Hoy
sería el cumpleaños número 88 de Jorge Ibargüengoitia de
no haber muerto hecho trizas en un avionazo cuando sólo contaba con
55 años. Para el día de la tragedia, Jorge ya nos había regalado
una versión distinta, más inteligente y veraz, de
nuestra historia en dos novelas que todos deberíamos leer como
requisito para obtener el pasaporte: “Los relámpagos de Agosto”
y “Los pasos de López”.
También había encontrado en el corazón de todo mexicano un pueblecillo conservador y ridículo llamado Cuévano que nos hace afectos a la impostura de la corrección política; devotos de la supuesta dignidad de nuestro nacionalismo; reacios a cualquier cosa que critique nuestra mezquindad, nuestro desorden, nuestra injusticia, nuestro mal gusto.
Jorge descubrió que el mexicano, empezando por él mismo, es ante todo un ídolo acartonado que se toma a sí mismo con una seriedad que no merece. Lejos de cualquier pedagogía o moralismo, Ibargüengoitia parece sugerir que la burla despiadada es una de las pocas vías que nos quedan para transformar nuestra realidad. Como es bien sabido, no hay mejor forma de honrar a un escritor que leyéndolo:
También había encontrado en el corazón de todo mexicano un pueblecillo conservador y ridículo llamado Cuévano que nos hace afectos a la impostura de la corrección política; devotos de la supuesta dignidad de nuestro nacionalismo; reacios a cualquier cosa que critique nuestra mezquindad, nuestro desorden, nuestra injusticia, nuestro mal gusto.
Jorge descubrió que el mexicano, empezando por él mismo, es ante todo un ídolo acartonado que se toma a sí mismo con una seriedad que no merece. Lejos de cualquier pedagogía o moralismo, Ibargüengoitia parece sugerir que la burla despiadada es una de las pocas vías que nos quedan para transformar nuestra realidad. Como es bien sabido, no hay mejor forma de honrar a un escritor que leyéndolo:
La Ley de Herodes
Sarita me sacó del fango, porque antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me tenía sin cuidado. Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo entender que todos los hombres somos iguales, que el único ideal digno es la lucha de clases y la victoria del proletariado; me hizo leer a Marx, a Engels y a Carlos Fuentes, ¿y todo para qué? Para destruirme después con su indiscreción.
No quiero discutir otra vez por qué acepté una beca de la Fundación Katz para ir a estudiar en los Estados Unidos. La acepté y ya. No me importa que los Estados Unidos sean un país en donde existe la explotación del hombre por el hombre, ni tampoco que la Fundación Katz sea el ardid de un capitalista (Katz) para eludir impuestos. Solicité la beca, y cuando me la concedieron la acepté; y es más, Sarita también la solicitó y también la aceptó. ¿Y qué?
Todo iba muy bien hasta que llegamos al examen médico… No me atrevería a continuar si no fuera porque quiero que se me haga justicia. Necesito justicia. La exijo. Así que adelante…
No quiero discutir otra vez por qué acepté una beca de la Fundación Katz para ir a estudiar en los Estados Unidos. La acepté y ya. No me importa que los Estados Unidos sean un país en donde existe la explotación del hombre por el hombre, ni tampoco que la Fundación Katz sea el ardid de un capitalista (Katz) para eludir impuestos. Solicité la beca, y cuando me la concedieron la acepté; y es más, Sarita también la solicitó y también la aceptó. ¿Y qué?
Todo iba muy bien hasta que llegamos al examen médico… No me atrevería a continuar si no fuera porque quiero que se me haga justicia. Necesito justicia. La exijo. Así que adelante…
La
Fundación Katz sólo da becas a personas fuertes como un caballo y
el examen médico es muy riguroso.
No discutamos este punto. Ya
sé que este examen médico es otra de tantas argucias de que se vale
el FBI para investigar la vida privada de los mexicanos. Pero
adelante. El examen lo hace el doctor Philbrick, que es un yanqui que
vive en las Lomas (por supuesto), en una casa cerrada a piedra y cal
y que cobra… no importa cuánto cobra, porque lo pagó la
Fundación. La enfermera, que con seguridad traicionó la Causa,
puesto que su acento y rasgos faciales la delatan como evadida de la
Europa Libre, nos dijo a Sarita y a mí, que a tal hora tomáramos
tantos más cuantos gramos de sulfato de magnesia y que nos
presentáramos a las nueve de la mañana siguiente con las
“muestras obtenidas” de nuestras dos funciones.
¡Ah, qué
humillación) ¡Recuerdo aquella noche en mi casa, buscando entre los
frascos vacíos dos adecuados para guardar aquello! ¡Y luego, la
noche en vela esperando el momento oportuno! ¡Y cuando llegó, Dios
mío, qué violencia! (Cuando exclamo Dios mío en la frase anterior,
lo hago usando de un recurso literario muy lícito, que nada tiene
que ver con mis creencias personales.)
Cuando estuvo
guardada la primer muestra, volví a la cama y dormí hasta las
siete, hora en que me levanté para recoger la segunda. Quiero hacer
notar que la orina propia en un frasco se contempla con
incredulidad; es un líquido turbio (por el sulfato de magnesia)
de color amarillo, que al cerrar el frasco se deposita en pequeñas
gotas en las paredes de cristal. Guardé ambos frascos en
sucesivas bolsas de papel para evitar que alguna mirada penetrante
adivinara su contenido.
Salí a la calle en la mañana húmeda,
y caminé sin atreverme a tomar un camión, apretando contra mi
corazón, como San Tarsicio Moderno, no la Sagrada Eucaristía, sino
mi propia mierda. (Esta metáfora que acabo de usar es un tropo
al que llegué arrastrado por mi elocuencia natural y es
independiente de mi concepto del hombre moderno.) Por la Reforma
llegué hasta la fuente de Diana, en donde esperé a Sarita más de
la cuenta, pues habla tenido cierta dificultad en obtener una de las
nuestras. Llegó como yo, con el rostro desencajado y su envoltorio
contra el pecho. Nos miramos fijamente, sin decirnos nada,
conscientes como nunca de que nuestra dignidad humana había sido
pisoteada por las exigencias arbitrarias de una organización
típicamente capitalista. Por si fuera poco lo anterior, cuando
llegamos a nuestro destino, la mujer que había traicionado la Causa
nos condujo al laboratorio y allí desenvolvió los frascos ¡delante
de los dos! y les puso etiquetas. Luego, yo entré en el despacho del
doctor Philbrick y Sarita fue a la sala de espera.
Desde el
primer momento comprendí que la intención del doctor Philbrick
era humillarme. En primer lugar, creyó, no sé por qué, que yo era
ingeniero agrónomo y por más que insistí en que me dedicaba a la
sociología, siguió en su equivocación; en segundo, me hizo una
serie de preguntas que salen sobrando ante un individuo como yo,
robusto y saludable física v mentalmente: ¿qué caso tiene
preguntarme si he tenido neumonía, paratifoidea o gonorrea? Y apuno
mis respuestas, dizque minuciosamente, en unas hojas que le había
mandado la Fundación a propósito. Luego vino lo peor. Se levantó
con las hojas en la mano y me ordenó que lo siguiera. Yo lo obedecí.
Fuimos por un pasillo oscuro en uno de cuyos lados había una serie
de cubículos, y en cada uno de ellos, una mesa clínica y algunos
aparatos. Entramos en un cubículo: él corrió la cortina y luego,
volviéndose hacia mí, me ordenó despóticamente: “Desvístase.”
Yo obedecí, aunque ya mi corazón me avisaba que algo terrible iba a
suceder. Él me examinó el cráneo aplicándome un diapasón en los
diferentes huesos; me metió un foco por las orejas y miró para
adentro; me puso un reflector ante los ojos y observó cómo se
contraían mis pupilas y, apuntando siempre los resultados, me
oyó el corazón, me. hizo saltar doscientas veces y volvió a oírlo;
me hizo respirar pausadamente, luego, contener la respiración,
luego, saltar otra vez doscientas veces. Apuntaba siempre. Me ordenó
que me acostara en la cama y cuando obedecí, me golpeó
despiadadamente el abdomen en busca de hernias, que no encontró;
luego, tomó las partes más nobles de mi cuerpo y a jalones las
extendió como si fueran un pergamino, para mirarlas como si quisiera
leer el plano del tesoro. Apuntó, otra vez. Fue a un armario y
tomando algodón de un rollo empezó a envolverse con él dos dedos.
Yo lo miraba con mucha desconfianza.
—Hínquese sobre la mesa
—me dijo.
Esta vez no obedecí, sino que me quedé mirando
aquellos dos dedos envueltos en algodón. Entonces, me
explicó:
—Tengo que ver si tiene usted úlceras en el
recto.
El horror paralizó mis músculos. El doctor Philbrick me
enseñó las hojas de la Fundación que decían efectivamente
“úlceras en el recto”; luego, sacó del armario un objeto de
hule adecuado para el caso, e introdujo en él los dedos envueltos en
algodón. Comprendí que había llegado el momento de tomar una
decisión: o perder la beca, o aquello. Me subí a la mesa y me
hinqué.
—Apoye los codos sobre la mesa.
Apoyé los codos
sobre la mesa, me tapé las orejas, cerré los ojos y apreté las
mandíbulas. El doctor Philbrick se cercioró de que yo no tenía
úlceras en el recto. Después, tiró a la basura lo que cubriera sus
dedos y salió del cubículo, diciendo: “Vístase.”
Me vestí
y salí tambaleándome. En el pasillo me encontré a Sarita ataviada
con una especie de mandil, que al verme (supongo que yo estaba
muy mal) me preguntó qué me pasaba.
—Me metieron el dedo.
Dos dedos.
—¿Por dónde?
—¿Por dónde crees,
tonta?
Fue una torpeza confesar semejante cosa. Fue la causa de
mi desprestigio. Llegado el momento de las úlceras en el recto,
Sarita amenazó al doctor Philbrick con llamar a la policía si
intentaba revisarle tal parte; el doctor, con la falta de
determinación propia de los burgueses, la dejó pasar como sana, y
ella, haciendo a un lado las reglas más elementales del
compañerismo, salió de allí y fue a contarle a todo el mundo que
yo me había doblegado ante el imperialismo yanqui.
No hay comentarios:
Publicar un comentario