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lunes, 12 de octubre de 2015


¡Favor de compartir! La Piel del Desierto en PDF gratuito. Versiones ligera y pesada.
"La piel del Desierto" es una crónica fotográfico-literaria sobre la cultura huichola y su lucha contra las mineras transnacionales.
Dada la resolución del diseño y la imagen del libro, la descarga puede tardar más de lo normal. El archivo está disponible en dos versiones. La versión ligera (50 MEGAS) se descarga fácilmente, pero dependiendo del monitor puede ser necesario ampliar la imagen más de 400% o usar la herramienta de lupa para leerlo cómodamente.
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“La Piel del Desierto” se distribuye gratuitamente, pero te conminamos a contribuir con el proyecto y bajar tu archivo por 40 pesos. Es posible realizar el pago con PayPal o con tarjeta bancaria en nuestra tienda en línea (ver siguiente párrafo). También puedes realizar tu pago en cualquier OXXO a la tarjeta “Saldazo” número:
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viernes, 9 de octubre de 2015

Kapuściński y las tortugas de Ayotzinapa



Hace poco más de tres años, el 28 de septiembre del 2012, durante una entrevista en televisión, Cristina Pacheco deslizó, con una malicia inocente, una pregunta al decano del periodismo servil en México: Jacobo Zabludovsky.

—Kapuściński dice que [el periodismo] no es un oficio para cínicos, ¿qué opinas?

Zabludovsky carraspea, duda, titubea, suelta una risa insegura. Al final evade la pregunta con el pretexto de darle voz a las llamadas telefónicas por parte de los televidentes. La incomodidad de la alusión se diluye entre risas. De manera esperable, el imperativo ético en el periodismo que demanda Kapuściński, probablemente el mejor periodista del siglo XX, se le atraganta al ex-emperador de las noticias en Televisa.

En sus últimos tiempos, expulsado de su trono de privilegios, Zabludovsky hizo un mea culpa y su arrepentimiento de fariseo fue saludado por no pocos de sus antiguos detractores. Oscuros debieron ser los días de la memoria para que la negra figura de Jacobo Zabludovsky se haya convertido, en muchos ámbitos, en la de un adalid de la dignidad del periodismo. Quizá tan cristiana amnesia por parte del pueblo mexicano no esté del todo injustificada. A la luz de la rigurosidad y el compromiso periodístico de Ciro Gómez Leyva, Joaquín López Dóriga, Carlos Marín, Ricardo Alemán o Javier Alatorre —sólo por nombrar algunos— el arrepentimiento de Zabludovsky se antoja menos miserable. Después de todo, el corazón magnánimo de México sabe bien que en el país de los ciegos el tuerto tiene derecho a tropezarse unas cuantas décadas. 
 

En todo caso, el México de hoy, un país en el que las masacres y los abusos sin igual forman parte de la tradición, atraviesa por uno de los periodos más oscuros de su historia. En consonancia, el periodismo de los medios más difundidos parece un síntoma más del cáncer putrefacto de remedio no descubierto que corroe el cuerpo del país.

Y es aquí, que en el páramo de Mordor, en el horizonte calcinado de Comala, en el vientre estéril de esta fosa supurante, el colectivo Marchando con letras (y yo agregaría con imágenes para honrar el trabajo de los fotoperiodistas) conformado por 43 periodistas, 20 fotoperiodistas y 3 editores decide dar a luz la edición del libro Ayotzinapa. La travesía de las tortugas. Es un trabajo singular: durante la preparación, el colectivo no recibió apoyo por parte de empresa alguna, los autores sufragaron los gastos de sus propias investigaciones y, como cualquier colectivo, enfrentaron los avances, retrocesos y contradicciones de la organización política. La revista Proceso patrocinó finalmente la impresión, promoción y distribución del volumen. El colectivo Marchando con letras acordó que la totalidad del 10% de las ganancias que le corresponden por concepto de regalías serían destinadas a ayudar a los padres de los normalistas, dolientes desgarrados de esta tragedia.


En todo caso, el resultado no se trata sólo de un libro que recopila las historias de 43 jóvenes desaparecidos, tres asesinados y uno en estado de coma, todos ellos estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa. Este esfuerzo deja entrever, ante todo, la pujanza, la potencia, las dificultades y limitaciones que conlleva engendrar los milagros imposibles de la Política y el periodismo comprometido. Política con mayúscula. Nunca está de más reiterar que, alejada de las perversiones de los partidos políticos y las instituciones, la Política siempre ha sido esencialmente un campo de creación colectiva y emancipación. El periodismo comprometido, como antítesis del cinismo que censuraba Kapuściński, es una de las muchas formas en que esa Política se despliega.

No es poca cosa. El periodismo en México casi siempre está relacionado con la desvergonzada defensa de intereses nunca declarados del que paga, con su publicidad, el micrófono; de los que dan el permiso para conectar el micrófono; del dueño último del micrófono; de los que conceden no asesinar cuando se enciende el micrófono. Como vemos, los periodistas están sitiados por la hegemonía del micrófono. La referencia a Kapuściński, en este contexto, suena por lo menos ingenua. En un medio tan árido y manipulado, donde además campean la competencia y la egolatría, el cinismo no sólo parece ser útil, sino que se erige como la más plausible estrategia de adaptación profesional. Los más se adaptan con presteza y difunden la opinión del que les llena mejor los bolsillos o les asegura alguna tribuna o coto de poder. Son los periodistas cínicos: esos contraejemplos de la tesis del periodista polaco.

Sin embargo Kapuściński tenía razón, “[el periodismo] no es un oficio para cínicos”1. En contra de las lecturas superficiales, Kapuściński precisa: “ El verdadero periodismo...”. Es decir, esta afirmación aplica al periodismo que apunta a la verdad, esa categoría tan vilipendiada y mal entendida a últimas fechas. A diferencia de lo que popularmente se cree, la verdad —a la que se refiere Kapuściński y cualquier otra— no se fundamenta en la descripción exacta y objetiva del mundo en el que vivimos. Desde Immanuel Kant en el siglo XVIII, sabemos que esa verdad fundada en una objetividad desnuda y transparente es una ilusión: acaso un lindo ideal que guía nuestro conocimiento del mundo. Por otro lado, la verdad tampoco está relacionada con esa actitud que muchos periodistas defienden bajo el discurso de la neutralidad: una supuesta asepsia moral que teóricamente descansa en los datos y que asegura la imparcialidad ante una realidad enmarañada y llena de antagonismos.

En esta confusión, objetividad y neutralidad así entendidas son, en el mejor de los casos, los nombres con los que se quiere evocar el rigor que acompaña un trabajo hecho con pulcritud y minuciosidad. Con mayor frecuencia, ambos conceptos se erigen como dogmas de una modernidad acrítica y mal entendida; nostalgias anquilosadas que ni las ciencias más exactas pueden defender sin trastabillar. En el fondo, en las situaciones concretas, consciente o inconscientemente, todos tomamos partido y desde nuestra subjetividad absoluta proponemos la verdad en nuestros fines, en nuestros conocimientos, en nuestras narraciones, en nuestras decisiones.

Para Kapuściński esto está claro desde el principio: “El verdadero periodismo es intencional, a saber: aquel que se fija un objetivo y que intenta provocar algún tipo de cambio.” (énfasis agregado). En Kapuściński, el cambio tiene el objetivo explicito de darle voz a los pobres y oprimidos del mundo. Lejos de la impostura de la neutralidad, en esa acción intencional habitan el arrebato de una pasión subjetiva, la toma de una posición inevitable, el despliegue de una verdad en permanente recreación. En palabras determinantes de Kapuściński, el periodismo es inviable para “el que cree en la objetividad de la información, cuando el único informe posible siempre resulta «provisional y personal»”. Empero, este carácter provisional no embarga pobreza o impotencia alguna; justamente porque no es posible describir definitivamente y a exhaustividad el mundo, tenemos la responsabilidad de contribuir y proponer, con la veracidad de nuestros relatos, un espacio de lucha por la justicia y la libertad. Es esa responsabilidad el único antídoto posible contra el cinismo.

Desde el despotismo de Murillo Karam y las oficinas gubernamentales se construyó la verdad histórica: una colección de mentiras concebida como una lápida destinada a clausurar la indagación, a imponer la ignominia, a cercenar no sólo la historia, sino las historias. En este contexto, esfuerzos como el de Marchando con Letras cobran toda su relevancia. Con la férrea convicción de que la historia se construye en la multiplicidad y desde abajo hacia arriba, la memoria condensa los detalles, asienta las singularidades, los nudos personales que los discursos oficiales, académicos, o mediáticos, con tanta frecuencia desdeñan. Los relatos de los sueños, las frustraciones, las inconsistencias y valentías de las personas concretas constituyen, en sí mismos, una rebelión en contra de la opresión monolítica de la verdad oficial. Los relatos terminan por embargar una potencia quizá no prevista: proponen desde su seno abundante la riqueza múltiple de Abel, Saúl, Marco Antonio, Israel, Giovanni y el resto de los estudiantes: el bailarín, el campesino, el futbolista; el tribi, el pilas, el copi; el que soñó con ser médico, policía, jinete; el que amaba la música de banda, el breakdance o las cumbias. La operación rinde frutos a espuertas: se desnuda con nueva profundidad la crueldad y el crimen de lo acontecido a manos de agentes del Estado la noche fatídica del 26 de septiembre del 2014.

Jhon Berger, un colega afín en toda dimensión, sentencia en una plática con Kapuściński: “Lo contrario de un relato no es el silencio o la meditación sino el olvido.” Es en este sentido que Ayotzinapa. La travesía de las tortugas es un esfuerzo colectivo que a través del relato elige la verdad que reside en resistir al olvido, preservar la rabia, reinventar el silencio, el grito, la lucha.

¡Vivos se los llevaron! ¡Vivos los queremos!


Luis Ramírez Trejo
1 Las citas de este texto se pueden consultar en el compendio de tres entrevistas realizadas a Ryszard Kapuściński en el libro: Kapuściński, Ryszard, Los cínicos no sirven para este oficio :  sobre el buen periodismo. México, D.F. :   Editorial Anagrama,  2013.

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domingo, 30 de agosto de 2015

Desencuentro

 Dormir contigo es estar solo dos veces,
 es la soledad al cuadrado...
Fito Paez.

Luna desplomada en la noche agria. Al fondo de la habitación, la ventana entreabierta murmura el fresco verdor de los árboles de la acera. El viento y su soplido me atraviesan como si un canto de ave nocturna clandestinamente reclamara mis senos. Junto al espejo, en la esquina, nuestra foto de recién casados. Tus ojos de criatura embelesada comiéndome las mejillas. La milenaria cascada que se nos escapaba a borbotones. Yo, inclinada: porque no lograba mantenerme erguida cuando estabas cerca de mí. Sin sentirlo, sin poder impedirlo, mi cuerpo dibujaba una órbita, una rotación descendente hacia tu centro, hacia el inevitable colapso de nuestros cuerpos densos en la insólita gravedad del universo. 

Mi mirada se desvía y me encuentro de nuevo en el espejo: el mismo cuarto, la misma cama, casi la misma luna, mejores muebles, alfombra marrón, y en la esquina el espejo, la foto. Foto sádica. Foto burlona. 

Llegas con tu espalda colmada de nuestra historia.


―¿Cómo estás amor?

―Bien..., llamó tu madre, que le hables para lo de la fiesta de tu hermana.

―¿Estás enojada?

―No, estoy cansada.

Me dirijo a la cocina, enciendo la estufa, preparo la cena. Hirviendo la leche, burbujas en la leche, burbujas grandes y redondas que se me cuelan en las venas. Panecillos con mermelada. Tu taza con tu nombre gris,  tu nombre gris en mi pecho gris, en mis manos grises, en mi voz gris, en tu beso gris. Gris en mi mar gris...

Escucho tu risa fácil de programa estúpido en la televisión. Tu risa desbocada de siempre; pretexto de siempre: “¡sólo descanso mi amor!” No es que seas estúpido, sólo descansas...
“Los hombres cuando descansan son estúpidos”, dice mi madre.

Te sirvo. La leche se derrama como protestando por mi mueca de desamor. No lo notas, tu risa se mantiene atrapada en la televisión. Yo me voy, me pierdo en mi trayectoria sin sentido hacia la cama. Me recuesto y te observo por la puerta entreabierta. No cabe duda: tus ojos malva rematados en dos mariposas nocturnas aún poseen ese raro encanto de revolotearme detrás de las rodillas.

Fin de programa estúpido. Tu dedo apaga el televisor.  Te acercas. Lento como bisonte hermoso reconociendo su pradera. Despliegas tu cuerpo frente al espejo. Te sientas. Me acaricias distraídamente el muslo. Te miro el cuello mientras apagas la luz con tu mano derecha.  Acepto tus manos de alfarero consumado. Permito proximidades reconocidas: milímetros que claman su ansiedad. Con la mente reviso tu piel: recuerdo la aurora, el vislumbre instantáneo, el sudor de redención, la fragilidad de eclipse sobre nuestros madrugada. Recuerdos bajo mi vientre que se ahogan en el mar de su propia memoria.

Mientras jadeas, en el fondo de la obscuridad yo busco. Busco las disneas de mis dedos a tu contacto de humedad,  busco los templos de osadía que solía fabricar en tu pecho, busco los antídotos contra mí misma que aspiraba en tu sexo. Busco, revuelvo, sacudo, restriego: abro espasmos en mis ojos, ansiedades de sentirme fraguada de nuevo en tus muslos, dolores de tenerte sin encontrarte. Porque te tengo: tengo tu beso rabioso, tengo tu amor de mañanas frescas, tengo tus labios repletos de ternura. Pero yo, yo no te encuentro: te miro, te examino, te sacudo, te exploro, quisiera disectarte en autopsias de desespero, desollarte  y voltear tu piel con la ilusión de encontrarnos acurrucados debajo de alguna esquina de tu cuerpo. Tu cuerpo dormido: mi corazón dormido. Tú duermes y mientras no te encuentro me ahogo de nuevo en esta lágrima inmensa en que llevo años extraviada..., extrañándote...


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                                                                    Pintura: Dorina Costras