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martes, 19 de enero de 2016

Misión incumplida


Desde que abandoné la casa de mis padres a los 18 años para estudiar la universidad nunca he tenido televisión. Una de las consecuencias de esta anomalía, casi fisiológica, es que con frecuencia mi vida sufre un retraso imperdonable con respecto a la sociedad en la que vivo. Descubrí, por ejemplo, el encanto de series como The Big Bang Theory o Breaking Bad en videos de repetición en Youtube con años de retraso. El caso más alarmante es que empecé a disfrutar de Los Simpson hasta el final de la primera década de este siglo cuando acepté que era virtualmente imposible explicar cualquier cosa a mis estudiantes sin usar alguna referencia de los hombrecillos de Springfield.
 
Como podrá imaginarse el lector, las noticias me llegan con frecuencia tarde. El martes pasado, mientras tomaba un café con algunos amigos me enteré, en una divertida discusión, de la recaptura del Chapo Guzmán. Aunque no entendí bien ni en ese momento ni después el papel que jugó la cursilería de Kate del Castillo y el activismo de Sean Penn me quedó claro que, para el gobierno y para mucha gente, el evento revestía una importancia insoslayable. Como hace algunos años publiqué una tetralogía de artículos a favor de la legalización de las drogas y su relación con el crimen organizado[1], me di a la tarea de ponerme al día sobre este importante suceso. Descubrí, sin mucho esfuerzo, la velocidad con que la prensa mexicana reproducía notas de cuidadosa y relevante investigación periodística que iban desde la operación del Chapo para remediar su disfunción eréctil hasta la orden monumental de tacos de cabeza o pastor que sirvió como pista para la captura del capo.  Sigo la avalancha informativa sobre el caso con el interés profundo que dedico a contar los azulejos de mi baño mientras defeco.

Después de las nauseas que me causó el triunfalismo de los anuncios de parte del gobierno, me di cuenta de que además de los corifeos y aduladores de siempre, varios analistas ─incluyendo algunos apreciables críticos del desgobierno que sufrimos[2]─ han postulado que la captura del Chapo Guzmán constituye un acierto que no hay que escatimarle al gobierno de Peña Nieto. Después de meditarlo un par de días, decidí que tal postulado era en todas sus versiones, aún las más modestas,  insostenible. Así pues, la tesis de este artículo encuentra su hábitat en las antípodas de esa opinión: no hay fundamento para considerar esta captura como un logro para la sociedad mexicana en sentido alguno.

Mi propósito no es abrevar de la mezquindad ni apelar al argumento tan repetido por los críticos del gobierno de que esta captura no es más que una cortina de humo que oculta la tragedia que vivimos. A estas alturas, ni la cortina de acero de la guerra fría sería capaz de ocultar la trágica realidad que sofoca a México. Si los soles no se tapan con un dedo, las catástrofes no se ocultan con pantomimas o telenovelas de cuarta categoría.  Esto es obvio para casi todos, a menos que uno sea secretario de estado o se peine con la meticulosidad de un muñeco de lego. Incluso las encuestas, esos precarios instrumentos metodológicos que el filósofo Pierre Bourdieu descalificó como termómetros del parecer político de una sociedad[3], indican que pese a la campaña de triunfalismo emprendida por el gobierno,  una aplastante mayoría de la población empeoró o al menos no cambió su opinión desfavorable sobre el desempeño del gobierno [4]. La sabiduría popular, tan desdeñada por la tecnocracia, sabe que creer en las versiones oficiales implica una inocencia poco común en el país de los desaparecidos, los abusos policiales y la explotación laboral más intensa del continente. Hace rato que los mexicanos comieron la amarga manzana del conocimiento y fueron expulsados del paraíso de la inocencia.

En todo caso, la premisa de que la captura del Chapo es una misión cumplida, un logro que celebrar, una presea que presumir en el extranjero tiene su fundamento en el supuesto de que gobierno y crimen organizado participan en una pugna en la que el gobierno se ha anotado un tanto de último minuto que le reivindica. Bajo este discurso épico, el gobierno se empeñaría por garantizar la seguridad de los mexicanos mediante el ejercicio monopólico y  legítimo de la fuerza; por su lado, el crimen organizado, en particular el narcotráfico, lucharía por extender, con su irrefrenable violencia, su red de jugosos negocios a costa de la población y la defensa de la misma por parte del Estado. En este contexto, un objetivo del gobierno mexicano sería encarcelar a los principales cabecillas de las bandas delictivas para garantizar la seguridad de la población. ¡Cabecilla encarcelado: misión cumplida! Nos anuncia con gritos de alegría el gobierno de Peña Nieto.

Hay guiones que pecan de presuntuosos, otros de difusos, algunos más de simplones o mentirosos. Sin tocar ni siquiera con la punta de uno de sus vértices alguna virtud de la ficción, el guión de la Misión cumplida es más bien la colección de todos estos pecados.

Los defectos comienzan desde la premisa fundacional. Un proverbio muy popular reza: “se necesitan dos para pelear”. A pesar de su amplio uso en la industria de las terapias de pareja, este proverbio no tiene mejor aplicación que ayudar a entender la supuesta lucha del gobierno contra el narcotráfico.

Varios investigadores de incuestionable rigurosidad han sugerido tesis que permiten postular que el gobierno mexicano hace mucho que está tan penetrado por el crimen organizado que es muy difícil sostener que son dos entidades separadas. Edgardo Buscaglia de la universidad de Columbia, por ejemplo, sugiere en una entrevista reciente[5] que debido al grado de penetración del dinero del narcotráfico en el Estado mexicano y la sociedad en general, parece imposible que la detención del Chapo termine en un proceso que desarticule los tentáculos políticos y financieros que corrompen al gobierno. Aunque Buscaglia no lo dice, si el gobierno está tan penetrado por el crimen organizado, es evidente que no es fácil encontrar un criterio viable que permita diferenciar a uno del otro.

Sergio González Rodríguez en su excelente libro Campo de Guerra que mereció el Premio Anagrama de Ensayo 2014 lo pone más claro. Para este autor hace ya tiempo que el estado mexicano es un estado a-legal que implementa, en sus versiones más acríticas, las estrategias de guerra contra las drogas dictadas desde las oficinas estadounidenses. El resultado es un Estado empeñado en militarizar, controlar y vigilar  con medidas cada vez más agresivas a  los ciudadanos. Un Estado, en mi opinión, tremendamente apto para proteger los negocios de la narcopolítica en el que el crimen organizado no es una estructura antagónica del Estado mexicano sino uno de sus componentes constitutivos. Otros investigadores han usado términos como Estado fallido o Estado narco para referirse a un Estado que no sólo ha claudicado en la legítima misión de buscar el beneficio de la población, sino que ha abrazado el crimen en una estructura simbiótica, una dependencia nada velada, una identidad casi amorosa.

Así pues, a diferencia de lo que la tesis de la misión cumplida exige, en este cuadrilátero no hay dos pugilistas en pugna; si acaso un solitario boxeador que simula una batalla contra su propia sombra. Una sombra que ama y a la que no está dispuesto a renunciar.

No está de más reiterar que la guerra contra las drogas obedece a políticas implementadas no por la población mexicana, sino por el gobierno de Estados Unidos. Estás políticas han sido promovidas en varios foros internacionales desde que el ex-presidente Richard Nixon lanzó la guerra contra las drogas en los años sesenta. En todo caso si hay una misión cumplida, esa misión no es un logro para la sociedad mexicana; sino un logro para las políticas impuestas por el gobierno estadounidense. Esto es obvio en primer lugar para el gobierno de nuestro vecino del norte que ni tardo ni perezoso envió una rápida felicitación a su homólogo mexicano. Ha sido posiblemente la felicitación más sincera.

Finalmente, si algo hemos aprendido en estos largos años de masacre por la llamada guerra contra el narcotráfico es que la captura de los cabecillas de las organizaciones criminales no redunda en una mejora en la seguridad de los mexicanos. Me permito en este aspecto citar un artículo que escribí hace algún tiempo y en el que trato con más detalle este tema[6]:

“Digamos que se da el remoto caso en que el gobierno logra detener a todos los cabecillas que fueron emergiendo en los grupos delictivos. Pues bien, ello no sólo no garantizaría la disminución de la violencia, sino que los índices de ésta serían aún mayores: ante un mercado fragmentado, sin organizaciones que lo controlen pero igualmente rentable, se generarían bandas pequeñas mucho más volátiles e intrincadas que, sin recursos prácticos para negociar, echarían mano de una violencia extrema e interminable.

La especulación tiene fundamento. Michael Bagley, especialista de la Universidad de Miami, ha documentado un impresionante incremento de la violencia bajo la prohibición del alcohol en Estados Unidos y después del desmembramiento de los cárteles de Cali y Medellín en Colombia. De hecho, una investigación llevada a cabo por Ami Carpenter en junio de 2010 expone que el encarcelamiento de líderes de los cárteles mexicanos ha ocasionado más violencia para mantener los liderazgos y para apropiarse de las plazas.”

En conclusión, la única misión que se ha cumplido es la de obedecer los dictados de la política prohibicionista impuesta por el imperio. Una misión ajena a la sociedad mexicana y que no lesiona en nada las estructuras criminales asentadas no solo en las citadas organizaciones criminales, sino en el tuétano del mismo gobierno. Una misión que contribuye a mantener la injusticia, la violencia, y la represión económica y social que aqueja a la sociedad mexicana.

En todas partes del mundo los gobiernos sirven, a últimas fechas, para muy poco. Sin embargo, si alguna misión debería tener un gobierno mexicano, ésta debería ser propiciar la distribución de la riqueza, mejorar las condiciones laborales de los mexicanos, luchar por sacar al país del paradigma asesino de la prohibición de las drogas, y desplegar una guerra en contra de la fosa de violencia y tristeza en que el país se encuentra sumergido.

Nadie en el gobierno ha comenzado esa misión: permanece obviamente incumplida.




[1] El lector interesado puede consultar los artículos en varios enlaces de mi Blog en la categoría de crítica social. El primer artículo de la serie se puede consultar aquí.
[2]  Un buen ejemplo de esta posición se puede ver en el programa "Primer plano" del 11 de enero del 2016.
[3] Pierre Bourdieu, “La opinión pública no existe”; se puede consultar aquí.
[4] Por ejemplo, la encuesta del periódico Reforma que se puede consultar aquí.
[5] La excelente entrevista que Paula Mónaco hace a Edgardo Buscaglia se puede encontrar aquí.
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viernes, 8 de enero de 2016

Año nuevo



Los años nuevos son esas arbitrarias bacanales que inventamos para proponer nuevos comienzos. Mientras saborea la docena de uvas más caras del año, la gente se propone adelgazar, ahorrar, leer o viajar con la fe inquebrantable del que aprecia, por sobre todas las cosas, la posibilidad de los milagros. Homo vespa desea que todos sus deseos, por sobrenaturales que parezcan, se cumplan con la puntualidad de los decretos divinos.

Por su parte, a un poco más de dos semanas de su nacimiento, Homo vespa agradece a los primeros patrocinadores que consumaron el proceso de suscripción. Agradece también, al centenar de personas adicionales que expresaron su interés por formar parte de este proyecto y los invita a que, como propósito de año nuevo, terminen su suscripción y se adhieran a esta iniciativa. En este enlace es posible suscribirse por 10, 50, 100, 500 y 1000 pesos mensuales. Es un buen próposito de año nuevo; al menos más barato que la mayor parte de los milagros.

Bienvenido 2016.




lunes, 28 de diciembre de 2015

Palestina, las cosas por su nombre

En estos días en que se profesa amor a espuertas no está de más revisar la situación actual de Belén en Palestina, el lugar en que nació Jesús y que es hoy parte de la herencia religiosa de cristianos, judíos y musulmanes. En este pequeño poblado, asediado por el Estado Israelí, se levantó en estos días el "Árbol de la resistencia". Un símbolo de la voluntad de esperanza y vida de cristianos y musulmanes para defenderse de la ocupación asesina del Estado de Israel. Excelente artículo de María Landi.

Nota tomada de Desinformémonos. Click aquí para el enlace original:
http://desinformemonos.org.mx/en-belen-otra-navidad-bajo-la-ocupacion/

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Palestina, las cosas por su nombre

María Landi

En Belén, otra Navidad bajo la ocupación

En esta época del año solemos evocar con nostalgia la magia que tenía en la infancia preparar el pesebre, o la ilusión con que los villancicos –y las ‘posadas’ en México– nos transportaban a la mítica Belén de “allá lejos y hace tiempo”.
Sin embargo, Belén es también el corazón de Palestina ocupada. En otras palabras, es parte de lo que la ONU definió como Territorios Palestinos Ocupados, ya que está al este de la frontera internacionalmente reconocida (pero que Israel desconoce).
Belén es una ciudad árabe palestina, con una historia cristiana (según la cual allí nació Jesús) y un presente donde las cruces de las iglesias conviven pacíficamente con los minaretes de las mezquitas, unidas en el dolor causado por la ocupación.
El Muro construido por Israel encierra completamente a Belén e impide su crecimiento natural. Las colonias israelíes que estrangulan la ciudad siguen robando más y más tierras y agua a las familias palestinas, a las que sólo les queda un 13% de su tierra. Más de 90.000 israelíes viven hoy en esas colonias.
Además, en Belén se asientan tres campos de refugiados/as, creados con miles de familias palestinas expulsadas de su tierra para fundar el Estado de Israel. Casi el 30% de la población de Belén es refugiada. Son unas 25.000 personas que viven en situación de hacinamiento, sobrepoblación escolar y malas condiciones sanitarias. Allí las tasas de desempleo y de pobreza son superiores al resto de la ciudad.
La población de Belén es de 30.000 habitantes, pero sumando las localidades contiguas de Beit Sahur y Beit Yala y los tres campos de refugiados es de casi 80.000. Considerando la alta tasa de natalidad palestina, no exageran quienes afirman que pronto la ciudad será llamada “el gueto de Belén”. Por eso algunos artesanos locales, expertos en el tallado de madera de olivo, hace años empezaron a agregar a las tradicionales figuras del pesebre un componente más: el Muro.
Belén históricamente estuvo unida a Jerusalén por lazos económicos, sociales, culturales y espirituales. Ambas son parte de la Tierra Santa para las tres religiones monoteístas. Sin embargo la ocupación israelí ha separado a ambas ciudades a través de distintos mecanismos. Aunque está sólo a 9 kilómetros, la gente de Belén no puede ir a Jerusalén sin un permiso especial, muy difícil de conseguir. Eso significó un perjuicio enorme para las familias repartidas entre ambas ciudades (ahora separadas por distintos documentos de identidad y permisos), para quienes trabajaban o estudiaban en Jerusalén, y sobre todo para la actividad turística, que era y aun es uno de sus principales ingresos.
Hoy la industria turística está casi monopolizada por operadores israelíes, que traen grupos de “peregrinos” de todo el mundo y les presentan su versión de Belén, ocultándoles la realidad del Muro, los checkpoints y las colonias en tierra robada, y jamás les ponen en contacto con la población palestina. Personas cristianas de todo el mundo visitan Belén en buses israelíes, con guías y mapas israelíes, creyendo incluso que están en Israel, y se van ignorando todo sobre el pasado y el presente de la ciudad, sin haber conocido siquiera la existencia de la comunidad cristiana palestina, que se reivindica como la más antigua del mundo y heredera directa de Jesús de Nazaret.
Es por eso que varias iniciativas locales están promoviendo un turismo responsable en Tierra Santa. Operadores turísticos y ONG palestinas trabajan para atraer visitantes con un programa que combina una visita informada a los tradicionales lugares de peregrinación con encuentros con la población local –incluidas las iglesias cristianas– para conocer de primera mano la realidad que se vive bajo la ocupación israelí. La propuesta suele incluir visitas a organizaciones locales, campos de refugiados y actividades de apoyo, como plantar o cosechar olivos.
Además, la población y autoridades de Belén hacen lo posible para recibir de la mejor manera, aun bajo circunstancias adversas, a las decenas de miles de visitantes que llegan de todo el mundo en estas fechas. Hay guirnaldas de luces en las principales avenidas, en las cúpulas de las iglesias y alrededor de la plaza central, donde reina un gran árbol de Navidad.
Aunque la ciudad trata a mantener la política fuera de las festividades religiosas, este año es imposible ignorar la ola de violencia que atraviesa Palestina. En el último trimestre, las fuerzas israelíes han asesinado a casi 140 jóvenes –la mayoría de ellos, ejecutados en la calle a sangre fría–, incluyendo unas 7 mujeres y 30 menores de edad; han detenido a unas 2.500 personas (incluyendo 400 niñas y niños) y han herido a unas 9.900. Muchas de las víctimas son de Belén, incluyendo dos jóvenes y un niño de dos campos de refugiados.
Por eso este año, líderes políticos, habitantes y activistas instalaron “el árbol de la Resistencia” frente a la histórica iglesia de la Natividad, en el corazón turístico de Belén. Se trata de un olivo centenario que fue arrancado de un terreno cercano por las fuerzas israelíes, y que la gente colocó en la plaza principal, frente al enorme árbol de Navidad. El olivo fue ‘decorado’ con cartuchos de gas lacrimógeno, fotos de jóvenes y niños recientemente asesinados o detenidos, hondas y kufiah, el pañuelo nacional palestino.
Alrededor del árbol, las activistas formaron una estrella con cartuchos de gas lacrimógeno y encendieron velas en los cilindros de metal, que fueron recogidos durante las protestas diarias que han tenido lugar en Belén en las últimas semanas.
En la ‘ceremonia de encendido’ de las luces, la alcaldesa de Belén, Vera Babun, dijo a la multitud: “Este árbol fue arrancado para construir el Muro de separación israelí. Este árbol es nuestro mensaje. Nosotros plantamos nuestras raíces porque estamos enraizados en esta tierra. Los olivos son los árboles de la vida. En este árbol vemos reflejados los ojos de nuestro pueblo, las esperanzas de nuestras mujeres y los sueños de nuestros hombres”.
“Aunque los israelíes hablan el lenguaje de la muerte, nosotros hablamos un lenguaje de vida”, afirmó la alcaldesa.
Para las y los palestinos de Belén -cristianas y musulmanes- celebrar la Navidad recibiendo a visitantes de todo el mundo es algo más que una apuesta de sobrevivencia económica: es también una forma de resistencia por parte de un pueblo al que los poderes coloniales de ayer y de hoy han tratado de borrar de la faz de esa tierra desde hace casi un siglo, y que sin embargo conserva su dignidad, su fe y su capacidad de esperanza.

sábado, 19 de diciembre de 2015

Sobre el nacimiento de Homo vespa

Incluso yo, cuando niño, era tierno. Al menos eso es lo que cuenta mi madre. Con un morbo por los documentales con insectos copulando y una decepción porque el Lobo nunca se comía a Caperucita, siempre preferí la ternura de Allan Poe. Después de los gatos amurallados y los orangutanes asesinos, las avispas endoparásitas fueron mis criaturas favoritas. No me sedujo la belleza de su talle ni su sofisticado sistema de comunicación ni siquiera su colorido remolino de agresividad. Mis afectos se fundaron más bien en una intimidad revolucionaria, en una afinidad subversiva. Las avispas endoparásitas tienen la bella costumbre de atacar la cursilería de las orugas, inmovilizarlas con su veneno y depositar en sus entrañas racimos de inocencia en forma de huevos. Las larvas crecen, se alimentan de la sangre transparente y consumen poco a poco a la simpática oruguita. 

No es difícil imaginarlo. En un súbito mareo, la oruga camina retorciéndose sin entender: como un eco de sus vísceras una multitud ardorosa le sopla la nuca. Inmóvil y desesperada, la oruga siente el latido, el escándalo, el clamor de decenas de larvas que como niños obesos emergen de su piel. La malograda aspirante a mariposa no sobrevive a los agujeritos por los que se le escapan linfa y aliento. Homo vespa hace referencia a esta dulce historia de la edad de oro. Homo se utiliza para denotar a la especie humana, vespa significa avispa en latín. Atacar al sistema desde dentro, dinamitar la poesía, la filosofía, la política, el amor. Me gusta la idea...





jueves, 10 de diciembre de 2015

El globo y el tornado



Poniendo la mano sobre el corazón,
quisiera decirte al compás de un son,
que tú eres mi vida,
que no quiero a nadie;
que respiro el aire, que respiro el aire,
que respiras tú.

Amor de mis amores, Agustín Lara.


En el centro de la sala una urna de alabastro se erige como un pequeño rascacielos neoclásico. Semejante a una caja de leche tamaño familiar, el contenedor con remates diamantinos da residencia eterna a las cenizas de mi abuela. Nunca la había visto tan cuadrada. Al pie de la urna se encuentra una foto en la que sostiene, con una pinta de cargador de la merced o chulo de esquina, un cigarro con la mano izquierda. Junto a la foto está una cajetilla de Delicados sin filtro. No sé porque le pusieron tantos cirios alrededor; ella nunca necesitó de iluminación externa para darle la bienvenida a los visitantes. No ha cambiado tanto. Borges diría que bastaba que alguien la mirara para que sonriera. Desde su retrato, con la mirada pícara, me ofrece un cigarro. Nos entendemos. Me adelanto al centro de la habitación, tomo el cigarro y lo enciendo. Los ojos de censura de más de una plañidera me aplastan con desaprobación.

Vengo de otro continente. No es metáfora. Viajé más de veinte horas para ver a los restos de mi abuela. Murió un sábado por la madrugada. Esto, por supuesto, se refiere a la madrugada en Europa. Aquí, debió morir la noche del viernes. En México las cosas siempre suceden antes, se anticipan. En vida, mi abuela también se anticipaba, en especial a cualquier réplica. Su muerte no fue la excepción. Decidió morir de una hemorragia intestinal masiva: su cuerpo se tragó cinco bolsas de sangre antes del paro cardíaco. Sin previo aviso, sin votación de por medio, en menos de tres horas, radical y definitiva, expiró sin dar oportunidad a nadie de reclamar.

Debió haber sido difícil disponer de su cadáver. La recuerdo perfectamente cuando rechazaba el entierro: abominaba la idea de honrar a los gusanos. Por otro lado, la cremación ofendía su pudor de católica de boda y vestido para estrenar. Además, con la lógica que la caracterizaba, pensaba que acostada sobre la plancha de metal que la conduciría al horno, el frío intenso podría aún hacerle daño: “los cambios bruscos de temperatura dan pulmonía”, sentenciaba. Metidos en el ajo de la disputa y ante mi evidente frustración, su respuesta era proverbial: “Cuando muera quiero que me pongan en un tambo grande para que no me asomen los pies y me arrojen a un barranco”. Maldijo al gobierno cuando le dije que en México arrojar cadáveres a los barrancos era frecuente pero ilegal.

Por fortuna no pudo reclamar cuando decidieron incinerarla. La velaron en casa de una de mis tías. Dicen que llevaba un vestido lila, de esos que ella tardaba meses en buscar y modificar para alguna de sus incontables fiestas. Sus labios de rojo marrón, su perfume floral, su peinado con “Wildroot”, los aretes discretos: la imagino dispuesta a seducir en un asedio de carcajadas a algún nuevo pretendiente. ¿Parece broma? ―No lo es. Ser la hija bastarda de un bohemio introductor ganadero y una mulata cubana siempre tuvo su encanto. En los últimos tiempos, sus pretendientes incluyeron al suegro de una de mis primas y a un misterioso merenguero que nos obsequió dos cajones de gaznates en el último fin de año que la tuvimos con nosotros.

Mi abuela era una anciana que disfrutaba de vivir entre la cita poética y el albur de esquina. Su memoria impecable de Amado Nervo, Sor Juana Inés de la Cruz y la poesía cursi de Antonio Plaza se combinaban con la agilidad mental del son cubano y la elegancia de dandi que nunca la abandonó. Más de uno calló rendido; caer rendida era para ella un inaplazable deber de amor.

Criada en el barrio ostentoso de las Lomas de Chapultepec, mi abuela sufrió el desdén y el racismo de la madre obligada a criar una hija ilegítima producto de los coqueteos del “Señor” y una sirvienta cubana de caderas demasiado amuebladas cuyo destino todos quisieron ignorar. Medio robada de carnes, aplanada de narices, rebotada de mejillas, oscurecida como lodo de Oaxaca y para colmo “olorosa como negro”, mi abuela fue una niña fea que aprendió a compensar la impiedad de la naturaleza con simpatía y atrevimiento. Fue amiga íntima de “la Mayuya Zuno”, hija del alguna vez gobernador y cacique jalisciense José Guadalupe Zuno y que, con el tiempo, se convertiría en el suegro del presidente Luis Echeverría. Desde su infancia, mi abuela gozó de los privilegios que dan la mafia política, la holgura económica y el exotismo.

Aunque en la juventud sus amigas y mi abuela se hicieron celebres por su afición a la pomposidad de los vestidos de noche, su fama se fundó inicialmente en el escándalo. Mi abuela contaba que en las tardes de calor inclemente organizaba grupos de adolescentes desocupadas para recorrer en bicicleta las calles de las Lomas enfundadas en sendos trajes de baño. No fue ni la primera ni la peor ocasión en que mi abuela avergonzó a sus padres. Estudió en varios colegios privados, casi todos religiosos; en ellos convirtió las expulsiones escolares en una forma de realización académica. El amor culposo de su padre sobornó más de una vez a los concejos de religiosas para que admitieran a mi abuela después de que “la nena” saltaba la barda del colegio masculino para atolondrar mozalbetes y desesperar padrecitos. Ella juraba, con un ejemplar del “Tesoro del declamador” en la mano, que los ojos de un joven seminarista la tentaban. Pese a su heterodoxo sentido de la academia, mi abuela logró recibirse como maestra en Español y Literatura en un tiempo en que las mujeres ricas se educaban con el mismo espíritu ornamental con que se arreglaban el peinado.

Puede ser que lo de las tentaciones del seminarista no fuera del todo falso. La verdad es que mi abuela siempre tuvo la saludable manía de entender la vida a partir de las tentaciones. Francisco, su primer esposo, improvisando la estrategia, supo tentarla con promesas: le prometió, como siempre se promete en el amor, la permanencia a raja tabla. Después de la boda, se mudó a la calle de Prado Norte, también en las Lomas de Chapultepec. Su esposo viajaba por trabajo con frecuencia al norte del país. Ella se dedicaba a coleccionar copas, a charlar, a jugar cartas, a organizar bacanales para los compromisos de su marido. La felicidad parecía venir en tesitura de cristal cortado y plática de porcelana. Llenaba las ausencias del marido con la lectura. Amaba los poemas cursis con caudalosos despliegues melodramáticos. Engendró, en ese tiempo, tres hijos y dos hijas; perdió dos. A la niña fallecida, solía recitarle:

El Globo
Ocultar queriendo en vano
el dolor que la devora,
marcha una bella señora
con un niño de la mano;
y muestra en el triste luto
de su severo vestido,
que algún otro ser querido
pagó a la muerte tributo.

Grave va el niño y tranquilo,
mientras a otros ve jugando,
un azul globo llevando
pendiente de sutil hilo.

―Mamá―de pronto exclamó.―
¿Por qué lloras sin consuelo?
¿No dices que está en el cielo
la niña que se murió?

―¡Ah!, sí, el Señor compasivo
la llevó pronto a su lado.
El niño quedó callado,
pero siguió pensativo,
y tras un momento breve
cortó el hilo sin dudar
y al globo dejó volar
a impulsos del viento leve.

―¿Qué has hecho?
Y el muchacho
a decir se precipita:
―¡Mandárselo a mi hermanita
para que juegue en el Cielo!

Después de algunos años, los viajes de Francisco empezaron a durar semanas; su nueva socia y comadre lo acompañaba en los negocios. En uno de sus viajes, la ausencia de Francisco se dilató más de lo común. Los meses no trajeron de vuelta al marido; tampoco a la comadre. Francisco, al parecer también adicto a las tentaciones, decidió que la permanencia es una promesa muy larga. Una tarde, mi abuela recibió una orden de desalojo: la casa y sus propiedades habían sido vendidas. Fue quizá una de las pocas lanzadas en la historia de las Lomas. Vivió entre muladares de elegancia en las calles de una de las colonias más aristocráticas de la ciudad. Socorrida por sus amigas, transitó por varias casas del vecindario hasta que terminó viviendo con sus cinco hijos en Tacubaya, en casa de una de sus sirvientas. Raquel recibió a la tribu con una solidaridad que sólo se entiende como pago de la benevolencia con que mi abuela siempre trató a su servidumbre. Raquel era también madre soltera; también mantenía cinco hijos. En el silencio, una recia opresión de desamparo les unía.

Mi abuela contaba que, en plena depresión, se acostó un día para dormir sin parar por semanas mientras sus hijos aprendían que la comida dependía de cuantos cubiertos podían vender y cuantos abrigos de piel podían empeñar en el Monte de Piedad. Vivieron durante años de las pequeñas ventas en la Lagunilla, en Donceles, en Bellas Artes. Los refrendos de las boletas de empeño alcanzaron proporciones de directorio telefónico. Cuando mi abuela decidió levantarse, lo hizo no para trabajar, sino para llamar a sus amigas de toda la vida y dedicarse a jugar póker, bailar, y recorrer las calles de la ciudad de México a bordo del Cadillac de una glamurosa pelirroja que forrada de terciopelo llegaba por ella casi todos los días de la semana. Raquel, su ex-sirvienta, le pidió a mi abuela que se fuera al cabo de algunos meses. Mi abuela era, de nuevo, un mal ejemplo.

Exiliada empezó a recorrer la ornitofauna de Tacubaya. Vivió con sus hijos en cuchitriles de esas calles con nombres como Halcón, Cóndor, Paloma, Canario, Faisán. Una mujer expulsada, desdeñada, repudiada y además inútil en extremo. Eventualmente, empezó a vivir del golpe monótono de la aguja de una máquina de coser que aprendió a manejar en talleres multitudinarios. Trabajaba jornadas extenuantes y gozaba del respeto laboral que en México sigue imperando. El segundo turno, lo pasó durante años como mesera en restaurantes que cambiaba con la misma vertiginosidad con la que llegaba a bailar a las posadas de diciembre. Sus hijas pequeñas no la reconocían; los muchachos, con suerte, la saludaban antes de salir a colectar basura en las casas ricas de las colonias Condesa y del Valle. El tabú familiar me ha impedido corroborar su actividad como prostituta educada. No lo dudo ni por un instante. La vida de cinco bocas y una sexta, que su esposo le manufacturó en una reconciliación fugaz pero productiva, dependían de su trabajo. La única poesía necesaria es a veces la que se come.

Los años pasaron. Sus hijos fundaron sus propios hogares. A los 58 años, edad en que el amor suele cobrar ese tono de bolero bien cocido, mi abuela consumó su último matrimonio con Genaro de 34. Él era, desde la infancia, uno de los mejores amigos de mi tío mayor. En el momento de la ceremonia, la pareja llevaba viviendo juntos cerca de 15 años. La boda fue un escándalo para pudorosos y bocas envidiosas que no escasean en ningún lado. Para mi abuela, el escándalo fue que Genaro la abandonara dos años después con todo el dinero que habían ahorrado. Esa noche decidió no llorar y servir la cena. El dolor era para ella, desde hace tiempo, otro comensal ávido en la mesa. Antes de Genaro, incluso antes de Francisco, sus difuntos ―como ella llamaba a los amores malogrados― fueron variados en edad y talante. Para ella, el desamor siempre tuvo más caras que la memoria.

Mi abuela amaba el año nuevo. Preparó desde siempre con meticulosidad una mesa en que cada servicio contaba con muchos más aditamentos de los que sus pedestres nietos sabíamos usar. Por supuesto, ninguno de nosotros logró aprender el orden de tan barroca etiqueta. Entre los brindis y la cena, su voz recitaba sus propios poemas melosos como capuchinos con forma de cisne. Nunca nos importó el exceso de espuma y chocolate. Mi abuela sabía desdoblar a fuerza de doble sentido el ripio, la rima fácil, el lugar común, la telenovela de Blanca Estela Pavón y Pedro Infante. Escribía de la belleza que transitaba por las bisuterías de Correo Mayor y Tabaqueros, las fuentes de Chapultepec, las uvas de la verdulería, la risa de sus bisnietos, los epitafios de sus difuntos, la cicatriz en la mejilla del flaco de oro.

Ella no necesitó a Rainer María Rilke o a Fernando Pessoa para justificar los misterios de las flores, las estrellas o los oscuros pozos de la miseria. Mi abuela siempre se conformó con su poesía de quinceañera cursi, sus amores de defunción premeditada, sus borracheras con ron y dominó, su calendario atestado de fiestas inventadas, sus carcajadas de helicóptero desbocado, su mirada blanca de ciego bailando danzón.

Los arrebatos de mi abuela eran de los que se tiñen con algodones de azúcar, esas nubes plastificadas con que tanto se demoraba en la Alameda. Su luz, aunque inmarcesible, era de las que se diluyen en las lentejuelas de los aparadores; de las que se embelesan con galanterías de chaqué y flor en el ojal. Su vértigo era de los que, aún en el punto de ese otro lugar común que es la muerte, se regodean de ímpetu. Dicen que mientras la llevaban al crematorio la arcada con la que parió seis hijos se agitó con el contoneo de Agustín Lara. Seguro que bailaba.

No necesitan contármelo. Porque no sé que no digo la verdad, puedo recordarlo. El séquito llega al crematorio. Los hombres cargan a mi abuela. La tierra parece un armario de huesos. La larga chimenea se ve desde la entrada del edificio. Las horas pasan. La lengua de humo se asoma, repentina y densa. Mi sobrino de tres años la mira: ¡un tornado dice! Y todos sabemos que mi abuela podía decir adiós sólo así, como un tornado...










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