional.”. Alejandro Solalinde en Tweeter el 9 de julio del 2018.

Sin embargo, ¿el ejercicio de la autonomía en territorios zapatistas no es más bien un logro fundamentalmente de ellos mismos? ¿No es al menos mezquino, cuando no impertinente, arrogarnos algo de esa conquista? Y sobre todo, en rigor, ¿por qué 30 millones de mexicanos no habrían podido equivocarse al votar por AMLO? ¿Porque son muchos millones? ¿Eso quiere decir que los más de 19 millones que eligieron a Peña Nieto tampoco pudieron equivocarse? ¿Y los casi 63 millones de votantes que eligieron a Donald Trump estuvieron en lo correcto? ¿Qué hay de los más de 17 millones de votos que en 1933 llevaron a Hitler al poder?

No: pensar la política y la democracia en términos meramente cuantitativos no solo es falaz sino insostenible. Nadie sabe a ciencia cierta si los mexicanos que votaron por AMLO se equivocaron o no, pero ello no se sabrá por el mero conteo de votos. El número de votos determina quien gana; no si es correcto que gane. Si agregamos que Solalinde ha sugerido que el problema es que los líderes y asesores del EZLN pudieran estar “administrando el zapatismo”, es evidente que estamos ante un intento de descalificación de un movimiento a partir de la premisa de que sus integrantes son simples títeres de la necedad de sus líderes.

En todo caso, independientemente de lo que decidan o contesten los zapatistas, que nunca han necesitado ni defensores ni voceros externos, es evidente que tienen todo el derecho de considerar que el proyecto amloísta no corresponde a sus afectos y expectativas políticas. No son los únicos. ¿Todos los que no coincidimos, desde la izquierda, con el entusiasmo amloísta no somos más que “aislacionistas”? ¿No es esa descalificación una forma de deslegitimar al interlocutor por anticipado?

La descalificación a priori es con frecuencia uno de los primeros pasos de la coerción política. Una de sus formas más perniciosas es cuando se envuelve en una supuesta apertura democrática que, en realidad, es una imposición: si hablan con nosotros son demócratas; si no, están en contra del pueblo mexicano y son simples sectarios. Se trata de una actitud no muy distinta a la velada amenaza del priismo de antaño: “el qué se mueve no sale en la foto”

En ambos casos, el objetivo es plegar a todo actor político al campo de una posición única que detenta el poder. Es lamentable que el amloísmo, al menos una parte, no ejerza el mismo respeto a la disidencia que la izquierda siempre ha demandado.


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lunes, 18 de junio de 2018

Elecciones en México: carambola en el infierno


Elecciones en México: carambola en el infierno

Por Luis Ramírez Trejo (Homo vespa)

“En la situación desesperada en que nos encontramos,
enfrentados a una falsa elección, deberíamos reunir
el coraje y simplemente abstenernos de votar.
Abstenerse y empezar a pensar.”

Slavoj Zizek, con motivo de la elección francesa
de 2017 entre Marine Le Pen y Emmnuelle Macron

En el elegante mundo del billar, el pináculo de la habilidad son las partidas de carambola a tres bandas. En ellas, los jugadores hacen que el golpe de la punta de un taco de madera impulse una bola de marfil sobre una mesa rectangular forrada de paño verde. El objetivo del juego es que la bola referida toque tres lados de la mesa antes de golpear dos bolas perdidas en aquella pradera en miniatura. La carambola sólo cuenta cuando la excéntrica secuencia de colisiones se cumple a pie juntillas. Se trata de un derroche de precisión, un alarde de concentración geométrica, un desafío para pulsos de acero finamente templado.

Infierno por Pieter Huys
Jorge Volpi, en su artículo publicado el 31 de mayo en el País Votar en el infierno, consigue una carambola propia del vago de secundaria que entrena su brazo con esmero en algún antro de mala muerte: "no es esta una elección ideológica: por primera vez se vota por tres candidatos conservadores, que van de la visión social anticuada de AMLO a la derecha católica de Meade —y a la ultraderecha de su candidato a la Ciudad de México—, con Anaya como paradójico pivote".

En efecto, es posible argumentar correctamente que el talante católico y tradicional de José Antonio Meade (o del infame Mikel Arreola) y la conocida reticencia de AMLO a apoyar abiertamente causas como las del matrimonio igualitario, la legalización del aborto o la despenalización del uso recreativo de la mariguana, denotan una dimensión conservadora en las campañas de dichos candidatos. El conservadurismo del “pivote” Anaya queda poco claro en las líneas de ese artículo de Volpi, aunque posiblemente es explorado implícitamente en un texto previo del mismo autor publicado en Reforma el 19 de mayo: El hablador.

Sin embargo, el conservadurismo no sólo puede leerse en clave cultural. Un conservadurismo mucho más fundamental reside en el hecho de que ninguna de las tres propuestas tiene intenciones serias de enfrentar a los grandes poderes económicos y políticos que oprimen a la vasta mayoría de la población en México. Ni Meade se rebelará contra la tecnocracia de la que ha formado parte por tanto tiempo; ni Anaya traicionará a la exótica combinación de políticos y empresarios que lo apoyan; ni AMLO es ninguna amenaza para la hegemonía capitalista y criminal que asola al país. Al parecer hay otro candidato en la boleta: uno de patas de oro y de papel, bronco a más. Como éste no es un ensayo de suertes ecuestres, potrillos y palenques, dejaré que la temporada de jaripeos dé cuenta de él.

La elección de este año se da entre candidatos cuyas posiciones y proyectos conservan el régimen de desigualdad e injusticia que prevalece en nuestro país. Es una elección entre candidatos, sirva el oxímoron, radicalmente conservadores: un conservadurismo mucho más profundo y lamentable que cualquier especificidad cultural. Vale la pena abundar en esta premisa.

El experimentado

Cuando uno desinstala el montaje de funcionario honesto y preparado de José Antonio Meade, lo único que queda es una inteligencia más bien elemental que aprendió a operar una lista de recetas dogmáticas primero en el ITAM y después en Yale, universidad norteamericana en la que el candidato priista ─que dice no ser priista─ obtuvo su doctorado. Meade no es más que un eficiente miembro de esa élite privilegiada que se prepara en las universidades de la Ivy League para difundir en sus países de origen el neoliberalismo, un credo con base mucho más ideológica que científica.

Aunque los “estudiados” siempre han inspirado admiración y respeto, uno de los efectos de ese neoliberalismo es que buena parte de la gente se apantalla: suele pensar que el gobierno es una cosa sólo de expertos con conocimientos técnicos acreditados con series de diplomas como estampitas de colección. Por el contrario, los posgrados y títulos no garantizan mucho más que la disposición y condiciones propicias que tienen las personas para seguir programas académicos. En el caso particular, es evidente que además lo Doctor no quita lo Meade. La torpeza del tecnócrata lo lleva incluso a defender su “experiencia” en los gobiernos que han llevado a México ya no al despeñadero como lo dijera AMLO, sino al abismo.

En todo caso, lo más relevante en el conservadurismo de Meade es que profesa una ideología en que la mano oculta y fantasmagórica de la libertad de mercado es lo único que debe moldear el destino de los pueblos. Es una ideología profundamente conservadora en que la realidad sólo se puede entender en términos de propiedad privada, competencia libre, e individuos como meros consumidores de bienes y servicios. El presidente y el Estado en su totalidad lo único que deben hacer es planificar técnicamente las condiciones de competencia para dejar que los mercados actúen libremente.

Los propagandistas y defensores de esta corriente tienden a hablar en esa jerga insustancial llena de datos que le escuchamos a Meade, en donde índices como los de inflación, crecimiento, competitividad o eficiencia son lo único que importa. La educación, la salud, el territorio, la cultura o la libertad sólo son deseables si se les inserta en el mercado. Todo lo que interfiera en la libertad de mercado lo distorsiona y debe entenderse como una especie de maldición populista. El resultado general es que se sacrifica la política como espacio de creación de lo colectivo en el altar de la economía de mercado: los sindicatos, las comunidades autónomas, las asociaciones de vecinos o estudiantes, los movimientos sociales en general son sólo un estorbo que hay que cooptar o erradicar de ser posible.

Esta forma de pensamiento conservador no ha derivado en otra cosa que en injusticia y desigualdad, especialmente en los países pobres en los que se ha implantado.

Quizá es comprensible que, en un contexto en que buena parte de los funcionarios del partido que lo postula están involucrados en casos de malversación de fondos o tráfico de influencias, se promueva a Meade como un “experimentado” y “honesto” funcionario. Sin embargo, si aplicamos “honestidad” y “experiencia” a alguien que ha trabajado en regímenes que han exacerbado la explotación en sus formas más salvajes en México, entonces ya podemos sacar ambas palabras de cualquier diccionario de la decencia política.

El chico maravilla

El mismo Volpi describió a Anaya con bastante precisión como un hablador. Volpi y otros comentaristas certeramente han señalado que detrás de toda esa gala y elocuencia nunca queda claro qué es lo que piensa o siente el candidato. Parece, con toda su pulcra exactitud, un androide ejecutando algoritmos específicamente programados para las elecciones.

Sin embargo, centrarse en cómo se entienden o perciben los gestos o mensajes de un candidato es psicologizar demasiado la política. Es como si lo más terrible de Anaya fuera su deficiente capacidad para conectar de verdad con la gente y no las condiciones políticas que permiten líderes como él.
No podemos pecar de ingenuidad: si no se percibe algo auténtico en Anaya no es porque le falte tomar algún curso sobre autenticidad frente a las cámaras. Todo lo contrario: Anaya se ha entrenado a conciencia desde el principio. Seguramente ganó de niño todos los concursos de oratoria de la primaria. Desde joven se suscribió a cuanta revista de comunicación social encontró y, ya maduro, perfeccionó su técnica de persuasión al nivel de los vendedores experimentados. Si alguna cadena de ventas como Liverpool o Sears lo hubiera reclutado antes, Anaya habría hecho una honorable carrera como vendedor estrella. Nada se le escapa: aunque lo más probable es que nunca haya comprendido la pasión de libro alguno, leyó muchos para que no lo agarraran en curva cuando le preguntaran cuáles son los tres libros que marcaron su vida.

No, el problema no es que no sea auténtico, sino que el performance que observamos es lo que Anaya auténticamente es. Ricardo Anaya en la superficie, que es el único fondo que posee, no es otra cosa que uno de esos engendros de la simulación y el cinismo que tanto abundan en la política mexicana. Aliado por años del mismo gobierno que ahora combate, Anaya respaldó, por ejemplo, en su momento las reformas energética y educativa, hoy evidentemente impopulares. A juicio de Anaya, dichas reformas son necesarias, pero han sido mal implementadas por el gobierno priista. Aun concediendo que fueran necesarias, cualquiera se pregunta por qué el chico maravilla denuncia ahora con tanto ardor tan deficiente aplicación de las reformas, mientras mantuvo un silencio cómplice y sonriente hasta antes de su campaña. Las preguntas se multiplican. ¿Por qué Anaya no acusó de corrupción a Enrique Peña Nieto durante un sexenio en que más bien se le vio colaborar de buen grado y aplaudir con entusiasmo la torpe gestión del priista? ¿Por qué Anaya no denunció en su momento la guerra contra el narco de su entonces jefe Felipe Calderón Hinojosa que acabó con decenas de miles de mexicanos? ¿Por qué Anaya no tronó de indignación contra los gasolinazos y ahora propone reducir el precio de la gasolina? ¿Por qué Anaya tuvo que esperar a la campaña para sentir nacer dentro de él al rebelde que, ahora dice, siempre fue?

La respuesta a esas y otras preguntas es obvia. Su rebeldía es el simple disfraz necesario para distanciarse en la percepción de una clase política desprestigiada con la que siempre ha estado de acuerdo. Ciertamente su actuación es envidiable. Inteligente encarnación del sueño y aspiración de millones de mexicanos que compran la idea del joven güerito, rico, políglota y hábil en el discurso, Ricardo Anaya se pavonea fresco y cool por universidades privadas y televisoras. Con todo ello, Anaya no se aleja un ápice del mismo conservadurismo que caracteriza a Meade. Ambos son miembros de clases privilegiadas que nunca abandonan el poder a menos que se les arranque de él. Ambos están dispuestos a defender los intereses de los grupos a los que pertenecen y que han encontrado un nicho cómodo y propicio en el neoliberalismo en boga.

Es cierto que el joven maravilla ha sido objeto de una persecución judicial por parte del gobierno federal en estos meses, pero eso no quita que Anaya sea hoy lo que siempre ha sido: un sofista en la peor acepción del término. Ése que esconde la verdad, que le da vuelta a la pregunta, que esconde los argumentos detrás de 40 diapositivas, una cita de Einstein y una retórica que parece haber estudiado todas las posibilidades. No parece; de hecho Anaya las estudió: siempre hace la tarea por triplicado.

Es decir, con toda su aplicación, Anaya no es más que un farsante: es el Chanfalla de Cervantes que vende maravillas con su retablo de pueblo en pueblo; el Loki de Los Vengadores que vence a Thor a fuerza de palabras y espejismos; el merolico de la merced que vende pomadas de uña de lombriz en las esquinas. Un hablador, como dice Volpi. Sin embargo, se trata de un hablador especial. Anaya fascina con su labia de la misma forma que fascinan la rapidez de las manos del croupier clandestino afuera del metro o en alguna feria de pueblo. Con vértigo y agilidad esconde la bolita debajo de una de tres corcholatas: ahora la ve, ahora no la ve. Juras haberla visto y pones 200 pesos sobre la mesa improvisada. El croupier levanta una de las tres corcholatas para descubrir el inconcebible vacío: Anaya te deja sin desayuno...

El moralista

El caso de Andrés Manuel López Obrador es por supuesto más intrincado. Habría que empezar por reconocer que hasta junio del año 2018, la ventaja de AMLO sobre sus contrincantes es tan abrumadora que sólo un fraude de proporciones inauditas puede evitar que Andrés Manuel sea el próximo presidente de México. No es que sea imposible: el fraude electoral en México es casi tan característico de nuestro folclore como el mole o el tequila: ya sea porque se cae el sistema, algún líder sindical negocie con un candidato o se regalen tarjetas Monex. Sin embargo, parece que un fraude a estas alturas y en estas condiciones sería tremendamente costoso ―en términos de estabilidad social― para empresarios, militares y políticos interesados en conservar sus privilegios. Sobre todo cuando ya no es necesario efectuar tal fraude para asegurar la continuidad del sistema.

Como Jorge Volpi y otros analistas han señalado, el triunfo de AMLO está impulsado sobre todo por el enojo y la desesperación. Sólo por nombrar una de las salientes más dolorosas de nuestra realidad, México es hoy un país en ruinas cuya violencia en número de asesinados, desaparecidos y desplazados ya supera en magnitud la de la mayor parte de las dictaduras latinoamericanas del siglo pasado. Lo más parecido al México del siglo XXI es un cadáver andante y oloroso similar a los de alguna mala serie de televisión de moda en estos días.

En este contexto de desolación, importan muy poco las discutibles virtudes del candidato morenista y su propuesta política. Lo que se expresa en la aplastante ventaja de AMLO, más que la adhesión y simpatía por el tabasqueño, es el voto de castigo en contra de un régimen que lleva décadas explotando a la población y que ha convertido a México en una fosa de proporciones aterradoras. El voto que le dará el triunfo a AMLO no es un voto ni por la república amorosa ni por la paz ni por la concordia; es un voto de rabia de un país que agoniza sin que se quiera admitir en voz alta. Es un voto de lo que en cierta forma se puede entender como una “política negativa”: un voto que escasamente implica la movilización de la gente más allá del marcado de la boleta del 1 de julio. El hartazgo puede generar reacciones; en sí mismo, no ocasiona movimientos sociales: no abre un nuevo horizonte de política.

AMLO, por su parte, ha sabido acumular la experiencia de sus dos candidaturas previas y consolidar un discurso político y una posición que le permite capturar el voto de todo ese descontento social. López Obrador ajustó bien sus redes para pescar, sin mucho esfuerzo, en un estanque casi seco, pero pletórico de desesperada vida acuática.

¿Qué fue lo que cambió en AMLO de manera tan eficiente para esta elección? La respuesta es simple, pero desalentadora. Muy lejos del luchador social que, pese a sus limitaciones, por décadas defendió la necesidad de trascender el pragmatismo y restaurar la ética en la política, AMLO es hoy uno de los mejores alumnos de Nicolás Maquiavelo. El autor florentino, como es sabido, en tono pedagógico y paternal instruye al Príncipe no para mejorar la vida de un pueblo ni mucho menos para liberarlo; sino sobre todo para conquistar y conservar el poder. La política entonces se reduce a decisiones pragmáticas con ese fin. En la mejor versión del maquiavelismo, si el fin es alcanzar el poder para transformar la sociedad para bien, entonces casi cualquier medio es legítimo. No importa si esos medios no son limpios, honestos o deseables; siempre queda el recurso de hacerse de la vista gorda. En el fondo, AMLO aprendió de Felipe Calderón Hinojosa la esencia del método maquiavélico con que éste lo derrotó en 2006: lo importante es ganar, “haiga sido como haiga sido”.

De manera paradójica, hoy cómo nunca, AMLO ha creado un discurso esencialmente centrado en la moral: el mal de todos los males es la corrupción. La solución a la tragedia que vivimos es que la virtuosa honestidad del presidente pueda filtrase desde arriba y purificar como una cascada de agua bendita el gobierno y la pirámide social. Los discursos dominicales de mi abuelita eran menos moralistas y por supuesto menos mentirosos. No hay forma de que por la mera virtud de un presidente se erradique la corrupción de un gobierno; mucho menos de una sociedad. Más aún, hay evidencia empírica de lo contrario. Baste un ejemplo: concediendo la virtud de AMLO cuando gobernó el DF, resulta inexplicable que la policía y el sistema de administración de justicia siguieran corruptos, a la fecha lo siguen siendo.

En otra ocasión1 ya analicé, en tono de farsa, el pragmatismo extremo que ahora forma parte de la práctica política de AMLO. En este texto sólo enumeraré algunos de los principales aspectos que hacen de su candidatura una vía perfecta para conservar el statu quo.

  • AMLO ha reiterado muchísimas veces que no va a afectar los intereses de los grandes capitalistas de este país. Su principal operador y probable coordinador de gabinete, Alfonso Romo, se ha empeñado en convencer a los dueños de México de que AMLO no representa ningún peligro para sus intereses. Es decir, se ha comprometido a respetar las condiciones de privilegio en las que trabajan la mayor parte de las grandes empresas en México.
  • MORENA desde el principio abrazó la estrategia política de los partidos atrapalotodo: cualquiera dispuesto a trabajar con el líder puede sumarse a su proyecto. En especial si tiene poder político y aporta su influencia para conseguir votos para la causa. En este camino, MORENA ha recogido generosamente cantidades tremendas de cascajo: tránsfugas priistas, panistas, perredistas o cualquier clase de dudoso líder social. No importa si están acusados de las peores prácticas políticas: clientelismo, represión, compra de votos, fraude o tráfico de influencias. La lista a estas alturas es larga y sigue creciendo: desde partidos completos como el conservador Partido de Encuentro Social hasta cuadros mayores como Tatiana Clouthier, Germán Martínez o Esteban Moctezuma y un sinfín de pequeños oportunistas. ¿Esta gente brinca a MORENA porque se convencieron de la propuesta AMLOísta? No, lo hacen porque no encontraron en sus partidos espacio para sus ambiciones. MORENA les asegura prebendas, presupuesto y beneficios electorales. Por ejemplo, una representación legislativa como nunca habría soñado el conservador partido PES o una candidatura al gobierno de Puebla como no la esperaría Miguel Barbosa. De esa forma los políticos neomeorenistas se sitúan en puestos en donde pueden seguir obteniendo pingües ganancias y poder político.
  • AMLO se ha comprometido a no subir impuestos ni siquiera a los que obtienen más ingresos en México. Eso implica que los grandes consorcios y capitalistas que hacen todo lo posible por pagar los menos impuestos posibles seguirán acumulando recursos en plena comodidad.
  • López Obrador propone que para lidiar con la inseguridad y la violencia prolongará la estadía del ejército en las calles en una Guardia Nacional que coordinará también a otras instituciones de seguridad. A pesar de que Portugal, Holanda, Uruguay y otros países y estados de los Estados Unidos, han mostrado que la descriminalización de las drogas puede ser parte de una estrategia adecuada para detener la industria de la muerte derivada del tráfico, AMLO no se compromete a impulsar la despenalización de las drogas.
  • AMLO no se aleja del modelo extractivista de desarrollo. El ejemplo más claro es su empeño en centrar el desarrollo a partir de la venta de petróleo. Más grave aún es su disposición para impulsar la minería canadiense en el país, no obstante de que es una de las industrias más denunciadas por las comunidades afectadas2.
  • AMLO ha ofrecido reiteradamente no impulsar medidas judiciales contra quienes se hayan visto involucrados en crímenes o fraudes en los gobiernos previos.

Así pues, el proyecto de AMLO es profundamente conservador al no tener la intención de afectar los intereses de los principales capitalistas que explotan a México ni de modificar las condiciones de la industria de la muerte que ha hecho de nuestro país el drama que todos sufrimos. Además, AMLO no llega al gobierno solo: suena tremendamente improbable que el cascajo corrupto y la podredumbre reaccionaria que lo acompañan no terminen por hundir el barco.

Los defensores de la propuesta política de AMLO argumentan que tal pragmatismo maquiavélico es necesario pues “hay que ser realistas”. Uno de los más honestos e inteligentes defensores de AMLO, el muy respetable Doctor Lorenzo Meyer, lo explica claramente en ocasión de una entrevista, en febrero de 20183, en que analiza el cascajo político que MORENA acumula:

¿Se justifican todos estos movimientos Doctor?
--Usted lea a Maquiavelo y dígame si se justifica o no [...] Es una fórmula que el renacimiento italiano saca y dice: en política no se puede seguir la ética individual. [...] Maquiavelo le dice al Príncipe que hay que mentir, que hay que hacer todas las cosas que la ética personal dice que no.

Por supuesto, lo malo de entender así la política, es que el diagnóstico de la realidad de un realista de este tipo es tan bueno que él termina enamorado de ella. Cegado por su infatuación, el realista termina reproduciendo la corrupción que diagnosticó en la realidad. Dicho de otra forma, de nada sirve diagnosticar por décadas la mafia del poder si, para acceder al poder, uno termina vestido de sus mismas ropas.

En este sentido, es evidente que la amnistía que ofrece Andrés Manuel López Obrador debe entenderse de manera extensa. De ganar AMLO, Peña Nieto, Fox, Calderón, los gobernadores y ex-gobernadores y demás sátrapas de gobiernos previos no serán perseguidos ni castigados. Los jugosos negocios de Carlos Slim, Alfonso Romo, Ricardo Salinas y demás emporios capitalistas tendrán todas las ventajas para perpetuar sus reinados. La corrupción y la impunidad se conservarán, al menos, en las malas mañas de los correligionarios de AMLO. En concreto, la desigualdad y la injusticia se conservarán incólumes como esos amargos pepinillos que nadan en el vinagre de las latas de supermercado.

Lo que AMLO nos ofrece es una propuesta en la que, en el mejor de los casos, se distribuyen recursos ahorrados de la lucha contra la corrupción al interior del gobierno para dedicarlos a los sectores más vulnerables y empobrecidos de la sociedad. Una fórmula no distinta a un viejo refrito de los neoliberales que, ya desde sus inicios, postulaban optimizar el funcionamiento del Estado y dedicar recursos únicamente a sectores desfavorecidos. AMLO intenta convencernos de que el problema es la corrupción y no la estructura de capitalismo criminal que vivimos.

Su propuesta es un neoliberalismo moral: mejor administrado, pero igual de rapaz y conservador.


1
Ramírez Trrejo Luis. AMLO en milenio: la otra entevista. http://homovespa.blogspot.com/2018/03/amlo-en-milenio-la-otra-entrevista.html.
2
Rueda, Rivelino. El decálogo de López Obrador para enfrentar amenazas de Trump. Se puede consultar aquí: http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/lopez-obrador-presenta-decalogo-para-enfrentar-amenazas-de-trump.

3
La entrevista se puede consultar aquí: http://www.youtube.com/watch?v=82E_azifrvo




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