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sábado, 22 de abril de 2017

Arantepacua, Cherán y la resistencia indígena

Arantepacua, Cherán y la resistencia indígena



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viernes, 14 de abril de 2017

Comunidades de Michoacán evalúan expulsar a partidos políticos

Comunidades de Michoacán evalúan expulsar a partidos políticos


Después del asesinato de cuatro comuneros y de la represión en la comunidad de Arantepacua por parte del Estado, varios pueblos del estado de Michoacán exploran la posibilidad de impedir la acción de los partidos políticos al interior de sus comunidades.  A seis años de que en Cherán, Michoacán,  se levantara  el pueblo en contra del contubernio entre partidos políticos, autoridades y criminales, la autodeterminación como una vía política posible abre horizontes de esperanza y defensa para las sociedades de México.

Indígenas michoacanos evaluarán presencia de partidos políticos en sus comunidades



Las comunidades indígenas de Michoacán evaluarán si permiten que los partidos políticos continúen teniendo presencia en sus poblaciones o no, acordaron durante el Foro Nacional e Internacional Contra la Criminalización de las Comunidades Originarias que se realizó este martes en Arantepacua.

Una de las propuestas que hizo más eco entre los presentes fue el de impedir que los partidos continúen insertos en las comunidades, por lo que algunos de los asistentes plantearon no permitir la instalación de casillas en las siguientes elecciones.

Si bien esta propuesta no llegó a la votación debido a la prioridad de sacar un plan de acción para exigir la libertad de los comuneros presos tanto de Arantepacua como de Caltzontzin, aún se encuentra en la mesa discusión.

En entrevista, Simón Pérez Morales, representante de bienes comunales de Arantepacua, señaló que evaluarán para no permitir la instalación de casillas durante el siguiente proceso electoral, ya que consideró que históricamente los partidos políticos han sido causantes de división entre la población indígena.

Es de señalar que el día de ayer  se acordó únicamente un receso del  encuentro de comunidades y ciudadanos, ya que la discusión continuará el próximo martes 18 de abril.

lunes, 10 de abril de 2017

Silvano Aureoles reprime a comuneros de Arantepacua en Michoacán

Silvano Aureoles reprime a comuneros de Arantepacua en Michoacán

Un conflicto territorial entre comunidades vecinas de Michoacán dio lugar a la represión por parte del gobierno del Estado y al asesinato de 4 comuneros residentes de la comunidad de Arantepacua.

Arantepacua es una comunidad localizada en el municipio de Nahuatzen en la meseta purépecha del estado mexicano de Michoacán. Esta comunidad  mantiene un conflicto territorial con el pueblo vecino de Capácuaro desde hace tiempo. El pasado martes 4 de abril, mientras se llevaban a cabo mesas de negociación en la capital michoacana de Morelia, un grupo de 38 comuneros de Arantepacua fue detenido mientras se dirigía a esa ciudad. La comunidad reaccionó el miércoles 5 de abril bloqueando la carretera que va de Arantepacua a Nahuatzen y reteniendo vehículos de carga para exigir la liberación de los comuneros. 

Como respuesta, el gobierno del Estado ordenó un operativo en el que cientos de agentes estatales allanaron hogares y golpearon pobladores en esta pequeña comunidad michoacana. Los estudiantes Luis Gustavo Hernández Cohenete, de 16 años, y José Carlos Jiménez Crisóstomo, de 25 años, resultaron asesinados en el enfrentamiento.

Asimismo, Francisco Jiménez, de 70 años de edad, murió ese mismo día por balazos recibidos durante la represión.

Finalmente, el pasado viernes murió en Zamora Crisanto L., de 39 años de edad, debido a lesiones por arma de fuego.

En la siguiente sección se puede observar un video con imágenes de la represión y leer la mejor crónica publicada hasta el momento, por parte de Manuel Vega Zúñiga, miembro de la Coordinadora Socialista Revolucionaria.



 Arantepacua, terrorismo de Estado contra los pueblos indígenas

Por Manuel Vega Zúñiga, miembro de la Coordinadora Socialista Revolucionaria
e integrante de la Asociación Nacional de Abogados Democráticos
“Hoy las tierras fueron regadas con sangre, mañana esas tierras florecerán dignidad, los ríos gritaran el nombre de los desaparecidos, el viento en los arboles pronunciaran el nombre de los asesinados, es por eso que jamás olvidamos, es por eso que jamás nos derrumbamos, sus almas se convierten en semillas de autonomía y dignidad, el maíz crecerá rojo y nuestra gente se alimentará de digna rabia. ¡Juchari uinapikua!”
Jimena Baltazar

Ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, personas no localizadas,  uso excesivo de la fuerza pública, allanamiento de viviendas,  es por ahora el saldo del terrorismo de Estado que se ha manifestado esta vez en Arantepacua, Michoacán.
Para contextualizar: Arantepacua es una comunidad indígena perteneciente al municipio de Nahuatzen, ubicado en la Meseta Purépecha del estado de Michoacán, al Occidente de México. Desde hace tiempo se encontraba en un conflicto territorial con la comunidad vecina de Capácuaro, ante lo cual las autoridades estatales han mostrado su incapacidad para resolver el conflicto de forma pacífica, por el contrario, su reacción ha sido criminal e irresponsable.
Tras un operativo fallido, la violencia de Estado ha enlutado a la comunidad dejando cuatro muertos, dos de ellos estudiantes y un menor de edad, una docena de heridos y medio centenar de indígenas detenidos.
Martes 4 abril
Con motivo del conflicto agrario mencionado[1], durante los últimos dos meses las autoridades estatales de Michoacán instauraron unas mesas de diálogo entre comuneros de Capácuaro y de Arantepacua. Sin embargo, el martes pasado, al tiempo que se llevaba a cabo la mesa de negociación correspondiente, fueron detenidos 38 comuneros de Arantepacua que pretendían llegar a Morelia para apoyar a sus compañeros y manifestar sus demandas, fueron detenidos bajo el argumento de que habían obstruido las vías de comunicación y que el autobús en el que viajaban supuestamente tenía un reporte de robo[2].
Miércoles 5 abril
Como reacción ante la detención de sus compañeros, los habitantes de la comunidad indígena se organizaron y como forma de protesta bloquearon la carretera Arantepacua-Nahuatzen y retuvieron vehículos de carga de mercancía para exigir la liberación de sus compañeros.
Ese fue el gravísimo delito que exacerbó al Gobernador de Michoacán y razón por la cual montó un magno operativo por aire y tierra para liberar la carretera y las mercancías, porque antes que la integridad de las personas, para el narco-estado burgués están las mercancías.
Aproximadamente unos 400 agentes estatales distribuidos en cerca de 80 camionetas, dos helicópteros de la Secretaría de Seguridad Pública, y un vehículo blindado arribaron a la comunidad, enfrentándose con mujeres, hombres, jóvenes, niños, e incluso personas de la tercera edad, quienes intentaron defenderse con piedras, palos, machetes y cohetones, pero los cuerpos policiacos les superaban en número y en armamento, y éstos, al no estar debidamente capacitados para contener, toman la ofensiva como una provocación y entonces tiran a matar. El saldo: cuatro muertos, dos fallecidos en el lugar, y dos más tarde mientras recibían atención médica, además,  otros diez detenidos durante el enfrentamiento.
Las víctimas mortales
En un video proporcionado por los propios miembros del Grupo de Operaciones Especiales se escucha el siguiente diálogo entre los policías:
 -“Le están tirando a aquél, le están tirando a aquél de allá”.
-“Ah, ya lo tiraron, ya lo tiraron”.
-“Ya cayó uno, ya cayó uno”
-“Ya le tiraron al de rojo”
-“¿Ya cayó uno?”
-“Ya.”
Quien cayó fue Luis Gustavo Hernández Cohenete, de 16 años, estudiante de cuarto semestre del Colegio de Bachilleres, quien murió portando el uniforme de la escuela mientras trataba de huir de los disparos, pero lo alcanzaron una bala en el torso y dos en la frente.
La Dirección General del COBAEM emitió una esquela que decía lo siguiente:
“La Dirección General del COBAEM y la comunidad bachiller, lamenta el sensible fallecimiento de Luis Gustavo Hernández Cohenete apreciado alumno del cuarto semestre del plantel Arantepacua. Nos solidarizamos con el dolor que embarga a familiares y amigos, esperando encuentren resignación ante tan irreparable pérdida.”
Pero hay que decir las cosas por su nombre, el compañero no simplemente ‘falleció’; a Luis Gustavo lo asesinaron. A Luis Gustavo lo mató el Estado.
Un segundo estudiante asesinado es José Carlos Jiménez Crisóstomo, de 25 años, era estudiante del octavo semestre de la Licenciatura en Enfermería en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, y  ex-morador de la Casa del Estudiante 2 de Octubre.
Sin que hasta el momento se haya pronunciado al respecto el Rector ni el Consejo Universitario para condenar el cobarde asesinato y exigir justicia.
Mucho más contundente y comprometido que el COBAEM y que el mutis de la UMSNH, la Casa del Estudiante 2 de Octubre sí condenó el asesinato de su compañero a través del siguiente desplegado:
“Sobre la ejecución extrajudicial de nuestro compañero Nicolaita ex-morador de la casa del estudiante 2 de Octubre:

El día de ayer miércoles 5 de abril, fue ejecutado extrajudicialmente nuestro compañero de lucha José Carlos Jiménez, estudiante de la Facultad de Enfermería de la UMSNH, cayó defendiendo con su vida a su comunidad de Arantepacua de la brutal represión manos de las Fuerzas policiaco militares del estado burgués, que llego con la orden de desalojar a toda costa, este criminal asesinato se suma a las miles de víctimas del terrorismo de Estado en México, nuestro compañero, fiel defensor de las casas del estudiante y de la educación pública, se distinguió siempre como un morador y Nicolaita consciente, caracterizándose por su actitud firme y decidida, llegándose a ganar el respeto y la admiración de la casa, pocos como el compañero que se apegó hasta sus últimos días a los principios nicolaitas y humanistas.

Repudiamos totalmente su ejecución, hacemos un llamado enérgico al gobierno estatal y federal para que cese la represión, rechazamos categóricamente cualquier tipo de violencia para resolver los conflictos.

El gobierno de Silvano Aureoles pasará a la historia como asesino represor y enemigo de la educación pública.

Nos sumamos en apoyo total a la lucha de los pueblos originarios y nos pronunciamos por la liberación de los comuneros presos políticos, al igual que nos reservamos nuestro derecho a la movilización para exigir justicia.”

Honorable C. Dos de Octubre.”
El tercer comunero acribillado fue don  Francisco Jiménez, de  aproximadamente 70 años de edad, quien quedó tendido en el piso con el pecho ensangrentado a consecuencia de los impactos de bala, a un lado de su cuerpo, se encontraba un machete con el que se corta caña para pretender persuadir o defenderse, pero no podía competir contra las armas de fuego.
Por último, la mañana de este viernes, falleció Crisanto L., de 39 años de edad, quien se encontraba hospitalizado desde el pasado 05 de abril, debido a que presentaba heridas por proyectil de arma de fuego.
Ante la masacre ocurrida, los medios de comunicación locales callaron. Si las autoridades universitarias no alzaron la voz ante el crimen en el cual fueron asesinados dos estudiantes, algunos catedráticos sí lo hicieron a título personal.
La mañana de ayer, la Dra. Teresa Da Cunha Lopes, profesora investigadora de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, al pasar por los puestos de periódicos se indignó al leer los encabezados:
«Policías son emboscados en Arantepacua» El Sol de Morelia; «Comuneros emboscan a policías» Provincia. El diario grande de Michoacán; «Balean a polis» Testigo. Diario de los sucesos urbanos; «Violento choque entre policías y comuneros» Cambio de Michoacán. Tomó fotos de los titulares y las subió a su cuenta de Facebook junto con la siguiente leyenda:
“Una prensa libre, digna de una democracia plena, estaría AHORA investigando, colocando preguntas, entrevistando a los sobrevivientes. NO PUBLICANDO SENDOS TITULARES JUSTIFICANDO, SIN HACER UNA SOLA PREGUNTA. Un operativo a todas luces fallido, que deja una comunidad en luto y mexicanos muertos en las calles.”
Más tarde la profesora Da Cunha publicó en ese mismo medio lo siguiente:
“El  ‘precio’ a pagar por una intervención a causa de un conflicto de tierras o por el rescate de tres o cuatro vehículos para apaciguar otros tantos empresarios no puede ser nunca justificativo del derramamiento de sangre. Un operativo que resulta en este saldo de víctimas sólo demuestra dos cosas:
1.- Una criminal indiferencia para con el valor de las vidas humanas; y

 2.-Una monumental incapacidad operativa de las fuerzas de seguridad del estado para actuar en situaciones en que se encuentran involucrados civiles.”
Por su parte, el Dr. José Herrera Peña, también profesor-investigador de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, ante el clamor social que exigía la renuncia del Gobernador Silvano Aureoles, expuso en su cuenta de Facebook lo siguiente:
“No. Nada de renuncia. La Comisión Legislativa de Pueblos Indígenas del Congreso del Estado debe reunirse para pedir al Gobernador que presente un informe al respecto, después de lo cual podría solicitar que se le someta a juicio político. El Gobernador de Michoacán debe asumir la responsabilidad inherente a su cargo y explicarle al pueblo por qué sus fuerzas policíacas asesinan indígenas. Es inaudito que, en lugar de hacerlo, evada su responsabilidad. Es hora de que la Legislatura local lo llame a cuentas para que informe lo sucedido.”
Jueves 6 de abril
Ayer por la tarde Juan Bernardo Corona Martínez, Secretario de Seguridad Pública de Michoacán, dio una rueda de prensa para explicar lo sucedido. “Nos emboscaron”, dijo. Eso mismo dijeron en Nochixtlán. Nos emboscaron… Un grupo de indígenas armados con piedras, palos, machetes y cohetones, frente a policías y granaderos armados con armas de fuego.
Que haya muertos lo que revela es la ineptitud de los cuerpos policiacos para poder contener un conflicto sin la necesidad de asesinar. Revela también el incumplimiento a la obligación que tienen de realizar un uso racional y proporcional de la fuerza, pues salvo que su objetivo sea matar, de otra manera no se explica por qué el uso mortal y desproporcionado de la fuerza.
Después se supo la verdadera causa:
“(…) desde el pasado martes comenzaron a bloquear vías de comunicación y retener vehículos de empresas particulares, algunos con mercancías que no han podido llegar a sus destinos.”, dijo el Secretario de Seguridad Pública.
“En Michoacán, nadie, nadie  [enfatizó] puede estar por encima de la Ley”. Les exhortó a los comuneros de Arantepacua que se ajustaran al Estado de Derecho, y que se manifiesten, pero por la vía de la legalidad…
Y finalmente sentenció: “La instrucción del Gobernador Silvano Aureoles Conejo ha sido clara y determinante: cero impunidad, para quienes se empeñen en quebrantar la ley, no habrá tregua ni espacio”…
Lo dicen quienes cometieron ejecuciones extrajudiciales; quienes allanaron viviendas sin contar con órdenes de cateo; quienes emplearon un uso desproporcionado, excesivo y mortal de la fuerza pública.
Lo dice el estado en donde reina la impunidad. Lo dice el narco-Estado por excelencia. El que tiene hoy preso a Jesús Reyna, ex Gobernador interino, en un penal federal acusado de tener vínculos con el crimen organizado.
Ya la gente cuestiona la legitimidad democrática de esa supuesta legalidad del estado burgués con la que se llenan la boca los gobernantes para controlar, ya la gente no cree en su Estado de Derecho, porque ese Derecho no les beneficia, no surge del pueblo y sólo sirve para oprimir.
“La resistencia está siendo combatida con represión jurídica, ésto es, con mayor legislación. No hay que equivocarse: cuando la burguesía habla de no intervención del estado, de achicar el estado, habla de la legislación económica. No de la penal (…) la conducta de permanecer en la calle o camino, estorbando la circulación vehicular -o de mercancías para ser precisos- se trata de un nuevo delito llamado de «ataques a las vías de comunicación», que criminaliza una de las protestas sociales más efectivas cuanto irritante. (…) la protesta en las calles ha sido criminalizada, ésto es, convertida en delito por el trámite de una simple norma producida por los ‘representantes’ del pueblo. Piénsese que la protesta es un derecho humano fundamental en una sociedad injusta. (…) la represión, por otra parte, tiene muchos rostros, la mayor parte de ellos enmascarados con la legalidad, que a veces es nombrada como ‘estado de derecho’.”[3]

Hay un contexto previo, y no me refiero a la obviedad de un contexto histórico de opresión hacia los pueblos y comunidades indígenas, hablo de un contexto inmediato, de uno característico y sistemático del actual gobierno de Silvano Aureoles:
“Recordemos que hace más de un mes acudieron más de mil policías a la comunidad indígena de Calzontzin, perteneciente al municipio de Uruapan, para amedrentar a la población que se encontraba en resistencia por la inacción del gobierno estatal frente a un problema de la comunidad. De este lamentable hecho, resultaron varios heridos y la captura de 17 habitantes, algunos de los cuales permanecen aún en prisión.”[4]
“Todo esto se suma a la reciente desaparición de la Secretaría de Pueblos Indígenas en el estado de Michoacán, lo cual deja claro que las comunidades y pueblos indígenas de Michoacán no son contemplados como actores relevantes para esta administración. El cúmulo de acciones muestra una grave política que criminaliza y menosprecia las luchas de los pueblos y comunidades indígenas”[5]
Viernes 7 de abril
Ya la Comisión Nacional de Derechos Humanos atrajo el caso[6], en unos meses, o quizá años, emitirá una recomendación más en donde dirá que hubo ejecuciones extrajudiciales; que hubo allanamientos de viviendas; que hubo un uso desproporcionado, excesivo y mortal de la fuerza pública. Como en Atenco, como en Tlatlaya, en Apatzingán, Ostula,  Ayotzinapa, Tanhuato, Nochixtlán, o ahora Arantepacua…
Ya no queremos más justicia de escritorio, queremos no morir por defender el territorio, queremos no más despojo ni extractivismo, queremos no más racismo que invisibilice nuestras muertes. Queremos no más racialización de la pobreza, de la exclusión.
“La CNDH abrió las quejas de oficio: MOR/203/2017 por la detención de 38 personas que se dirigían a Morelia provenientes de Arantepacua el pasado martes 4; y la MOR/211/2017 por la detención de 10 personas luego de un enfrentamiento en esa comunidad indígena el miércoles 5 de abril (…) En el primer caso, se emitieron medidas cautelares de protección para garantizar la integridad física y el estado de salud de los participantes y para que se proporcionara un intérprete en los casos requeridos.”[7]
La conciencia está creciendo, la protesta está creciendo, la crisis no está en nuestra mente, como dice el Presidente. Si la crisis estuviera en nuestra mente no estarían ahora mismo negociando en el Congreso de la Unión la militarización del país para criminalizar marcialmente la protesta con la aprobación de la llamada Ley de Seguridad Nacional, pero la burguesía tiene miedo y ya comienzan sus despliegues de fascismo.
Este sistema económico y político racista, clasista, misógino y homofóbico, oprime a las mayorías; aunque nos quieran desarticular y por eso nos llamen “minorías”.
“El Estado ya no sabe matar una sola vez, sino que tiene que matar dos veces. Tiene que matar, destruir la vida, y después destruir la dignidad con la mentira. Un Estado débil es el que tiene que matar dos veces, para estar seguro de que mata. (…) Los mexicanos son mejores que su Estado, pero muchísimo mejores. Porque perderán la vida, pero nunca la dignidad.”[8]
Los pueblos indígenas hoy están de luto, bañados en sangre y llanto.
“Hermanos y hermanas de Arantepacua, su dolor por el asesinato de los compañeros es nuestro. Luchamos pues tenemos la certeza de que el castigo a los culpables surgirá de la dignidad, la resistencia y la rebeldía de nuestros pueblos. Sembrar verdad y justicia en la destrucción que nos traen los poderosos es lo que sabemos hacer los pueblos.
Los malos gobiernos piensan que esparciendo el terror en los territorios indígenas de Michoacán, y en gran parte de la geografía nacional, es cómo van a acallar a los pueblos y su palabra, pero eso no pasará, pues la palabra que hoy gritan en colectivo los pueblos originarios nace justamente de la indignación, el hartazgo y la decisión de no dejarse matar, despojar, dividir o comprar.”[9]

Sábado 8 de abril
Mañana comienza el Tianguis Artesanal de Domingo de Ramos, el tianguis artesanal más grande de Latinoamérica, que congrega en Uruapan, Michoacán, a artesanos nahuas, mazahuas, purépechas y otomíes de la región.
Entonces el Gobierno del Estado hace ‘su agosto’ con la derrama económica del turismo nacional e internacional, y ahí sí envían de anfitriona a la Secretaría de Turismo y no a la de Seguridad Pública, muy coloridos por todos lados se muestran orgullosos de los pueblos indígenas, pero sólo en esas fechas, no los conciben como sujetos vivos, con necesidades concretas, con sus propias cosmovisiones, les conciben folclóricamente como piezas de museo, como piezas del pasado, no los sospechan tampoco como sujetos revolucionarios, capaces de transformar el mundo, pero los pueblos indígenas han sabido resistir por siglos las violencias estructurales y estatales más cruentas y nos han legado grandes muestras de justicia y dignidad.
Será necesario articular estrategias con los pueblos indígenas de América Latina y del mundo para pasar de la resistencia a la ofensiva; será necesario articular estrategias entre las y los oprimidos del mundo para para destruir el yugo ya sea de raza, clase, género, u orientación sexual.
Condenamos el terrible acto de brutalidad y represión en el cual le arrebataron la vida a 4 hermanos purépechas y exigimos la libertad a los presos, exigimos un alto a la criminalización de la protesta, exigimos que se haga justicia, sabemos que la justicia no vendrá de los culpables de nuestra opresión, por eso estamos convencidas y convencidos de que de la rebeldía nacerá la libertad de los pueblos.
¡Estado fascista, que matas normalistas! ¡Estado, farsante, que matas estudiantes!
[1] El cual se encuentra en litigio ante los tribunales agrarios pero no es materia del presente análisis saber si el territorio corresponde legalmente a Capacuaro o a Arantepacua, sino denunciar la reacción criminal del estado y su ineficacia para resolver los conflictos de forma pacífica.

[2] “La empresa «Purépechas», la línea de autobuses dueña de la unidad que tomaron los comuneros, mandó a su representante legal para aclarar que ellos no habían denunciado a los comuneros.” Rodrigo Caballero Díaz, ‘Queremos que castiguen a quien ordenó el ataque: comuneros de Arantepacua’, periódico digital Información Disruptiva Inteligente, 06 de abril de 2017.

[3] Oscar Correas, Sobre la criminalización de la protesta social, publicado en: Criminalización de la protesta social y uso alternativo del derecho, Alma Melgarito Rocha et al. (Coord.), UNAM y Ediciones Coyoacán, México, 2014, pp. 21, 22 y 23.

[4] Pronunciamiento en apoyo a la comunidad Purépecha de Arantepacua, Michoacán, Emancipaciones, Colectivo de Estudios Críticos del Derecho y las Humanidades,  06 de abril de 2017.
[5] Ibíd.

[6] “La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) atraerá el caso por los hechos de violencia ocurridos el día de ayer en la localidad de Arantepacua, municipio de Nahuatzen, Michoacán, donde como resultado de un enfrentamiento entre elementos de seguridad pública y comuneros hubo [4] personas que perdieron la vida y otras más resultaron heridas.” CNDH, Comunicado de Prensa DGC/104/17.

[7] Francisco Castellanos, CNDH desmiente a gobierno de Michoacán: murieron cuatro, no uno, en Arantepacua, revista Proceso, 06 de abril de 2017.

[8] Boaventura de Sousa Santos, “Los mexicanos son mucho mejores que su Estado”, revista Proceso, 06 de abril de 2017.

[9] Comunicado conjunto del CNI y el EZLN denunciando la represión contra la comunidad Purépecha de Arantepacua, Michoacán, 06 de abril de 2017.




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jueves, 30 de marzo de 2017

Triángulo en Nueva York

   Triángulo en Nueva York


 Pauline y Vicenza miran la luz mortecina que apenas ilumina la entrada de la fábrica. Salieron de su casa cuando la obscuridad era aún dueña de la calle. En el marzo de Nueva York, las mañanas de primavera son siempre tímidas: las noches entregan con lentitud cada metro cuadrado. Pauline tiene 21 años; Vicenza 14. Ambas llegaron muy pequeñas desde Italia a América a principios de siglo. Sus padres alquilaron dos cuartos en un suburbio de Nueva York en el que el inglés nunca fue la primera lengua. Los vecinos, orgullosos de su origen, se comunican en una mezcla de dialectos de distintas provincias del mediterráneo. Ellas nacieron en Sicilia; crecieron discretas y pausadas, vigiladas por los silencios de su madre y la amabilidad desdentada de su padre.

Pauline empezó a trabajar en pequeños talleres de costura apenas cumplió los doce años.  Sus manos adquirieron una destreza inusitada para coser delantales, pañuelos y blusas. A los catorce, entró en los grandes talleres de la Triangle Shirtwaist en Manhattan. Todas las mañanas, Padre  y la pequeña Vicenza solían acompañar a la joven hasta la entrada del edificio Asch. En el noveno piso, el lugar de trabajo de Pauline es el mismo desde hace siete años: una silla que ella siente como si estuviera pegada a sus vértebras; una lámpara tuberculosa con cuya luz moribunda ensarta botones y remienda ojales; una mesa poblada de algodón, lino y organdí; un espacio apenas suficiente para acomodar las piernas.

Hace un año que Vicenza se unió a la misma empresa. Las chicas trabajan de lunes a sábado. Ganan algunos dólares por los cientos de prendas que terminan durante las once horas de jornada. Vicenza es más vivaracha que su hermana: juguetona, sonriente y de fácil plática, en los últimos meses ha aprendido que su carisma no es bienvenido aquí. En su primer mes de trabajo, un par de palabras que escaparon de su boca fueron suficientes para descontarle el pago del día y amenazarla con el despido si insistía en hablar mientas cosía. Cuando se enteraron sus padres, la reprendieron sin reserva. Padre ya es viejo y gana menos como albañil en las grandes obras de Manhattan. La familia necesita el dinero para pagar el alquiler. Desde entonces, las palabras aprendieron a morir graciosamente en la boca de Vicenza. Para compensar su silencio, la niña elige por las tardes una mirada juguetona para distraer a su hermana de su agotadora jornada. Debe hacerlo con cuidado. Nikolai el capataz, un rubio miserable cuyos padres emigraron de Polonia, la vigila con insistencia. Espera, agazapado, la oportunidad para echar a las hermanas junto con una decena de mujeres que le desagradan.

Las hermanas entran, caminan por el centro del ala principal de la fábrica. Varias de sus compañeras rusas, judías, polacas, húngaras y rumanas ya están instaladas en las largas mesas. El lugar de Pauline está exactamente frente al de Vicenza. Ambas se sientan bajo la mirada de halcón de Nikolai. Acomodan sus máquinas, las engrasan, se unen al estruendo con que se inunda al aire con las máquinas de coser.

En el fragor, Pauline piensa que por fortuna casi no se escucha a sí misma: no quiere saber nada de ese murmullo que le recuerda que tiene cuatro meses de embarazo. Enzo la miró tres veces salir ya muy noche y cruzar la avenida sin esperar a su padre. La primera vez, Enzo la llamó con sorna. Ella bajó la mirada; no contestó, pero sintió como una sonrisa le nacía en el pecho. La segunda vez tampoco contestó; pero la sonrisa le invadió las costillas, la espalda, el deseo. La tercera vez, Pauline no escuchó a Enzo: un brazo fuerte la tomó de una muñeca y la arrastró a un callejón. Su boca muda por el susto empezó a sollozar cuando Enzo la violó. La sonrisa, que esa tarde se la había instalado en el cuello, se convirtió en una daga llena de llanto que rasgó sus entrañas con el mismo furor con que las tijeras de Pauline rasgan el lino para coser camisas. Ella lleva esas tijeras a todos lados en la bolsa de su uniforme; el llanto lo lleva, también a todos lados, alojado en las entrañas. Enzo jamás volvió a mirarla.

Sus padres no lo saben. Debajo de su vestido, Pauline ha puesto suficientes pliegues para confundir a la cría que teje en el vientre con el frio propio de estos meses. Si Nikolai se da cuenta de que ese bulto no está hecho de tela, no tardará en comunicárselo al patrón para despedir a Pauline y a su hermana.

Pauline, sentada frente a su máquina, siente al medio día un espasmo: pierde el color y sus ojos crispados se clavan en el suelo buscando algún consuelo extraviado. Quiere ir al baño, pero no le está permitido hasta el receso después de la comida. Vicenza lo nota: le dirige una mirada preocupada. La pequeña extiende el brazo a través de la mesa simulando que va a tomar un trozo de tela, quiere alcanzar la mano de su hermana. Un gemido sube por el cuerpo de Pauline. Con un pañuelo en la boca, ella lo reprime y le arranca el ímpetu. El gemido se vuelve tan lento que no llega a sobrepasar la línea de la dentadura, sino que se diluye en algún lugar entre la garganta y los labios. Ahí, en medio del dolor, ella se aferra a la máquina y siente el piso de la fábrica como un destino antiguo y  desierto. Un destino que se apodera de sus piernas, de su cuerpo, de su vientre que se retuerce. Pauline entiende que su hija –porque sabe que tendrá una niña– estará en algún momento frente a una máquina similar y se dedicará, como ella, a reprimir el ímpetu de los gemidos.  Su embarazo, como el de todos los pobres,  es una de las formas más directas de contagiar al futuro de miseria.

Nikolai se acerca con su cabeza de buitre escapando de sus hombros: Vicenza lanza una mirada de alerta a Pauline. Las hermanas se recomponen. El polaco les dedica un gesto de desprecio y sigue su camino con el ceño fruncido, con los hombros inclinados, con algún pedazo de furia atrapado dentro del pecho. Nikolai piensa que las mujeres de la fábrica pertenecen a especies extrañas: judías, italianas, rusas, gitanas. La familia de Nikolai no tiene ni dos generaciones en América, pero él cree que las trabajadoras inmigrantes vienen marcadas por la estupidez y la holgazanería de manera irremediable. No se puede confiar en una sola; si uno quiere que trabajen como deben, se tiene que gastar energía vigilándolas. A la menor oportunidad, esas haraganas escapan a alguna ventana a fumar un cigarrillo, a guardar tela para robarla del taller, o peor aún: a repartir propaganda para formar un sindicato. Son tiempos difíciles. En los últimos años, varias irresponsables se han unido a las protestas contra los patrones de los talleres de costura de todo Nueva York. Han repartido volantes en las calles, dado discursos sobre las aceras, y marchado en manifestaciones que amenazan a la industria. Han sido apoyadas, incluso, por mujeres adineradas que pagan las fianzas cuando la policía encierra a alguna para evitar disturbios.

Para Nikolai todo esto es incomprensible. Los jefes se lo han explicado innumerables veces. Hay demasiadas cosas que dependen de la industria como para permitir desmanes: el desarrollo del país, las ganancias de la empresa, las necesidades de los compradores, el pan para que las familias distraigan el abandono del estómago.  Nikolai está convencido: sonríe de satisfacción cada vez que logra capturar a alguna rebelde. Tan solo en este año, gracias a sus habilidades de sabueso, la empresa ha logrado identificar a una veintena de desobedientes. Todas ellas fueron despedidas de inmediato. El capataz recibió una comisión extra por cada una de las mujeres que se quedó sin trabajo.

La mayor parte de las activistas son judías. Muchas de ellas deben conseguir el sustento de la familia, pues sus maridos están consagrados al estudio del Talmud. Pauline es una de las pocas italianas que han participado en las protestas.  Sus padres, por supuesto, no lo saben. Hace algunos años, siendo aún una de las obreras más jóvenes de la fábrica, Pauline acabó de casualidad con sus compañeras en una asamblea. Mientras decenas de hombres se turnaban la palabra, ella descubrió a una pequeña judía cuya figura tensa era como un torbellino mal contenido. Clara Lemlich, desesperada después de horas de discursos llenos de precauciones, levantó su voz. Pauline nunca olvidará las palabras con las que finalizó aquel discurso:

 “Ya he escuchado a  los oradores. No tengo más paciencia para seguir hablando porque soy una de las que sufre las cosas que se han descrito aquí hasta la saciedad. Creo que debemos dejar de hablar y movernos sin duda hacia la huelga general.”

Miles de hombres y mujeres aplaudieron. Después votaron en yiddish, con la mano en alto:

“Si traiciono la causa que ahora juro, que esta mano se marchite del brazo que ahora levanto.”

Las palabras del juramento fueron traducidas al rumano, al italiano, al ruso, a todos los idiomas necesarios para que fueran entendidas por los colegas que no eran judíos.  La multitud salió a la calle para organizar la primera gran huelga general de Nueva York. La ciudad quedó sorprendida por aquellas mujeres obstinadas que caminaban en medio del viento y la lluvia de invierno con sus vestidos oscuros, sus sombreros amplios, sus abrigos deslucidos. Algunas cargaban aún las máquinas de coser en la espalda.

Aquella tarde, casi como sin pensarlo, Pauline terminó en la primera línea cuando los organizadores decidieron que debían ser mujeres quienes encabezaran la marcha. No levantó la mano, no dio un paso al frente, ni siquiera pronunció su nombre. Sencillamente, se colocó entre las otras chicas de la vanguardia, extendió sus manos para sostenerse de sus compañeras, bajo la mirada, y empezó a caminar con un silencio imbatible. Nada la hubiera obligado a hablar. Nada la hubiera podido detener.

Desde entonces Pauline formó parte de varios comités. Ahora mismo, frente a la máquina de coser esconde, entre la abundancia de las telas de su vestido, volantes que repartirá camino a casa. No es una tarea fácil. Demanda una discreción no muy frecuente. Las líderes de su fábrica han sido despedidas y debe hacerlo sin que Vicenza sospeche nada. Por su parte, desde hace meses Nikolai se encarga de cerrar las puertas de la fábrica durante la jornada para que las activistas no se puedan colar al interior. 

Las mujeres regresan de la comida. Entre cuchicheos que se apagan se acomodan en sus asientos. Vicenza tiene aún en sus manos un pedazo del panqué que comió de postre. Nunca se puede acabar la comida, pero los restos del postre le sirven de alivio cuando el hambre le aqueja por la tarde. Lo come con una habilidad igualmente eficaz para meterlo por trozos en su boca que para vigilar, al mismo tiempo, la sombra del “polaco”. Se sienta en su lugar. No le disgusta su trabajo. Sentir la máquina de coser en sus manos es como galopar en un caballo de metal poco sociable, pero más ruidoso. Mientras maneja las riendas con firmeza, Vicenza hace juegos en su mente: cuenta el número de blusas que ha terminado en la semana, imagina a la esposa de Nikolai como una momia milenaria, sueña con un árbol de navidad que comprará a fin de año. Ella ama, por sobre todas las cosas, la navidad. La espera con una impaciencia de niña que no ha cambiado con su estatus de trabajadora. Aún son finales de marzo, faltan casi nueve meses para poder disfrutar de la nieve, las fiestas familiares y la cena; pero Vicenza ya imagina que las centenas de blusas, los cajones llenos de botones, y las mesas plagadas con telas de distintos tipos, son esa pradera blanca y nocturna con luces de colores en que la gente camina sonriendo sin parar. Vicenza no deja de coser dobladillos mientras piensa con el paladar el pescado tradicional que su madre prepara para la ocasión. Con esos colores en la boca, Vicenza se levanta para ir por una paca de lino azul que necesita para la nueva ronda de blusas. De su lado ya no quedan reservas, tiene que ir al otro lado de la fábrica. Cruza la mitad del piso con presteza. Es entonces cuando ve, en una de las esquinas lejanas, una nube de humo que asciende. Casi tan rápido como la imagen, llegan hasta ella los gritos de alarma que anuncian el incendio...

Sarah es la primera en gritar. Anna es la siguiente. No tarda mucho tiempo en hervir el escándalo. Una chica de unos 26 años, regordeta y con demasiadas pecas en las manos, se dirige corriendo y envuelta en llamas hacia Vicenza. Es como una hoguera que se abalanza. Vicenza salta y logra esquivarla: con el pánico metido en sus lágrimas, corre hacia donde está Pauline. En pocos minutos, siluetas con la piel ardiendo corren también por ese lado del edificio. Grita el nombre de su hermana sin poder verla.

Los alaridos de las mujeres se esparcen, la piel cae con las ropas, el grito de un aire candente quema todas las voces. Las hermanas por fin se alcanzan. El incendio acecha a todas lamiendo las carnes con la punta de sus llamas. Como un niño malcriado o como una epidemia sin remedio, el fuego pasa de vestido en vestido  y de cabello en cabello: el niño hace retorcer los cuellos; la epidemia consume los vientres; ambos devoran las manos despellejadas.

Nikolai grita desesperado en busca de recipientes con agua. Blasfema, insulta y se abre paso a golpes para alcanzarlos. Su bata se enciende en uno de esos movimientos  y el fuego se traga su cuerpo fornido, su mentón cuadrado, su barba hecha una antorcha sibilante. Pauline y Vicenza intentan llegar a la entrada, pero es imposible atravesar un pasillo de estatuas  hirvientes que se agitan en el piso. Decenas de mujeres se arremolinan en las salidas de emergencia. Nikolai y los jefes se encargaron de atrancar todas las puertas para que no se les metieran los agitadores de las calles. Dejaron fuera la revolución; prefirieron encerrar al infierno.

Los ventanales estallan. Si alguien los rompió buscando una vía de salida o el propio incendio quiso invadir el mundo es imposible saberlo. Desde el noveno piso, el edificio Asch vomita cristales sobre los bomberos cuyas mangueras no alcanzan ni siquiera la parte baja del incendio. Las ráfagas de aire helado que ahora entran por los boquetes del edificio avivan las llamas sobre decenas de cuerpos atormentados. En su desesperación, las mujeres saltan al vacío para escapar del manantial de fuego que se les mete por la carne, por los ojos, por los poros de la piel. Algunas que no han sido alcanzadas por las llamas, presas del inaguantable hedor, prefieren saltar antes de oler sus vísceras chamuscadas. En las calles sólo se escuchan los zumbidos de manchas centelleantes que caen del cielo. Son zumbidos instantáneos que se consumen con un aplauso en el asfalto. Montículos de carne encendida quedan esparcidos sobre las aceras.

Por fin Pauline y Vicenza alcanzan el grupo que se arremolina en la entrada. Palas, picos, desarmadores, cuchillos: usan todas las herramientas que tienen para intentar abrir las puertas. Estrellan pedazos completos de maquinaria sin conseguir que las puertas se muevan un centímetro. Una viga que rebota violentamente se le clava en la pierna a Vicenza. Pauline trata de sostenerla y lanza un grito desolado cuando la pierde de vista. Sangrante y desesperada, Vicenza no puede moverse con rapidez y es aplastada por la multitud: ahí quedan su cuerpo de 14 años, su sonrisa pícara, su árbol de navidad y sus postres clandestinos. La delicada cara de la pequeña se pierde deformada entre cadáveres prensados que se acumulan como una montaña de dolor humano. A Pauline sólo le queda luchar por ella y su vientre preñado. La joven se revuelve con sus compañeras frente a las puertas. Sin nada más a la mano, el último recurso que tienen son ellas mismas. Amontonan sus piernas humeantes, sus pechos dolientes, sus brazos gastados, sus caderas desacomodadas, para empujar las puertas con el hígado, con los riñones, con la lengua, con los sexos. El fuego al fin alcanza al grupo y todo se vuelve una pelota de llamas que se sacude sin parar. Las manos, los brazos, las cabezas terminan en un baile luminoso y macabro. Pauline y su hija se suman sin remedio a la locura de esa danza. La madre y la hija se unen a la tía: un triángulo convertido en pedazos de carbón sin tiempo.

Como labios de un rostro severo las puertas de la fábrica se sellan con obstinación: todas las costureras del edificio Asch corren la misma suerte. Las puertas se abrirán después para que Padre pueda buscar a sus hijas. Padre no las encuentra. Nadie encuentra a nadie. Hay quienes dudan si esas mujeres de verdad han existido. *




*El 25 de marzo de 1911 se incendió la sede de la fábrica Triangle Shirtwaist en los pisos 8, 9 y 10 del Edificio Asch en Nueva York. Ahí murieron alrededor de 123 mujeres y 23 hombres. Esta tragedia es uno de los referentes históricos más importantes que se conmemoran el 8 de marzo, día internacional de la mujer trabajadora. Una de las mejores crónicas del suceso es: Triangle: The Fire That Changed America por David von Drehle. El Edificio Asch, hoy rebautizado como Edificio Brown, se encuentra entre Greene Street y Washington Square East en Manhattan. Hoy en día es ocupado por la Universidad de Nueva York.





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